la Vaquilla (1985)

Por Israel Paredes

Una de las frases más escuchadas al referirse al cine español es aquella que asegura que “sólo se hacen películas sobre la guerra civil”. Aunque resulta un tanto exagerada la sentencia, no está exenta de razón, aunque habría que matizar  y decir: “se hacen muchas películas sobre la guerra civil y todas se parecen”. Y aún así se estaría siendo bastante injusto, aunque se acercaría un poco más a la verdad, porque a pesar de que cada película es de su cineasta, todas poseen unas marcas estéticas e ideológicas que parecen premeditadas (quizá para no parecer sospechoso de algo, o para agradar a quienes hay que agradar, o para limpiar alguna conciencia, o simplemente porque es mejor seguir un modelo que buscar otros caminos). Por supuesto, ha habido ejemplos de acercamiento a la Guerra Civil Española más que interesantes como, Soldados de Salamina (2003) de David Trueba, El laberinto del Fauno (2006) de Guillermo del Toro, En la ciudad sin límites (2002) de Antonio Hernández, El mar (2000) de Agustí Villaronga, La luz prodigiosa (2003) de Miguel Hermoso, por citar algunos ejemplos recientes y que abordan el tema de una manera más atípica. Pero la norma general ha sido un acercamiento de reciclaje, donde las ideas pasan de unos cineastas a otros para tan sólo variar esquemáticamente la narración y acabar contando un poco lo de siempre.

Todo esto bien a cuento a que una revisión de La vaquilla, de Luís García Berlanga, hace que su propia existencia se pueda acoger con cierta alegría, pues la comicidad de su propuesta rompía por entonces con una más o menos extensa lista de títulos que tan sólo se habían acercado desde el dramatismo (dejo de aparte las películas oficiales del régimen franquista) o desde la simbología y la parábola (dado que se realizaban aún bajo la dictadura). Su apuesta por la comedia para sacar las miserias de la contienda puede ser enjuiciable desde un punto de vista (al fin y al cabo es hacer gracia a través de una situación terrible: un país matándose en sus entrañas), pero mediante ella logra sacar varias verdades a relucir, otra cosa bien diferente es que se consiga algo con ello. Que en un momento dado, mientras se bañan en el río, el personaje que interpreta Alfredo Landa diga que en pelotas todos son iguales, viene a ser una manera tosca de decir algo que quien más y quien menos sabe, pero no va mucho más allá. Y la película, al respecto, no está falta de ejemplos al respecto, que es a la larga lo que hace de ella un proyecto interesante que sucumbe por su propia naturaleza.

La vaquilla era un proyecto para la década de 1960 que, resulta obvio, fue inviable. Una pena, porque entonces Berlanga estaba en su mejor momento como creador y habría podido hacer algo con mucha más incisión. Pero la realizó en la década de 1980, cuando su carrera comenzaba una más que descendente bajada. Resulta curioso que en plena democracia, pudiendo arriesgarse, el resultado fuera mucho más decepcionante que el que podría esperarse de haberlo hecho veinte años antes, aunque esto no sea más que una suposición. Quizá se deba a eso, a la posibilidad de hablar abiertamente y no poder hacerlo en realidad, porque hasta en democracia, hasta cuando supuestamente uno puedo gritar lo que quiere decir sin que le encarcelen o le metan un tiro (aunque hasta en nuestra democracia esto ocurre), surge otro tipo de censura, esa que nace de la propia conciencia de no decir algo que pueda molestar, pues aunque la vida no corra peligro, sí la visión pública de uno. Y nace la ambivalencia, el querer y no poder, y la mirada que intenta ser incisiva y no acaba más que siendo grotesca.

Obvio es que tras años de oscurantismo y de represión los cineastas quisieran dar constancia de aquello que fue negado durante años. Un bando silenciado que por fin podía hablar, otro que callaba y ya había hablado suficiente. El problema surge cuando el partidismo se sigue practicando, sea del bando que sea, porque eso no ayuda a avanzar, ni al país ni a la visión de una guerra que, aunque algunos lo quieran ver así, no tuvo nada de romántica, al menos que se considere como tal que hermanos se maten entre sí.

La imagen que cierra La vaquilla es inquietante, porque es el único momento de gran dramatismo de toda la película. En ella se ve la cabeza de la vaquilla que los republicanos han ido a robar a los fascistas para joderles las fiestas, la manera ibérica de hacer guerra psicológica. Sobre esa cabeza, moscas que revolotean, la inminencia de la putrefacción, la irremediable asimilación de su forma con la silueta de la península Ibérica. La imagen de un país que se mata, que pronto será carcomido durante años, que se pudrirá durante décadas, que ha acabado así desde la irracionalidad. Pero también es inquietante porque hoy en día, en España, se ha vuelto a la tremenda división social entre malos y buenos, cuando han pasado demasiados años, o quizá no, de aquella carnicería. Por eso siempre he pensando que en el cine español se deberían de hacer más películas sobre la guerra civil, pero dejando de una vez el partidismo y pensando en ella como lo que fue en sí misma, una guerra, a través de apuestas arriesgadas y sin temor alguno, porque ese temor a ser clasificado o etiquetado no hace si no detener un progreso social que debería de estar ya en avance. Aunque quizá sea mucho pedir.