Vincent gallo

Por Salvador Raggio

Arrancamos este nuevo espacio, CONTRAPLANO, dedicado a ese cine con pocas posibilidades de estrenarse en salas comerciales (y a veces ni siquiera en formato doméstico), debido a muy diversas razones (nos tememos que todas ellas relacionadas de una manera u otra con su fiabilidad económica), pero cuyo interés y calidad (perogrullada: valoración subjetiva mediante) lo sitúa en un lugar importante, lo suficiente, al menos, para ser destacado (y analizado) desde las páginas de una revista especializada.

Tomando como punto de referencia el circuito de distribución español (es decir, aquello que no entra dentro de él o que pasa completamente desapercibido), CONTRAPLANO tratará de acercar al lector a cineastas (y/o films) contemporáneos, que de alguna manera son invisibles o resultan apenas conocidos por el público en general. Para empezar presentamos este trabajo sobre el director norteamericano Vincent Gallo. En próximas entregas David Gordon Green, Lisandro Alonso, Kiyoshi Kurosawa, Bill Plympton...

El caso de Vincent Gallo (EE.UU., 1961) es el de un director de cine reconocido por una película y malmirado por otra; su obra, sin embargo, es una aventura no reiterada, con esto no busco referirme a sus técnicas ni fijaciones temáticas sino a su finalidad: la de provocar una vibración intestina en el espectador. Si hay algo cierto acerca de Vincent Gallo es que sus películas, tan sólo dos hasta el momento, son reconocibles y turbulentas, y ese efecto poco usual solamente indica que a pesar de los sentimientos encontrados Gallo siempre es capaz de causar alguna secuela en el público.

Haciendo memoria acerca de la primera impresión que tuve de su trabajo vuelvo a una escena de su debut en la que un personaje que él mismo interpreta, Billy Brown, entra en una panadería para comprar un chocolate caliente y una galleta en forma de corazón para su novia; en aquel momento, hacia las postrimerías del visionado de aquel film, pensé que Gallo había logrado rozar una nube con la yema de sus dedos, algo que no sucede muy a menudo. A decir verdad, no es que se trate de un inventor de la pólvora, como en todas las artes, en el cine también se ha hecho y dicho todo, sino de una persona muy atenta a su definición de la belleza, y por la cual es capaz de sumar todas y cada una de sus habilidades innatas. Se dice de él, siguiendo la oleada de agresiones que provocó The Brown Bunny (Gallo, 2003), que sus largos son una comunidad para el narcisismo: Gallo multifacético, Gallo megalomaníatico: actor, director, guionista, productor, músico, intentando desfavorecer una propuesta que incluye los cinco sentidos de una persona compenetrada con sus formas y con la intención de expresar más que el vacío, en contraste, por ejemplo, con el trabajo de un director como Todd Zolondz (EE.UU., 1959; Welcome to the Dollhouse, Palindromes), magro y leve, y ante todo amante de los estereotipos de la suburbia norteamericana. Sin duda no quiero glorificar a Gallo antes de tiempo, su obra como realizador independiente sólo consta de dos filmes: Buffalo ’66 (1998) y The Brown Bunny (2003), aunque cuenta con una reconocida carrera actoral, pero es obvio que su manera de expresarse cinematográficamente lo ubica en un plano más interesante que otros directores independientes, por encima de muchos de aquellos que reciben recompensas en Sundance, creo yo; al menos Vincent Gallo tiene la suerte de querer explorar los límites del imaginario común y corriente utilizando el interior humano y no sólo la superficie de los Estados Unidos, quizá por eso escapa a veces de los favores de la crítica.

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En 1998, Buffalo ’66 fue un aviso de la seriedad del cometido de Gallo. Es evidente que el cine de arte y ensayo no es algo nuevo, pero no todo el mundo lo practica y menos con la naturalidad que emana de Buffalo ’66. Hablar de una conciencia salida de un manifiesto sería un poco inexacto en vista de que Gallo es en realidad un hijo de la postmodernidad, forma parte de un mundo que ya ha decodificado parte de la filosofía de las vanguardias, dejando de ser un causante de ella para convertirse en su resultado híbrido al mezclarse con la cultura popular. Con todo, Buffalo ’66 escapa del mainstream norteamericano y llega al universo de culto por sus propias virtudes, como lo han hecho películas como Killing Zoe (Roger Avary, 1994) o A Life Less Ordinary (Danny Boyle, 1997). Creo que en Buffalo ’66 existe una tendencia experimentalista, sin duda, evidenciada en los jump cuts, los picados y los insertos televisivos para revelar flashbacks, pero no así un propósito periférico, es decir, Gallo no busca el ataque frontal de aquellos cineastas enemigos de la generación anterior, sino, como se ha sugerido antes, la realización de su concepto de la belleza, que es más oscuro, progresista y enfermizo que el acostumbrado y que termina siendo marginal simplemente porque el cine de consumo otorga esas licencias gracias a su poca efusión, para Gallo, no obstante, el ensayo no es otra cosa que su propio proyecto estético.

En Buffalo ‘66 la historia de Billy Brown, un hijo que debe lidiar con la indiferencia de sus padres y la sombra de los Buffalo Bills de Nueva York, el equipo de fútbol americano que según su visión de las cosas le arruinó la vida, es en realidad un viaje de extremo a extremo en el proceso de maduración de una persona que se ha autoexiliado emocionalmente para no sufrir más de la cuenta, pero que aún utilizando las técnicas de huida no logra encontrar su lugar en ese mundo cruel, compuesto de mujeres malvadas, padres aprensivos y obsesionados y una alergia al chocolate. La compañía de Christina Ricci en el papel de Layla, sin embargo, le da vuelta a este mundo caótico y es con ella, Layla, que Billy Brown halla una nueva fe más allá de sus buenos ratos en el salón de bolos, el único lugar donde ha sido feliz. En gran medida, si Buffalo ’66 logra ser una película memorable es gracias a la calidad interpretativa de Ricci, que podría considerarse el lado vivo del filme, un lado que combina perfectamente con el tono grisáceo que Billy Brown viste durante el día entero.

Buffalo ’66 es un debut respetable desde cualquier punto de vista, pues ni siquiera se olvida de la comicidad (el germen del encuentro entre Layla y Billy es justamente una vejiga a punto de explotar) ni de los giros narrativos (ver la penúltima secuencia del film, en el club nocturno). Es desde luego comprensible que tras una primera película tan bien hilvanada, con tan sólo un par de líneas de diálogo que podrían suprimirse, si se trata de ser verdaderamente calificadores, y quizá solamente una secuencia sobrante, The Brown Bunny no haya colmado las expectativas de quienes vieron en Gallo al único hombre que podría entregar la segunda parte de Buffalo ’66. The Brown Bunny, claro, es una película opuesta a su antecesora porque Gallo está más interesado en moverse que en reconocerse en una fotografía, su función todavía no es la del director que ha encontrado la tierra donde plantar su árbol sino la del rastreador, aquel al que aún le entusiasma la pesquisa, y eso está resaltado en la técnica fotográfica y la dicotomía narrativa que existe en The Brown Bunny. La primera se identifica sin duda con Michelangelo Antonioni, imponiendo el espacio, controlador de todos los seres, y empequeñeciendo a los personajes, de esta manera nace la secuencia más abstracta de la película, cuando Bud Clay (Gallo) se pierde en el horizonte conduciendo su motocicleta de carreras. La segunda característica importante de The Brown Bunny plantea una interpolación de ritmos, con una larga primera parte (el viaje por carretera desde New Hampshire hasta California), prácticamente imitando el tiempo real o la sensación real de un viaje de esa naturaleza, planos largos y fijos desde el punto de vista del conductor del vehículo, con paradas poco relevantes, un beso con una extraña, una visita a la madre de su ex novia, una tienda de animales donde Bud Clay hace preguntas sobre el periodo de vida de los conejos, pero subrayando siempre una narración monótona y adormecedora. No es hasta la llegada de Clay a California que el ritmo inicial se interrumpe, no de inmediato pero sí lentamente, sintetizando el clímax con una escena de felación. Esta escena viene acompañada de un flashback que responde a las incógnitas acerca del viaje interior de Clay y que busca ratificar el valor entero del filme. Gallo, consciente o inconscientemente, utiliza un paradigma distinto al del guión usual, alargando el planteamiento y ubicando el nudo en los últimos veinte minutos de la acción, un paradigma peligroso, sí, sobretodo si el espectador no acepta la escena gráfica para crear ese cambio de ritmo ni soporta el viaje monocorde previo, como sucedió con la primera versión de la película que fue proyectada en Cannes, vapuleada por la prensa y polemizada por Roger Ebert, la misma versión que Gallo volvió a montar a su vuelta a los Estados Unidos restándole 26 minutos de metraje.

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La polémica de The Brown Bunny se asemeja a la que en su momento vivió Irréversible (Gaspar Noé, 2002), filmes distintos, desde luego, particularmente en el ritmo, pero comparables en cuanto a la escisión que son capaces de provocar, sobre todo cuando todo un cuerpo cinematográfico es reducido a una sola secuencia debido a su contenido explícito. No me confieso un admirador de Irréversible, en su momento me pareció un largo sumamente fútil, sin embargo, tampoco repudio secuencias gráficas simplemente por sus características. En el caso particular de The Brown Bunny el punto de quiebre dramático es una felación, pero es una escena sexual que demuestra intenciones psicológicas e intimistas, de ningún modo excitante o erótica, menos aún forzada, y que funciona tal y como Gallo la concibió, rompiendo el ritmo de una película que hasta ese momento tiene contadas emociones. Es más, las partes “endebles” del film tienen lugar durante el trayecto a California y no después, precisamente en cada una de las paradas en que el motorista se relaciona con una mujer y que el espectador piensa brindarán soluciones inmediatas a la narración, pero que no tendrán verdadero sentido hasta el último cuarto de hora de visionado. Si en verdad The Brown Bunny merece una crítica esta tendría que centrarse en el alargue de la monotonía, el efecto Kiarostami, ya que por momentos es casi inaguantable,  sin embargo, creyendo en el punto de vista del realizador libre y contando con la intención de Gallo de imitar el tiempo real y la sensación de un viaje por carretera gran parte de esa invariabilidad adquiere un sentido estético. En mi opinión, la verdadera falla de Gallo fue hacer una película que depende enteramente de la secuencia final y que el camino hacia esa conclusión aclaratoria fuese tan poco asimilable a primera vista, aunque el desenlace esclarece la causa del sufrimiento de Bud Clay, Gallo se extralimita en el tono que nos lleva hacia él, perdiendo a los espectadores menos pacientes en ese tramo. A pesar de aquella inocencia, The Brown Bunny, así como un largo de Antonioni, tiene esa aura misteriosa hacia el final del recorrido que nos hace especular acerca de personajes que todavía se ven acorralados por un mundo más grande y omnipresente: Billy Brown, Bud Clay y el propio Vincent Gallo, en su aventura hacia algún lugar.