El jefe de todo esto (Lars Von Trier, 2006)

Por Antoni Peris i Grao

Nueva creación divina

El sentido del humor del amigo Lars no deja de ser bastante negro. No es la oscuridad de la muerte, sin embargo. Es la negrura de la corrosión. La corrosión que sufren los metales más preciados tras enfrentarse a un ácido. Los personajes de Lars Von Trier (¿el propio Lars?) corroen los más nobles metales, las intenciones más nobles. Del personaje que quiere mejorar la Europa postbélica a las heroínas de Dogville y Manderlay, que culminan la redención de su "rebaño" en un arrebato de violencia, en uno u otro sentido según la película. Las pocas risas se limitaban en las cintas anteriores a muy determinados momentos, hiperbólicos en su mayoría. Incluso en Las cinco condiciones el humor resultaba incómodo, embarazoso, ante la sensación de que no debías reírte de la situación. Más allá de los avatares de las protagonistas de sus cintas, Las cinco condiciones impuestas a su colega Jorgen Leth, película realizada a medias por ambos autores en las que Von Trier obligaba a su colega reelaborar obras previas en condiciones harto difíciles, daban pistas claras acerca de una identidad harto sádica. Por su parte, Riget (El reino), la esotérica serie que oscilaba entre el melodrama y el thriller, lucía un humor surreal de principio a fin.

Surrealismo y sadismo se dan la mano en el intenso humor de El jefe de todo esto, una propuesta que, sólo en apariencia, rompe con la línea dramática de las obras previas de Von Trier. Kristoffer, actor en paro, es contratado por un antiguo amigo para interpretar el papel de jefe de una empresa en la firma de unos documentos con una empresa islandesa. Al interrumpirse el proceso por la ira islandesa anti danesa (con improperios equivalentes a los proferidos por el neurocirujano sueco al final de cada episodio del Reino), Kristoffer deberá seguir interpretando su papel frente a unos empleados que nunca han conocido a su jefe auténtico. El enredo se incrementa progresivamente al deber interpretar un personaje del que cada trabajador tiene referencias distintas sino opuestas y al saber que el jefe de todo ello es, en realidad, su propio amigo que trata de vender su empresa, asegurarse el futuro y dejar en la calle a los colegas. Kristoffer recibirá diversos inputs de "sus" empleados, de ataques de ira a ataques de histeria, de sexo a violencia e, incluso, propuesta de matrimonio. A medida que Kristoffer avanza en la situación y obtiene nuevos datos va cambiando su actitud, aunque no llegue en ningún momento a entender las reacciones de los trabajadores ni a controlar la situación. Como Nicole Kidman en Dogville o Dallas B. Howard en Manderlay, Kristoffer se va enfangando en una situación compleja, con un marasmo moral de arenas movedizas.

foto

De principio a fin, El jefe de todo esto , se elabora en tono de comedia. No obstante, la opción tomada por Von Trier no deja, de ningún modo, lugar a error. Se trata de una dura crítica no contra el sistema laboral, sino contra la hipocresía y la falsedad en las relaciones. Así pues, Ravn, el colega idolatrado, es un auténtico hijo de puta que pretende traicionar a su "familia" para su beneficio. El conjunto de trabajadores es un grupo mucho menos cohesionado de lo que parece, con personajes que tantean al supuesto jefe para obtener beneficios. Unos y otros demuestran su estupidez. El primero al elaborar tan complicado plan. Los segundos al tropezar dos veces en la misma piedra con premeditación y alevosía. Y, Kristoffer, finalmente, que pese a su voluntarioso esfuerzo por salvar la empresa en beneficio de los honrados trabajadores, acaba siendo víctima de sus vicios, su egoísmo y su volubilidad. No estamos, en absoluto, lejos de la trilogía americana. Los personajes son idiotas y se merecen lo que tienen. Su destino, como el de los habitantes de Dogville y de Manderlay, lo tienen ganado a pulso. Desde el exterior, encaramado a una grúa, Dios–Lars condena, una vez más, a sus personajes [1]. Pocos autores son tan inmisericordes con sus criaturas.

Postdata

Me he permitido dejar de lado el comentario acerca de la llamada Automavisión, un sistema supuestamente aleatorio que da lugar a la captación automática de escenas en función de un programa informático, una vez que el director de fotografía y de sonido han definido los ajustes más elementales. El resultado, algo deslavazado y poco interesante en su resultado, no deja de ser coherente con la errática actitud de los personajes, por una parte, y con la voluntad creativa y juguetona del autor, por otra. Nada más cerca, por que los extremos se tocan, de la obsesiva meticulosidad de Dogville o el esteticismo perfeccionista de obras anteriores de Von Trier. Lo dicho, aunque la cámara se mueva al azar (si es que es verdad y no se trata de otra broma), Lars sigue siendo el jefe de todo ello.

[1] Hay varias similitudes con El Reino. De una parte, las alusiones antidanesas, allí proferidas por el personaje sueco, que culminaban cada episodio de modo ritual. Por otra parte, la mezcla de personajes anodinos, depresivos o idióticos con otrs violentos o libidinosos. Finalmente, su intervención misma, aquí visto a través del reflejo en los cristales del edificio, allí al cierre de cada episodio.