Patrimnonio nacional (1981)

Por Emilio Martínez-Borso

La monarquía ha vuelto, los Leguineche también

Segunda incursión del cineasta valenciano en la saga familiar de los Leguineche, que tanto éxito dio en La escopeta nacional (1978), Berlanga vuelve a utilizar a la aristocrática (y esperpéntica) familia para reflejar el estado social, emocional y real de la España de entonces. Frente a la pretérita transición tratada en la anterior entrega, la estirpe de los Leguineche llega a Madrid para instalarse en la recién estrenada democracia, un cambio a todos los sentidos, dejando patente que en el nuevo régimen los valores caducos del pasado, no tienen espacio ni lugar para desenvolverse en un mundo que no sólo no los entiende, sino que ya no los acepta.

Berlanga afila su espada para no dejar títere con cabeza. El cineasta se preocupa mucho en dejar claro que frente a los nuevos cambios en cualquier estado, siempre existirán parásitos y vampiros que se apuntan al carro imperante y se agarran como a un clavo ardiendo intentando adaptarse para no perecer con el antiguo régimen, y así sobrevivir cuanto más tiempo mejor, y si puede ser sin trabajar dada su condición noble, objetivo cumplido. Berlanga incide en dejar claro el atraso real de la gente frente a la aparente y estudiada modernidad extrapolable a todos los estamentos de la sociedad. Desde la obsoleta Iglesia, ejemplificada en el personaje jeta encarnado estupendamente por Agustín González, hasta la gente humilde, los conocidos como “el servicio”, la gente que realmente constituyó el arranque de este país, y que incluso aquí trepan sobre los que pueden, no salvando de la quema a ninguno. Pero es en el estamento de la aristocracia donde Berlanga se ensaña más. Esa aristocracia casposa sin oficio ni beneficio, más preocupada en saludar al rey en una corrida de toros y en mantener su estatus social, que en los problemas reales.

En esa vertiente, el cineasta y su incombustible Azcona se sienten más cómodos y sueltan todo su arsenal satírico en el guión, organizando una trama de surrealismo creciente donde cada situación es más absurda que la anterior, pero manteniendo siempre la cordura y consiguiendo que el guión no se les vaya de las manos y acabe en una burda burla sin gracia alguna de lo reiterativa que podría llegar a ser. En este pequeño microcosmos donde reina el más difícil todavía, vemos desfilar a nobles, curas, camareros, chachas, madres totalitarias, mujeres reprimidas, pijos, caballos, hasta los de hacienda tienen su momento. Todo aquello que representa la más cruda realidad del país tiene su lugar en ese patrimonio nacional que es el que dejamos, el que hemos creado, y que Azcona y Berlanga, una vez más demuestran su maestría para barnizar el drama y la miseria real, en una comedia ácida mucho más seria de lo que aparenta, y aunque consiga arrancar carcajadas, la realidad interna es mucho más compleja y amarga, como demuestra el magnífico final, el desenlace de la estirpe de los Leguineche, relegados a meros monos de feria mostrados en su zoo (su palacio), expuestos a las fotografías de los turistas y visitas culturales como muestra del pasado español. La moraleja implícita es no sólo que a todo su cerdo le llega su San Martín, sino que todo el mundo debería estar en el sitio que le corresponde y el lugar que le corresponde en el momento que le corresponde, no donde uno prefiera estar.

Cinematográficamente, Berlanga vuelve a hacer gala de su característico estilo de largos planos secuencia que dota a la película de un ritmo incesante, ayudándose de las numerosas y estudiadas entradas y salidas de multitud de personajes en cuadro a lo largo de las extensas situaciones y momentos cómicos que acentúan ese aire concreto y real del momento, y que ayudado por las extraordinarias interpretaciones de todo su elenco, ofrece un ritmo interno dentro de cada plano, difícilmente superable, consiguiendo Berlanga que parezca fácil y cercano, aquello que en realidad es muy complicado. Con Patrimonio Nacional, y toda la mala leche que encierra (como muchas de sus películas) entre sus fotogramas, el cineasta Valenciano revalidó su bien merecido título del más honesto y punzante Pepito Grillo.