Moros y cristianos hace su aparición dentro de la filmografía de Berlanga en un momento muy concreto: dos años después de haber llevado a la pantalla el antiguo guión Tierra de nadie, rebautizado La vaquilla para la ocasión, que había sido uno de los grandes deseos del cineasta desde que esta historia fuera escrita allá por los años cincuenta. La producción, la más cara dentro de la cinematografía española hasta entonces (275 millones de las antiguas pesetas), marca un esfuerzo total del valenciano a la hora de encarar un film absolutamente necesario dentro del clima de revisionismo histórico del momento, así como por la consumación de un reto personal que no vio luz verde hasta la consolidación de la democracia. Éste hecho resulta un factor importante a la hora de abordar el comentario de Moros y cristianos ya que ésta película, realizada apenas dos años después de La vaquilla, es una pieza de “relajación” dentro de la trayectoria de su autor. Quizá la obra en la que con mayor claridad queda expuesta su anárquica concepción de la puesta en escena y de la dirección de actores. Mucho más que en cualquier cinta anterior. Aunque ello no quiere decir que Moros y cristianos sea una producción liviana o superficial.
Definida por su propio autor como una película de “humor y risas” es, quizá, el film peor acogido de todos cuantos conforman la obra del cineasta. Ésta infravaloración se debe, sin duda, al extremismo con el que se plantea el film, a sus elementos supuestamente descoordinados y caprichosos o a una cierta inconcreción temática que intenta evitar la solidez intencional de todos sus films anteriores. Y son éstos aspectos, sin ningún género de dudas, los que convierten a Moros y cristianos, y muy a pesar de sus críticas adversas (o, quizá, precisamente por ello) en una cinta verdaderamente admirable.
Primero que nada, la película se refugia en las raíces de Berlanga. No únicamente por la referencia directa a una de sus más grandes películas, Calabuch (uno de los nombres del turrón), sino por la esencia misma que desprende el film, de un carácter netamente levantino. Definida peyorativamente como “fallera”, es éste un adjetivo que se adhiere a ella como anillo al dedo, pero en absoluto como un factor negativo. Moros y cristianos, al igual que una Falla, es una aglomeración aparentemente desestructurada de un conjunto de personajes grotescos que reflejan los muchos vicios y las escasas virtudes de una sociedad ególatra y primitiva, que se mueve merced a dos únicos motores: el sexo y el dinero. En el film, en efecto, éstos son los dos únicos elementos que toman protagonismo. De hecho, llegan a confundirse notoriamente. Para la pareja de hermanos interpretados por Agustín González y Pedro Ruíz, la necesidad de publicitarse con el menor dispendio posible y lograr el máximo rendimiento económico, posee similar intensidad a la constante excitación sexual del personaje interpretado (espléndidamente) por Andrés Pajares.
Berlanga, por ello, carga las tintas. Compone un mosaico de seres excesivos, histriónicos de los que se sirve para cargar contra todos los elementos e instituciones que le salen al paso: la política, con el personaje de Rosa María Sardá, una trepa obsesionada por su imagen de cara a las próximas elecciones; la publicidad, con el de José Luis López Vázquez, casi un pícaro del Siglo de Oro transmutado a la “sociedad del bienestar”; los delirios capitalistas, en los de González y Ruiz, desprovistos totalmente de principios; y, sobretodo, la familia, tratada por el cineasta con una acritud sin concesiones, un conjunto de extraños que no dudan ni por un segundo en obstruírse mutuamente si con ello obtienen sus propósitos. Una escalofriante plasmación del desquiciamiento colectivo provocado por la más atroz asimilación del individualismo.
El guión (el último que escribieron en colaboración Berlanga y Azcona) no mantiene ni busca una distribución cohesionada, básicamente por dos razones: resulta de todo punto imposible hacer un esbozo del caos en que ha devenido la actual coyuntura social si no se establece, de fondo, un similar planteamiento cinematográfico. Por ello, las situaciones en que se distribuye Moros y cristianos pueden parecer arbitrarias, desconcertantes e, incluso, inicuas. El film se construye mediante brochazos, gruesos y desprejuiciados, con el fin de provocar el pasmo al espectador. Y esto se logra mediante la deconstrucción narrativa, manteniendo las exigencias argumentales al mínimo y potenciando la creación secuencial espontánea, mediante la constante improvisación de los actores y la perpétua utilización del plano-secuencia convertido, ya definitavemente, en un recurso expositivo de extraordinaria contundencia. En segundo lugar, la coralidad, elevada a la enésima potencia, verifica uno de los agentes estilísticos de mayor fuerza de todos los tratados por Berlanga: la incomunicación. En Moros y cristianos el diálogo es constante, embrollado en ocasiones. Los personajes mantienen conversaciones que se cruzan, se superponen o van directamente al vacío. Todos hablan, pero la historia no parece avanzar. Y ello es debido a que nadie de ellos escucha. La manifestación más diáfana de la incomunicación humana, contínuamente subvertida mediante la palabra.
Moros y cristianos es, por tanto, la plasmación audiovisual de la anarquía ideológica de un cineasta que, con este film, completó su última gran película. Aún hoy, muy poco apreciada por la mayoría y defendida con uñas y dientes por unos pocos. Una pieza soberbia merecedora de una revisión inmediata.