1Regresar a Berlanga nunca viene mal, al fin y al cabo su obra se desarrolla, acompaña y testimonia medio siglo de historia en España, en concreto, los últimos cincuenta años. Su cine es claro reflejo de cómo el país ha ido avanzando o, en algunos casos, retrocediendo, cuando no estancándose; también del desarrollo de la posible industria cinematográfica española. Berlanga ha creado, siempre con la estimable ayuda de Azcona en los guiones, espejos de una sociedad en cada determinado momento, vivaz reflejo de una país que intenta salir hacia delante para, una vez que parece haberlo conseguido, comprobar como sigue habiendo algo que no encaja, aunque las miserias sean muy otras.
2Sin embargo, Berlanga, hoy en día, no hace cine; su última película, París Tombuctú, data de 1999. Ocho años de silencio. Y es una pena, porque menudos ocho años podría haber retratado. Pero, me parece, ya no está en su época; la película anteriormente citada lo demuestra. También lo fueron Moros y cristianos (1987) o Todos a la cárcel (1993) que la precedieron y dieron cuenta de que los modos berlangianos, ahora, parecen tenerlo complicado para poder hallar su lugar; y eso que Todos a la cárcel poseía, gracias a la encomiable ayuda de los políticos patrios y otros especimenes que se ocuparon de darle no pocas ideas argumentales, todos los ingredientes para haberse convertido en una gran sátira de la realidad española de ese momento (¿y actual?).
3Aunque me cueste creer que Berlanga encontrara su lugar en estos momentos dentro del cine español, y a pesar de que sus últimas películas me decepcionaran en gran medida, de alguna manera le hecho de menos. Y esto se debe a que hoy en día pocos son los cineastas capaces, por medio de la comedia o del drama, poco importa el camino, de hacer un retrato de un país que vive convulso (nunca ha dejado de estarlo, creo). Claro que hay cineastas capaces e interesados en aquello que les rodea y en dar una visión sobre ello. Pienso en Enrique Urbizu a través de películas como La caja 507 (2002) o La vida mancha (2003), Manuel Martín Cuenca con La flaqueza del bolchevique (2003) y Malas temporadas (2005), Ángeles González Sinde con La suerte dormida (2003), Iñaki Lacuesta con La leyenda del tiempo (2006), Jo Sol en El taxista ful (2005)y, en otro registro, Tatawo (2000), Daniel Sánchez Arévalo en Azuloscurocasinegro (2006), Álex de la Iglesia con El día de la bestia (1995), La comunidad (2000) y Crimen ferpecto (2004), Achero Mañas en Noviembre (2003), Iñaki Dorronsoro en La distancia (2006)… Sin embargo, todos ellos, o bien trabajan desde la marginalidad de un cine que no llega hasta donde debería o simplemente se les considera buenos narradores sin atender a un cine que va mucho más allá de lo que parece. Mientras que otros tantos cineastas han ocupado un lugar de privilegio (en muchos casos protegidos desde posiciones políticas y, por tanto, con intereses en juego) que les ha permitido el erigirse como cronistas de su tiempo y de una realidad social que parecen creer que entienden mejor que nadie, a pesar de que en muchos casos lo hagan desde una postura bastante alejada de lo que deberían de estar retratando, siempre dando la sensación de buscar calmar conciencias antes que asir un retazo de realidad.
4Por eso quizá se hecha de menos a Berlanga, sobre todo a aquel que durante la década de 1950 y 1960, cuando creó sus mejores obras, supo acercarse, en un momento delicado para ser voraz y crítico, a una realidad que no le gustaba, siempre intentando, a la vez, sacar una sonrisa del espectador. Y resulta curioso, que hoy en día, aquellas películas que nacieron bajo una realidad tan concreta como era la dictadura franquista puedan verse todavía y aplicarse a una realidad tan completamente, en apariencia, diferente. En un país donde, cada semana que pasa, se vuelve de nuevo a la eterna división entre malos y buenos, sin saberse a este paso quien coño son unos y quien los otros, películas como Plácido (1961), Calabuch (1961) o El verdugo (1963) podrían volver a ser testimonios de un presente que aunque, insisto, esencialmente diferente, parece no haber cambiado en muchos términos. Cierto es, por ejemplo, que en España no existe ya la pena de muerte, salvo en el código militar, donde sí está presente, sin embargo, la sociedad que rodea a ese pobre hombre que en El verdugo acaba convirtiéndose en brazo ejecutor de un poder para conseguir así tener trabajo, no deja de tener una cierta consonancia con una realidad donde muchos, sin tener que llegar a los extremos berlangianos, siempre rozando lo imposible y, quizá, por ello mismo, tan reales, tienen que hacer verdaderas hazañas para ubicarse en la sociedad y encontrar una casa donde vivir. Tampoco se anda muy alejado de películas como Los jueves milagros (1957) o Plácido, aunque no sea necesario ya atraer al turismo inventando milagros ni inventar farsas navideñas para dar de comer a los pobres. Pero al revisar esas películas si queda, una vez más, una extraña sensación de cercanía, de que aunque las cosas no sean iguales y que lo que se muestra en pantalla no es si no una representación y por tanto no una realidad hay en algo en todo ello que suena a ahora tanto como ayer, y eso es preocupante.
5Quizá Berlanga ha sabido en sus películas asir algo de la esencia española que es imposible de soslayar, de ahí esa permanencia pasadas las décadas y variado los sistemas; con tan sólo entrar en cualquier bar español se constata que las largas secuencias de Berlanga no estaban tan desencaminadas en su algarabía, una pena que con el paso del tiempo su estilo se volviera más tosco, menos personal y cuidado, más atento a elementos grotescos que a la esencia que se encuentra tras cada situación. Sí, es posible que Berlanga supiera mejor que nadie el retratar esa esencia, el problema es saber si es necesario deshacerse de ella o no. Puede, entonces, que no sea necesario que Berlanga regrese a la escena cinematográfica actual, porque ya entonces supo dejar sendas obras para que sigan hablando a pesar del paso del tiempo. Una pena que cuando más abierto parecía estar el país no supiera adaptarse y se adentrara en una carrera descendente que acabó con su resignación y abandono, porque estaba claro que ni él mismo encontraba su lugar. Quizá porque el peso de lo realizado anteriormente era tan rotundo, es tan rotundo, que le imposibilitaba el realizar algo con tanta coherencia. Su trilogía La escopeta nacional (1977), Patrimonio nacional (1981) y Nacional III (1981) es el claro ejemplo de ir de más a menos, aunque supongan en su conjunto una más que reveladora muestra del paso de la dictadura a la democracia. Tampoco en Moros y cristianos o Todos a la cárcel tuvo suerte, a pesar de que su retrato de la realidad del momento fuera más que acertada y reveladora; lástima que el estilo empleado no ayude a que sean obras mucho más acabadas y redondas, pues tenía todo en sus manos para haber creado dos obras testimoniales de una época de cierto desencanto.
6El abandono por parte de Berlanga del mundo del cine puede verse, incluso, como la claudicación de aquel que no sólo no ha encontrado su lugar en una nueva época, si no también de aquel que ha visto que poco más puede hacer por el país a través de su cine. Si sus obras durante el franquismo intentaban dar cuenta de aquello que sucedía, una manera de luchar contra el sistema, y aquellas realizadas durante la llamada transición y la democracia una manera de hacer ver que todavía había mucho que cambiar, es posible que, viendo como anda el país, Berlanga no vea la necesidad de hacer ya nada, porque de alguna manera puede considerar todo lo anterior, si no como una derrota, sí como una amarga victoria, dejando el relevo a otros cineastas que intenten desde el cine mostrar una realidad cada vez más convulsa. Y aunque desde la oficialidad del cine social poco se esté haciendo salvo el mostrar lo que todos saben sin hacerlo, además, desde una postura estética y ética convincente, sí quedan quienes, desde otros parámetros han decidido constatar las cosas. Ninguno ha asumido, no tiene por qué, el estilo de Berlanga, y los medios son muy otros, pero ahí están, luchando como lo estuvo él en su tiempo por azotar aquello que ante su visión del mundo estaba mal, no cediendo ante el poder y dejando claro que siempre se puede decir algo para intentar cambiar las cosas. Otra asunto es conseguirlo.