Beau Geste (William A. Wellman, 1939)

Por Joaquín Vallet

«Yo soy el sargento Markoff. De basura, como ustedes, saco soldados»

Si, en la actualidad, se proyectara Beau Geste en una sala de cine produciría uno de los mayores impactos que se hayan conocido en la Historia del Séptimo Arte. El porqué es bien sencillo de explicar: la película de William A. Wellman representa una de las cotas más altas del clasicismo cinematográfico. Y ello quiere decir, entre otras cosas, que se desprende conscientemente del período al que pertenece y se integra en un estadio intermedio que pivota entre la tradición y el modernismo con una coherencia y una firmeza de todo punto asombrosas. Que este aspecto pasara desapercibido en 1939 tiene su lógica si observamos que es el año de realización de La diligencia, Lo que el viento se llevó, El mago de Oz, La regla del juego o Ninotchka, es decir, un conjunto de films cuyas características se adhieren perfectamente a lo ya esbozado sobre Beau Geste. Empero, el film de Wellman, sí posee un factor que destaca de entre sus coetáneas y le confiere, sobretodo con el paso del tiempo, una dimensión única: un trazado narrativo tan inusual como deslumbrante, que se desplaza casi totalmente no sólo de los films citados, sino de todo lo visto durante los poco más de cuarenta años de existencia del cine. Depurar lo complejo al máximo y ofrecerlo sobre una aparente estela de sencillez, ésta es la manera en la que Beau Geste se presenta ante el espectador.

Su primer bloque, misterioso, enigmático, posee una fuerza arrebatadora que nos sumerge directamente, y con una humildad digna de todo elogio, en los planteamientos cinematográficos elegidos por Wellman. Un fuerte enmedio del desierto, habitado por soldados muertos, al que llega un Mayor con sus hombres, un sargento con una bayoneta clavada, soldados que desaparecen, un imprevisto ataque de unos tuaregs a los que nadie ve y, finalmente, el fuerte en llamas. La acción se interrumpe para dejar paso al flash back que dominará el resto del film. Un par de barcos están enfrascados en una batalla naval hasta que uno de ellos es alcanzado por una andanada y comienza a hundirse. Sin embargo, pronto comprobamos que el barco es de juguete, los cañonazos inofensivos petardos y que ello ha sido el pasatiempo de unos niños. Mediante ello, Beau Geste traza un singular y profundamente sutil análisis sobre la apariencia en todos y cada uno de sus flancos: los barcos parecen de verdad cuando no lo son; la familia Brandon mantiene una fachada de opulencia siendo radicalmente opuesta su situación económica; el sargento Markoff coloca sobre las almenas a los legionarios muertos, con el fin de que los tuaregs crean que siguen vivos; el “Agua Azul” sustraído no es más que una imitación... y todo ello, ya puesto sobre la mesa desde un principio mediante un fuerte vacío que no lo está del todo. En Beau Geste, en efecto, la apariencia deviene fundamental para que los personajes creen su propia ficción. No sólo la ficción de continuar ostentando un status social, como hace Lady Patricia, sino la de enfrentarse a una realidad hostil (la Legión Extranjera) que nada tiene que ver con los inocentes juegos infantiles aunque, casi constantemente, ese será el prisma desde el que lo enfoquen los tres hermanos. A tenor de este último punto, el mismo Wellman, por su parte, dirige el film incidiendo sutilmente en la percepción subjetiva de los personajes, sobretodo, en lo que respecta a la crudeza de la situación que se está viviendo. Me explico: la severidad de Markoff, por ejemplo, nos es transmitida únicamente mediante dos factores, la imponente y amenazante presencia física del sargento (extraordinario Brian Donlevy) y la información que nos dan los personajes sobre los métodos expeditivos del militar. Es decir, remarcando el aspecto de Markoff como una primera base para emitir un juicio sin necesidad de que sepamos nada de él. De hecho, se nos presenta de espaldas, subrayando su condición de antagonista ya desde el principio. Por otra parte, jamás asistimos a los crueles procedimientos por él empleados, salvo en el último tercio. Todas las referencias que el espectador posee respecto a su crueldad son gracias a los mismos personajes. Y ello, sin duda, define el punto de vista adoptado por el film, su carácter de pieza subjetiva muy a pesar de que la identificación del espectador esté escindida en tres personajes. El hecho de que los primeros diez minutos se contemplen desde una mirada opuesta al finalizar el film, ratifica lo dicho.

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El carácter de la realización de Wellman, nítida  y elegante, aunque sin concesiones añade nuevas vías de complejidad al entramado de la película. Wellman se recrea en la tensión acumulada, ya sea en un infructuoso intento de motín o una ejecución. Los personajes jamás reaccionan de la manera que se espera, acentuando una sorprendente espontaneidad dramática en las secuencias y logrando que éstas finalicen sin ser previsibles, dejando que la historia avance de manera arrolladora. Los catárticos ataques de los tuaregs, por ejemplo, conforman un punto y aparte en las actitudes y métodos de todos los que habitan en el fuerte. La situación inicial, de insoportable tirantez para los residentes, es debida a la inactividad, a la insufrible rutina de un conjunto de personas que se ven obligadas a convivir juntas. El primer ataque árabe, por tanto, queda impecablemente expuesto por Wellman: inesperado para todos (espectador incluído), da un giro de noventa grados en la apreciación de los personajes: se crea una aparente interdependencia entre ellos y Markoff (“ojalá pudiera prescidir de todos ellos”, dice en un momento dado) y se crea el clima necesario como para que, en cualquier momento, pueda suceder cualquier eventualidad, provenga o no de los árabes.

Por consiguiente, uno de los elementos más fascinantes de Beau Geste es, precisamente, su nulo apego a lo convencional. Los asaltos tuaregs, que hubieran sido el bloque central en otro tipo de producción, se expanden hasta resultar una representación, casi metafísica, de un fatum ineludible; el patriotismo o la heroicidad, términos que ya por 1939 comenzaban a asentarse en las cintas estadounidenses y que alcanzarían el cenit en el cine propagandístico durante la década siguiente, adquieren aspectos turbios al quedar parcialmente caracterizados en la figura de Markoff (“traicionero y frío” —lo define Beau para, a continuación, añadir— “no encontraremos mejor soldado jamás”). Si hay algo que importa y que determina la idiosincrasia del film son, exclusivamente, los rasgos en la relación entre los tres hermanos. Algo que Wellman, en el fondo, no sólo limita a ellos, sino que logra esparcir en un mensaje humanista (de fraternización, deberíamos decir) nada ajeno a la figura del director, como bien demuestra su impresionante western Incidente en Ox Bow, una crítica brutal a la pena de muerte, o Más allá del Missouri, un bellísimo canto a la naturaleza y la solidaridad entre los hombres.

Cabe decir que ésta ha sido una de las constantes de William A. Wellman a lo largo de gran parte de su trayectoria fílmica. Cineasta sobrio, capaz de recubrir con una pasmosa apariencia de sencillez una puesta en escena y una estructura interna complejísimas, en absoluto dogmáticas. El tratamiento de los géneros, en manos de Wellman, se convierte en una simple materia prima con la que moldear un discurso profundo aunque, siempre, sin señalar o trazar en primer término sus intenciones. Quizá el hecho de que, todavía hoy, éste cineasta aún tenga que ser reivindicado es debido a su absoluta modernidad, a un estilo desmarcado de convenciones y formulismos. Calificativos totalmente equiparables a esta obra maestra, a esta insuperable lección de cine titulada Beau Geste.