300 (Zack Snyder, 2006)

Por Emilio Martínez-Borso

I wanna be a macho man

Desde hace ya un par de semanas que no paro de escuchar polémicas, diatribas, debates y menciones varias en torno a la película de Zack Snyder que acaba de estrenarse. En parte (siendo honestos, no sólo por eso) he querido dejar pasar un tiempo prudencial para verla porque lo que más me sorprendió fue que ni siquiera la redacción de esta revista quedó inmune a la amplia polémica desatada por la película, polémica que a mi juicio no sólo es absurda, infantil y desmedida, sino que lo peor de todo es que es errónea.

Por más que reflexiono acerca de la película, aún esforzándome e intentando obtener la mayor cantidad de lecturas que me es posible, sigo sin encontrarle el tan manido y comentado componente fascista que impregna la personalidad de Leónidas y sus hombres, su modo de actuar y sus costumbres. Un componente fascista tan cacareado que no me hace pensar en otra cosa que en la incultura y en la capacidad de juzgar por juzgar, criticar a la defensiva, además de la imperiosa necesidad de mucha gente (críticos, espectadores.) de volver al colegio y resucitar unas cuantas lecciones de definiciones históricas acerca del fascismo y la cultura espartana. ¿Estamos todos locos? O es que simplemente estamos aburridos, no sabemos contra lo que cargar (porque claro, siempre hay que cargar contra algo, siempre nos podemos quejar de algo, siempre podemos reivindicar algo, sobretodo con esa maravillosa arma que es el cine, aunque hay gente que aún no entiende que no todos los que tienen esa arma quieren dispararla, algunos sólo quieren jugar con ella, y eso es igual de lícito, y sobretodo, respetable), y la emprendemos contra la primera película de la que parece que puede sustraerse alguna lectura política subyacente en sus imágenes.

foto

Honestamente, yo no puedo hace otra cosa que reírme de todos los necios que se han dedicado a destrozar o a intentar darle la vuelta a la película de Snyder, porque me sabe mal por ellos, ignorantes, no la han entendido. La obligada vertiente actual de masacrar las películas comerciales ya sea por su falta de pretensión, o si la tienen porque necesariamente cuentan con una ideología perniciosa. Esto es cine, punto y si somos honestos, una película tan alabada como Oldboy no sería también fascista? Ese culto a la violencia porque sí, a la venganza insana, a la gratuidad de la dominación psicológica.por favor. Hay que ser muy cerrado de mente para no darse cuenta de la película ejemplar que ha rodado Snyder. Sí, ejemplar en todos y cada uno de sus sentidos. Y es que 300 no es más que un espectáculo atronador, apabullante y de una fuerza de tal magnitud que te deja agarrado a la butaca durante sus dos horas de metraje y te suelta agotado tras todas las experiencias vividas en esas dos horas. El director cumple su trabajo como un señor, y eso es un mérito que pocos le reconocen. De verdad que aún no entiendo que le siguen buscando a la película o porque critican su simpleza. 300 nunca ha buscado ser una lección histórica ni una reconstrucción cinematográfica de la batalla de las Termópilas. A diferencia de enfoques más sobrios, directos y honestos (el Alexander de Stone, el Braveheart de Gibson), Snyder se usa de la historia para enmarcar su cuento y ofrecernos un SIMPLE relato de aventuras de toda la vida, del bien y del mal, de héroes y villanos, de honor, amor, tiranía, sangre, sacrificio, muerte y gloria. Snyder es muy consciente de sus cartas y las juega como un maestro croupier. No se anda con medias tintas. La simpleza es extrema, sí, el guión es un esbozo, correcto. Los personajes, excepto Leónidas y su mujer (y tampoco se salvan) son meros estereotipos, unos muy muy buenos, y otros muy muy malos. La ejemplificación del mal en la tiránica figura de Jerjes es casi demasiado infantil, es cierto, la diferencia entre el color rojo de las túnicas de los espartanos (ejemplificando la sangre, la pasión, el fuego) frente a los uniformes negros y grises de los persas, sin destacar, es de manual de primero de cine, también es verdad.

Pero es verdad que es esa simpleza la que juega en beneficio de la película y la ensalza. 300 no sería la misma película si fuera una reconstrucción fidedigna de la batalla de las Termópilas. Snyder no quiere aleccionarnos y lo deja claro desde el principio, tomando la mitificación y la épica como estandartes de cabecera que te introducen en su juego, aceptándolo para dejarte transportar durante dos horas a un mundo donde 300 guerreros espartanos se las vieron con el mayor ejército del mundo defendiendo la libertad de su pueblo. Snyder sí que incide en el mítico carácter austero de los espartanos, rudos hombres que prefieren morir luchando que huyendo, hombres que no sienten ternura, desde niños son entrenados y apartados de sus familias para convertirse en soldados, son máquinas de matar y su mayor placer es encontrar un enemigo digno de ellos que los mate en combate. Con su rey al frente, hay que reconocer que eran bastante bestias y tenían un par de cojones muy bien puestos, pero yo sigo sin ver el fascismo a su alrededor, y mira que me esfuerzo.

foto

Siempre he mantenido que nunca he sido un gran amante de los comics y las novelas gráficas, aunque me fascinó Sin City, también obra de Frank Miller, y sin casi conocer el original 300, Snyder se ha mantenido muy fiel visualmente al original en cuanto a colorido, fondos y planos, pero por suerte ha huido de la estética totalmente cómic de Sin City que sin duda aquí hubiera fracasado. Por el contrario, las influencias que sí se encuentran, están más cerca de la trilogía Tolkeniana de Peter Jackson, con esos fondos digitales y un gollum incluido, que del cómic propiamente. Porque 300 es un festival para los sentidos de principio a fin. Con un ritmo trepidante que no te suelta, la cinta es un desmelene absoluto, continuo discurrir de sangre, vísceras, cuerpos a cada cual más fibroso (la película es un desfile de cachas que será ensalzada como un icono gay seguro), batallas espectacularmente bien rodadas, que no hacen chirriar episodios que podrían haber sido más jugosos, como el oráculo, o en beneficio de un mayor rigor histórico (Algún monstruo que aparece entre batalla y batalla), y con momentos que permanecen en la retina del espectador más influenciable, que al fin y al cabo es para quien se hace.

Así que intelectuales, pensadores, críticos y teóricos cinematográficos, manténgase al margen de esta película porque les puede dañar y ofender, incluso la encontrarán fascista, y eso que no es otra cosa que un producto de entretenimiento que busca el goce absoluto durante dos horas, y créanme, lo consigue. ¡Viva Esparta!