Hipnosis. Libertad. Esperanza. Son muchas las palabras que a uno se le pasan por la cabeza al intentar describir Eureka (Yûreka, 2000). Pero ninguna se ajusta a las sensaciones que provoca la extraordinaria película de Shinji Aoyama. Una obra tan sencilla como compleja, tan abierta como lineal. Y es que Eureka es uno de esos filmes de culto que merecen el tributo que se les brinda. Una película de más de tres horas de duración en la que nada falta ni sobra. Un trabajo que te transporta a otro mundo del que, días después de entrar, no puedes ni quieres salir. El hechizo de Aoyama no es fruto del azar. La frescura y la naturalidad de Eureka no deben engañarnos. Todos los ingredientes que conforman el filme están minuciosamente preparados. Desde la elección de las localizaciones hasta el acento de los actores. El director japonés tuvo la libertad de hacer el filme de su vida y no desaprovechó la ocasión. Tan sólo tenía 36 años cuando lo filmó, pero su ya séptimo largometraje lo convirtió en uno de los directores emblema del nuevo cine independiente procedente del Japón. Ése que practican cineastas tan dispares como Hirokazu Kore-Eda, Takashi Miike o Nobuhiro Suwa. Miembros de una generación que, pese a no disponer de grandes presupuestos, está consiguiendo revitalizar la industria cinematográfica del país del sol naciente con filmes talentosos y muy personales.

La entrada de Aoyama en el mundo del cine llegó de la mano del también autor independiente Kiyoshi Kurosawa, con el que trabajó como asistente de dirección en The Guard from Underground (Jigoku no keibin, 1992)y con el que comparte un inquietante estilo en la forma de filmar. Tras aquella colaboración con uno de sus cineastas preferidos, Aoyama siguió trabajando como asistente de dirección hasta 1996, año en el que rodó Helpless, su ópera prima vista en el Festival de Toronto y premiada por la industria cinematográfica japonesa. Aunque el despegue internacional de Aoyama no llegaría hasta el año 2000 con la exitosa presentación de Eureka en el Festival de Cine de Cannes [1]. Tras aquel triunfo, la posterior carrera del director japonés, que incluye obras tan turbadoras como Eli, Eli, lema Sabachthani? (2005) o Crickets (Koorogi, 2006)se ha podido seguir con cierta regularidad en diversos lugares del mundo. Aunque, en términos generales, sus películas no han tenido recorrido comercial y se han visto relegadas a múltiples festivales de cine. Con la escasa repercusión ante el gran público que eso conlleva. Pero mejor dejemos las leyes del mercado y entremos en materia. ¿Por qué Aoyama merece un espacio entre los directores de culto? ¿Qué tiene Eureka de especial?
Empezemos con el argumento del filme. Es un día soleado de verano en un pueblo de la isla de Kyushu. Todo parece calmado, no se masca la tragedia. Pero algo ocurre. Un bus de pasajeros es secuestrado y varios de los ocupantes mueren. Tras la intervención de la policia, que consigue abatir al secuestrador, sólo quedan tres supervivientes: el conductor, un niño y una niña. El hecho cambia sus vidas para siempre. Les convierte en seres incomprendidos por la sociedad. Testimonios directos de la muerte. Víctimas. Ante tal planteamiento, Aoyama huye de los caminos fáciles. Evita la sensiblería, la acción o la falsa redención. Y coloca la cámara en la nueva rutina de los personajes. Absortos, desorientados, pensativos. Han pasado dos años de la tragedia, pero nada ha mejorado para ellos. Siguen profundamente afectados y nada parece motivarles para recuperar sus anteriores vidas. El conductor, Makoto (un antológico Koji Yakusho), abandonó a su familia después del accidente y, tras huir durante meses, vuelve al lugar de los hechos. Recupera su antiguo trabajo en la construcción y charla con los viejos amigos. Pero, tal como él mismo admite, "nada es como antes". Su viaje ha sido inútil. Los niños, que resultan ser hermanos, se han quedado en casa. Pero su situación es aún peor. Su viaje ha sido hacia las tinieblas. Se han quedado sin padres y han dejado de hablar. Viven solos, traumatizados.
La única alternativa que les queda es el reencuentro. El mundo ya se ha olvidado de ellos. El secuestro se ha convertido en una curiosa anécdota del pasado. Y Makoto ve en la convivencia con los niños la única forma de vida posible. En silencio, sin molestos familiares que te recriminen tus acciones del pasado. Los hermanos lo aceptan y su casa se convierte en un lugar de comunión. Un espacio rutinario y espectral en el que las víctimas consiguen aislarse de mundo real. Pero en el que, en realidad, tampoco se recuperan. Sólo la entrada en la casa de Akihiko, el primo de los hermanos, hará que todo empiece cambiar. Aparentemente, el nuevo inquilino (joven y sin excesivas preocupaciones) será un espía en el mundo de las víctimas. Pero, en realidad, su llegada facilitará el despertar de los aislados ante la realidad exterior. Tras unos días de convivencia, los cuatro se embarcarán en un viaje purificador por las carreteras de Japón. Un trayecto con el que liberarse de sus culpas y volver a empezar.

Antes del viaje, que marca el ecuador del filme, la conexión del espectador con Eureka ya debería haberse producido. Aoyama, sin caer en el exhibicionismo ni en la prepotencia, ha mostrado un sinfin de recursos técnicos y narrativos verdaderamente sugerentes. Y lo ha hecho con sutileza, casi sin que nos demos cuenta. Son muchos ya los momentos imborrables. Desde el excelentemente planificado secuestro hasta la entrada del conductor en la desoladora cocina de los niños. Instantes de un extenso retrato sobre seres perdidos en un pequeño lugar del mundo. Personajes marginales que apenas tendrían relevancia en el cine convencional, pero que por su autenticidad se parecen mucho a nosotros. Víctimas que protagonizan un relato en el que, tal como decíamos, todos los aspectos cinematográficos están cuidados hasta el último detalle para que la historia fluya tal y como es.
El uso del blanco y negro en cinemascope, por ejemplo, podría parecer arbritario, pero acaba resultando un aspecto clave para crear la atmósfera de Eureka. La ausencia de color se antoja la opción más coherente con el gris estado de los personajes y con la simpleza formal que pretende Aoyama. Y además acaba teniendo peso narrativo en la maravillosa escena final del filme. La opción del cinemascope (usado en muchos filmes japoneses de los 60s y 70s) se ajusta al ritmo contemplativo que practica el cineasta japonés. Los larguísimos travellings laterales, los planos secuencia y los amplios planos fijos no serían lo mismo sin la anchura de pantalla que permite éste viejo formato. Aunque, quizás, lo que más diferencia a Eureka de otros filmes de temática similar no sea la imagen sino el sonido. Pocos cineastas cuidan tanto los ruidos y los sonidos ambientales como Aoyama. De hecho, la obsesión del director y también músico japonés por estos elemenos le llevó a realizar un trabajo tan especial como Eli, Eli, lema Sabachtani?, una obra experimental que funciona a ritmo de música ruidista. En áquella obra, excesiva y de tintes apocalípticos, Aoyama propone una terapia de choque ante la habitual pasividad del espectador de cine. Pretende, con un uso desmesurado de sonidos extremos, despertar al público de su vida apacible y enfrentarlo a la muerte, el gran tema que planea sobre toda su filmografía. El resultado es desigual, pero no deja a nadie indiferente. Y todo gracias al poder de los sonidos que, tal como decíamos, también tienen mucho peso en Eureka. Aunque en el filme que nos ocupa todo resulte más sutil, más hipnótico.
Lo primero que escuchamos en Eureka son las cigarras. Éste insecto, que por lo que se ve está muy extendido por el sur de Japón durante el verano, emite un sonido muy característico que casi nunca deja de sonar durante las tres horas y media de metraje. En un principio resulta algo molesto, pero acaba conviertiéndose en un aspecto clave en la creación de la atmósfera del lugar. Los efectos sobre tu percepción son tales que, en los escasos momentos en que las cigarras dejan de escucharse, es inevitable alterarse y advertir que algo importante está sucediendo en la pantalla. Pero los ruidos no se acaban aquí. Desde la música (utilizada sólo en momentos muy puntuales) hasta los sonidos del autobús, los de las pisadas, los de los ronquidos, los de los objetos de la casa, los de los pájaros o incluso los de los palos de golf. Todos los elementos son parte de una partitura de ruidos que, en cierto modo, recuerda a las que surgían en las geniales obras de Jacques Tati. Si bien Aoyama no llega tan lejos como el cineasta francés, si que prefiere dar más relevancia a los sonidos que se escuchan en la realidad que a las conversaciones de sus personajes. Y eso hace de Eureka un filme diferente y, no por ello, menos humanista. De hecho, los breves, pero muy trabajados, diálogos de los protagonistas también resultan claves para conectar con la historia. Por no hablar de las excelentes interpretaciones de los actores. Un reparto que transmite realismo y en el que casi todos los intérpretes proceden de la isla de Kyushu y conversan respetando el dialecto de la zona, muy diferente del japonés estándar que se habla en Tokio [2]. Todos estos detalles, que alejan a Aoyama de otros cineastas contemporáneos que ni tan siquiera ruedan con guión, ayudan a configurar una obra de muchas lecturas como Eureka que, a base de pequeñas secuencias, consigue conmocionarnos.
Si tuviésemos que escoger un momento que defina el espíritu del filme, nos quedaríamos con las dos breves escenas en las que Makoto asume el fracaso de su anterior vida. Quizás estén algo alejadas del resto de situaciones de la película, pero permiten comprender el estado interior de uno de los personajes. El director japonés lo pone todo en marcha con una simple carta. Un elemento exterior que obliga al adulto a enfrentarse al pasado. Makoto la lee desde su aislamiento en la casa: es una notificación de divorcio. Segundos después, la cámara de Aoyama ya nos lleva a un ático de una ciudad. Han pasado unos días y nos encontramos en el restaurante en el que se ha citado la pareja. Todo es muy diferente a la casa de Kyushu. Makoto parece perdido, desubicado. El matrimonio habla. La cámara se mueve lentamente del uno al otro, con breves cortes. De fondo, no hay cigarras; se oyen los coches. El conductor del bus pide perdón, pero llega demasiado tarde. La mujer comprendre la tragedia de su marido, pero se ha cansado de esperar. Makoto le da la carta de divorcio firmada. Ella parece mucho más afectada que él. Se produce la despedida: silenciosa y contenida. Makoto se queda solo en el corredor del restaurante. Su ya ex-mujer se marcha con lágrimas en los ojos. Toda la vida que tuvieron juntos se ha ido por la puerta. Makoto empieza a asumir lo que sucede. Nada le queda de su anterior existencia. Fue una víctima inocente, pero su reacción después de la tragedia ha perjudicado a los demás. Tras una breve escena en el tren de retorno, Makoto se encuentra extendido en el suelo de su nuevo hogar. Borracho, desesperado. Akihiko lo lleva a la cama. Rompe a llorar como un niño. Ya no puede contenerse más. Kozue, la niña, lo consuela, lo abraza. Sólo otra víctima puede comprender como se siente. No importa que sea una cría. Ella también lo ha perdido todo. Acaba la escena. Han pasado pocos minutos del filme, pero la situación es evidente. Al protagonista no le queda nada, debe empezar de nuevo. Vive el drama de muchas de las víctimas que siguen con vida. Nada es igual desde el día del accidente y nada pueden hacer para recuperar sus anteriores existencias.

Aunque para Makoto y su nueva familia aún hay una alternativa para recuperarse: el viaje. En la segunda parte del filme, Aoyama decide conceder esta oportunidad a sus personajes a la deriva. Un atisbo de esperanza. No se tratará de un trayecto milagroso ni de un camino de grandes revelaciones. Será más bien un viaje introspectivo. Una travesía en un nuevo autobús, rutinaria y contemplativa, con la que las víctimas irán liberándose poco a poco de las cuerdas que les atan al pasado. No todos acabarán el trayecto ni conseguirán liberarse, pero el viaje habrá merecido la pena. Será una oportunidad para arrepentirse de los errores, aprender a conducir, tomar el sol y entrar en contacto directo con la naturaleza. Además de una ocasión para que Aoyama, durante noventa minutos, muestre lo que en esencia tenía que ser Eureka. Un filme en constante movimiento. Una obra en la que los buses, y por ende las personas que viajan en ellos, siguen cumpliendo su ruta diaria pese a los fuertes inconvenientes. Una película que da una nueva oportunidad a los que sufren. Y que, por su sinceridad y respeto con las víctimas, te acaba atrapando.
[1] Eureka fue muy bien recibida por la crítica en el Festival Internacional de Cine de Cannes del año 2000. Allí se llevó dos premios: el que entrega FIPRESCI y el del Jurado Ecuménico.
[2] Cada isla de Japón cuenta con un dialecto muy característico que casi resulta incomprensible para los japoneses qe no viven en ése mismo territorio. A su vez, todos los japoneses conocen el idioma estándar que se habla en Tokyo y en los principales medios de comunicación. De aquí la importancia que Aoyama da al uso del dialecto de la isla de Kyushu. «Para mí el paisaje y el dialecto de Kyushu eran elementos esenciales del filme. Solía vivir allí y pienso que sin escuchar el acento local nunca habría sentido verdaderas emociones con la historia de la película. Así que las personas de Kyushu resultaron muy importantes para construir la película. Siempre los tuve presentes y escuchando sus vidas surgieron las dos ideas que conforman Eureka: la de un accidente que sucede de golpe como si fuese un desastre natural y la de alguien que se encuentra en un estado desesperado y decide realizar un viaje de resurrección». (Declaraciones extraídas de una entrevista a Shinji Aoyama incluida en el DVD británico de Eureka)