Darwin Awards: Muertes de risa (Finn Taylor, 2006)

Por Sergio Vargas

Pánico a una muerte ridícula

Antes de que termine de escribir esta frase unas siete personas en todo el mundo habrán tomado una decisión equivocada que posiblemente les conducirá a un ataúd a seis pies bajo tierra. Tal vez estos, a priori prematuros, óbitos podrían haber sido prevenidos pensando un poco antes de tomar esa decisión. O tal vez no. ¿Es posible predecir si un individuo es propenso a finiquitar su existencia de una forma estúpida? ¿O estas muertes son sólo producto del azar y nos podrían ocurrir a cualquiera, independientemente de los medios procurados para intentar impedirla?

Michael Burrows (Joseph Fiennes), un tipo introvertido e inseguro que se desmaya cuando ve una gota de sangre, pero con una gran capacidad de penetración en la psicología de las personas, habilidad que le permite ganarse la vida elaborando perfiles criminales para la policía, cree que sí, e instigado por una aseguradora a cambio de un buen puesto de trabajo alejado de tanta hemoglobina, decide embarcarse en una investigación para elaborar un "perfil general" de los merecedores de los Darwin Awards [1].

Con esta premisa, y de la mano del director Finn Taylor, nos embarcamos en una suerte de road movie, acompañando a Burrows y Siri (Winona Ryder), una agente de la aseguradora, a través de la investigación de posibles fraudes a la compañía. Pero lo que es Darwin Awards por encima de todo es una comedia con algunos gags sorprendentemente buenos, y la mayoría del tiempo bastante negra, al menos en apariencia, como no puede ser de otra forma si nos reímos de las muertes ajenas. También se podría ver como un falso falso-documental: el personaje interpretado por Wilmer Valderrama, del que prácticamente hasta el final únicamente escuchamos su voz, rueda un imposible testimonio sobre el quehacer diario de Burrows, mostrándose habitualmente las imágenes que éste rueda cámara en mano, recurso que no resulta tan molesto como cabría esperar al utilizarse de forma homogénea y comedida a lo largo de toda la película, y también gracias al humor que surge de las situaciones de peligro a que se expone el protagonista y en las que no es ayudado por su impasible cámara para no "sacrificar el espíritu del documental".

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Como en toda road movie que se precie, el movimiento no solo es físico, sino que el personaje va experimentando una evolución, en esta ocasión ayudado por Siri, que continuamente le está pulsando para que se olvide un poco de su trabajo y atienda un poco más al sexo opuesto, algo que, previsiblemente termina en un apretón entre ambos, al que, también de forma predecible, cada uno da una importancia distinta. Podría decirse que existe química entre una Winona mejor que nunca (lo que tal vez no sea mucho decir, pero ya es algo), y Joseph (o entre Michael y Siri, si se prefiere), y esto hace ganar enteros a la película convirtiendo a esta previsibilidad en un obstáculo nimio. La evolución de Michael, sin embargo, también, y a pesar de los intentos de Siri, se encamina hacia otro punto, y es que, como ocurre a los genios locos, y Michael dista de lo primero bastante más que de lo segundo, comienza a obsesionarse peligrosamente con los premios Darwin, convirtiéndose a cada paso en un nominado a llevarse el próximo galardón.

Cada uno de los casos estudiados por la extraña pareja están salpicados con un reparto de rostros bien conocidos como David Arquette o Juliette Lewis y de otros que comienzan a serlo como Robin Tunney o Lukas Haas. También hace acto de presencia el malogrado Chris Penn en una de sus últimas interpretaciones y hay pequeños cameos a cargo de los Metallica y el poeta de la generación beat Lawrence Ferlinghetti. Estos secundarios resultan ser todos personajes caricaturescos, definidos con cuatro trazos, con lo que el humor no resulta tan corrosivo como si surgiese a costa de matar (y reírse de estas muertes) a unos personajes con una mayor entidad, y por eso comentaba antes que era comedia negra tan sólo en apariencia.

A pesar de que esta fórmula casi episódica de narración funciona perfectamente gracias a unas buenas interpretaciones, un guión lleno de buenas ideas cómicas y una puesta en escena discreta pero con interesantes aportaciones (por ejemplo el hecho de mostrar al protagonista en el pellejo de los finados en los flashbacks que se encargan de reconstruir los hechos), Taylor (que también firma el guión) intenta rizar el rizo en el tramo final interponiendo en el camino de los protagonistas el caso del asesino en serie que investigaba la policía cuando Burrows aún trabajaba con ellos, de forma un tanto rebuscada, y aplicada en un desenlace que podría haber elegido un camino más trágico y cáustico, pero que opta por un final feliz y coherente con el rumbo que ha tomado durante toda la película, que por supuesto nos deja con una sonrisa cómplice, pero también con la duda de qué habría ocurrido de tomar la otra opción. Una duda sin respuesta como la que nos queda alguna vez cuando estamos a punto de resbalar en la ducha y pensamos si todo seguiría igual de no haber contado con una superficie antideslizante.

[1] Estos premios que, hasta donde creo, porque hoy en día no se puede estar seguro de nada, existen realmente (http://www.darwinawards.com), galardonan, a título póstumo, a aquellos que con su muerte, a cual más estúpida, se limitan a confirmar la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin, haciendo que sobrevivan los individuos más cualificados.