Sunshine (Danny Boyle, 2007)

Por Carles Matamoros

Odisea al absurdo

Colonizar planetas. Viajar en el tiempo. Vivir en el espacio. Son muchos los sueños (casi) irrealizables que todos hemos querido cumplir alguna vez en nuestras vidas. Deseos extraordinarios que sólo se han visto satisfechos en parte gracias al poder imaginativo de la literatura y sobretodo del cine. Desde el monolito de Kubrick hasta las decadentes calles de Blade Runner. Las películas de ciencia ficción han ayudado a crear un imaginario colectivo sobre lo (aún) desconocido por los seres humanos. Y, año tras año, arrastran a miles de espectadores a las salas de cine en busca de nuevas historias con las que poder evadirse de la realidad o, en el mejor de los casos, reflexionar sobre el presente desde el futuro.

Cada gran estreno suele venir acompañado de la correspondiente dosis de innovadores efectos especiales. Mejoras técnicas que, en demasiadas ocasiones, se limitan a enmascarar las carencias argumentales del filme. Recordemos, por ejemplo, los fracasos comerciales de dos películas carísimas como Final Fantasy: La fuerza interior (2001) o Waterworld (1995). Ambas innovaban visualmente pero apenas tenían nada interesante que contar. Y el público, con buen criterio, las acabó dejando de lado. No parece que éste vaya a ser el caso de Sunshine el último trabajo de Danny Boyle (Trainspotting, Tumba abierta). Una película que cuenta con unos efectos especiales excelentes, pero que sabe alejarse de los tópicos que arrastran las producciones hollywoodenses durante casi todo el metraje.

La premisa del filme es científicamente inverosímil [1], pero muy atractiva. Año 2057. El sol está a punto de apagarse y la Tierra está entrando en una era glacial. Si el astro deja de brillar, la raza humana se extinguirá. Para que eso no ocurra, una expedición es enviada al espacio con el propósito de instalar un astro artificial que substituya al sol. La tripulación intentará cumplir una misión en la que ya fracasó una primera nave, desaparecida varios años atrás. Tras un largo viaje espacial en el que todo funciona según lo previsto, una señal de emergencia de la anterior expedición perturbará el devenir de los protagonistas hasta límites insospechados.

Ante tal descabellado planteamiento, uno podría esperar una típica cinta de acción en la que un grupo de ciudadanos modélicos se convierten en héroes y salvan a la humanidad tras un enfrentamiento contra algo desconocido. Pero los tiros no van por ahí. Boyle ha sido siempre un cineasta con talento y, pese a estrepitosos fracasos artísticos como La playa (2000), sus películas siempre intentan alejarse de los terrenos más obvios del cine comercial. En el caso de Sunshine, el director británico evita fijarse en los trabajos de Michael Bay (Armageddon) y parece tomar como referentes al Tarkovsky de Solaris (1972) y al Kubrick de 2001: Una odisea del espacio (1968). Si bien su película no alcaza (ni por asomo) las cotas de genialidad y profundidad de estos dos grandes cineastas, si se trata de un trabajo apreciable en el que Boyle está más interensado en el comportamiento humano que en las batallas supuestamente épicas o la sensiblería barata que pueblan otras producciones. Así, a lo largo de la primera hora de metraje, apenas sucede nada extraordinario en la pantalla y la elegante cámara de Boyle se limita a seguir con acierto la rutina de una comunidad que ya lleva años conviviendo en el espacio. Las disputas entre ellos, los viajes relajantes a la sala de realidad virtual, el cuidado del jardín botánico que les proporciona oxígeno o la contemplación artificial del sol que jamás han visto brillar. Actividades corrientes para una tripulación que, tras años de calma, pronto empezará a tener problemas.

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Antes de que nada grave ocurra, el cineasta británico consigue, con un tempo calmado y sin estridencias, que nos metamos de lleno en el estilo de vida que se lleva en la nave. Pese a no profundizar en la forma de ser de los personajes, Boyle consigue que pronto compartamos sus miedos y su insignificancia ante la grandeza del universo. Lástima que todos sus logros en éste primer tramo del viaje se vayan al traste en la última media hora del filme. Momento en el que Boyle pierde el control sobre lo que está narrando. Y es que el director inglés parece tener graves problemas para concluir sus películas. Ya le sucedía en la interesante 28 días después (2002) y, muy especialmente, en la infumable La Playa (2000). Filmes que partían de una premisa muy interesante, pero que no aprovechaban todas sus posibilidades y acababan decepcionando. Aunque, repasando los créditos, la culpa de tan lamentables cierres quizás no debamos atribuirla a Boyle sino a Alex Garland, guionista de Sunshine y de las dos películas recientemente citadas. A mi juicio, el problema de Garland, que actualmente goza de un envidiable éxito como escritor en Reino Unido, es su miedo a llevar sus historias hasta las últimas consecuencias. Parece como si el guionista buscase llegar a un público muy amplio, fácilmente impresionable con golpes de efecto e incapaz de asimilar una película adulta y sin concesiones.

En el caso de Sunshine, el giro narrativo en la parte final es especialmente molesto e incomprensible. No vamos a desvelar aquí lo que sucede, pero diremos que la película cambia de género y se convierte en una mal planificada persecución en la que se pierden todos los matices y apenas se comprende nada de lo que sucede. En pocos segundos, se pasa de un intento de 2001 a una mala copia de Alien. Y todo para llegar a un final previsible en el que el devenir de los personajes ya te ha dejado de interesar. No sé si la pareja Boyle-Garland pretendía contentar al público juvenil con éste final o si esta era la única forma de justificar los caros efectos especiales, pero lo cierto es que consiguen que uno se olvide de los buenos momentos que antes ha proporcionado el filme que, por su incoherencia, decepciona. Y se suma a la lista de productos fallidos del otrora director estrella Danny Boyle. Un cineasta al que recomendamos que contrate un nuevo guionista si pretende ser recordado por algo más que como el realizador de Trainspotting.

[1]Si bien Danny Boyle dedicó mucho tiempo a la realización de la película para que todo resultase lo más creible posible, lo cierto es que la propia premisa de la que parte el filme es totalmente inverosímil. Y es que, según las previsiones científicas, el sol tardará miles de años en apagarse. Nunca se puede dar una situación así de aquí a 50 años. Sin embargo, el trabajo del director inglés, que llegó a extraer datos de la NASA y a contar con el científico Brian Cox como asesor del reparto se nota en otros aspectos de Sunshine. El diseño de la nave, el comportamiento de la tripulación y las imágenes del sol son prueba del minucioso trabajo de Boyle.