Comentar que el cine comercial vive sus momentos más decadentes supone caer en una reiteración y una obviedad: se ha dicho mucho y sólo hay que echar una ojeada a la cartelera para comprobarlo. Los límites entre lo que se considera "consumible" y lo que debería tacharse de "desechable", se desdibujan, en favor del desesperado rastreo de las grandes productoras para encontrar un filón que les permita explotar sus películas con la rentabilidad de antaño. Así, mal imitado terror asiático, subproductos de ciencia ficción y comedias fáciles pueblan las salas, inflando el ya hastiado estómago del público con más de lo mismo, semana tras semana.
El refugio de los amantes del cine para todos los públicos, pero de calidad, no encontramos techo bajo el que guarecernos. Tan sólo podemos respirar hondo con el cine de autor, que todavía sobrevive, pero no satisface el mismo deseo. Se sigue extrañando ese cine de antaño, palomitero en su concepción y disfrutable desde el primer plano al último. Ese cine que era arte e industria, espectáculo grande sin más (ni menos) pretensiones que las de gustar, pero no a cualquier precio. Consciente Hollywood de la morriña de muchos espectadores, sigue buscando nuevos terrenos sin explorar y lo hace en campos no cinematográficos pero que están de moda en el ocio de hoy: en el caso de los videojuegos, de unos años a esta parte; los cómics gustaban desde hace más tiempo, aunque no se les consideraba un recurso tan habitual. Y aunque tal encuentro entre materias dispares puede enriquecer muchísimo a ambos miembros de la ecuación (de hecho, todos ellos ya se influyen mutuamente con extraordinaria rapidez), no siempre el mix sin más garantiza una victoria.
Esto no quiere decir que la alianza sea negativa, ni mucho menos. Los grandes logros del cine comercial en nuestros días vienen ligados, casi en su totalidad, a la historia gráfica. Desde la excelente Batman Begins, gran ejemplo de Nolan sobre épica moderna; a la cuidadísima Sin City, de Frank Miller y Robert Rodríguez, primera gran fusión donde el plano y la viñeta supieron confundirse con todo el acierto que se esperaba. Cuando el cine bebe del cómic en trama y formas, pero sabiendo adaptar los lenguajes mínimamente, se consigue la alquimia perseguida: películas de calidad notable, que no se conforman con pergreñar un guión salido de cualquier fábrica de ideas, componen un nuevo método para contarse, en el cual la belleza plástica adquiere una relevancia que eleva al cine, otra vez, a la categoría que nunca debió perder: la de arte.

Sin embargo, el éxito de crítica y público que cosecharon estos primeros experimentos tiene un riesgo insoslayable: las grandes empresas siguen acechando los talentos y las fórmulas para hallar el beneficio a toda costa y a veces, en su voracidad, se olvidan de que no todo cómic puede ser cinematográfico, por mucho que la adaptación se cuide estéticamente. Subyace entonces el peligro de encontrarse con productos que arrasen en taquilla pero que no alcancen, de nuevo, el mínimo nivel que se le debe exigir a toda obra cinematográfica que quiera ser algo más que un blockbuster. Y en ese error de base se mantiene la nueva propuesta del director Zack Snyder, 300.
Porque, definitivamente, estamos hablando de una película que, como ocurre con frecuencia en nuestros días, tiene en el envoltorio todo su mérito. No hay, tras su estética espectacular, una base argumental sólida que consiga mantener la atención del público durante su metraje, que acaba por resultar excesivo. Y puede que ese defecto no resida en el guión en sí mismo, sino en su traslado desde las páginas del trabajo de Frank Miller: una batalla desigual entre 300 espartanos, a cuyo frente se sitúa el protagonista, el rey Leónidas; y las hordas del ejército persa, liderados por el mastodóntico Jerjes, puede funcionar en una historia gráfica de extensión limitada, pero no consigue cubrir la totalidad de un filme que, además, no adhiere a tal enfrentamiento ninguna trama secundaria que lo apoye (más que aquella que trata la política de la ciudad, apenas esbozada en alguna secuencia aislada). A lo escueto de su planteamiento, se añade la simpleza de su desarrollo: no hay en " 300" personajes atrayentes, con una cierta composición más allá del papel que desempeñan en la historia; son todos marionetas acartonadas, planas, carentes de toda riqueza, cuyas acciones son siempre las que se esperan de ellos, las que sabemos que vamos a contemplar en cuanto aparecen por vez primera en escena. Se intenta rellenar su vacío con los ideales que defienden hasta la muerte y que pretenden darles un sentido, pero éstos, supuestamente justos y puros, tan sólo refuerzan su carácter maniqueo, pues son todos ellos esclavos de una ideología que les arrebata toda humanidad. Afortunadamente, tal vehemencia convierte a los personajes en tipos, porque de haber resultado verosímil, 300 sería una película de terror y no un cómic adaptado. Y es que, aunque estas motivaciones funcionen en el cómic, son del todo insuficientes cuando los dibujos cobran vida y adquieren su identidad humana. De hecho, el conjunto resulta espeluznante si se analiza fríamente.
Porque, aunque muchos consideren excesivo entrar en estas consideraciones cuando hablamos, simplemente, de una película de entretenimiento considero que, dada su naturaleza (y la cantidad de público que está arrastrando a las salas), tal análisis no está de más. Porque, lo que en 300 aparece elevado al terreno del heroísmo y la épica tiene un trasfondo que no puede ser pasado por alto: los ideales que constituyen la sociedad espartana (de cuya histórica bravura en la batalla y régimen estricto no soy yo quién para dudar) son toda una colección de consignas belicistas y afirmaciones de naturaleza radical que espantan si se las observa con cautela: los hombres no son nada más allá de su habilidad en la guerra; las mujeres, siempre en la sombra, sólo valen en función de su capacidad para traer al mundo nuevos machos que transformar en asesinos despiadados; la ternura (sinónimo, literal, de "debilidad" en el filme) debe ser eliminada por completo de la vida de un hombre; la piedad no existe, la violencia, en la batalla, equivale al más intenso de los placeres... Y esa, su forma de vida, es considerada "libre y justa".siendo defendida, con la vida, por los 300 guerreros que dan nombre a la película. Por añadidura, el colectivo al que se enfrentan, cuya malicia, soberbia y sadismo están por encima de cualquier villanía concebible, se presenta como una masa informe a la que pertenecen todo tipo de nacionalidades árabes y orientales, personas con tendencias sexuales alternativas (lesbianas, transexuales), discapacitados con deformidades, todos ellos rodeados de símbolos diabólicos.cuyas tendencias calificadas de "místicas" (con todo lo que ello conlleva) son demonizadas sin ningún tipo de cortapisa, elevadas al paradigma de lo moralmente deleznable.

Así las cosas y afortunadamente, lo extremo de tales planteamientos reaccionarios acaba por resultar cómico (vean si no, la reacción del público en la secuencia en que Jerjes tienta a Leónidas, momento donde el diálogo referencia, intencionadamente, la homosexualidad del enemigo). Por ello, la apología de la violencia, evidente, no causa estupor sino hilaridad (fíjense en ese plano donde los espartanos van rematando a los moribundos enemigos mientras Leónidas suelta una parrafada sobre la cortesía con sus oponentes, causa de nuevas carcajadas en la sala).
Envuelto todo en una estética impactante (y a la cual no quito mérito alguno), casi surrealista, extraída tal cual de la historia de Miller, la película demuestra, en su planificación, la influencia de fórmulas extraídas de obras en las que sí encajaba con su atmósfera (esos ralentís a lo Matrix, por ejemplo). Inserta aquí, con el fin de impresionar en el fragor del combate, sólo refuerza la sensación de mezcolanza sin objetivo que rezuma, en sí mismo, todo el filme. No hay nada original en sus movimientos de cámara rápidos, a veces hasta el aturdimiento.
De hecho, es muy difícil rescatar algo de esta película más allá de su belleza visual (digital casi íntegramente, aunque muy cuidada). Esta, no obstante, está desmerecida por lo rígido de los personajes y lo escaso de su argumento. Demasiada forma y poco fondo para una película que hace del extremo y la simpleza adalides de una nueva fórmula cinematográfica, que, al ser accesible para todos, traerá cola.