Todos a la cárcel (1993)

Por Alicia Albares

Rastreando el pasado

Estrenada en 1993, Todos a la cárcel no es considerada, con el paso del tiempo, una de las obras clave de uno de los pocos cineastas que han dedicado los esfuerzos de toda una vida a llevar a cabo un cine de calidad en nuestro país. Esta afirmación, no obstante, siempre es discutible, pues se trata de una cinta que, valorada objetivamente, contiene todo aquello que hace de la filmografía berlanguiana un oasis necesario en el desértico panorama que ha presentado (y todavía lucha por dejar de hacerlo) el cine patrio. Si la comparamos con Plácido (Luis G. Berlanga, 1961) o La escopeta nacional (Luis G. Berlanga, 1978); películas que, como veremos, tienen con la analizada mucho en común;  Todos a la cárcel continúa siendo una obra menor. Pero, como ocurre con los grandes, la obra poco relevante de este autor supone una película notable dentro de su contexto.

Tras seis años de inactividad, Berlanga decide volver a colocarse tras la cámara con un film que, ya desde su concepción, se vio muy condicionado por las necesidades de producción. Obligado a rodar en un único escenario, el director valenciano no se dejó amedrentar: lo que muchos habrían tomado como una injusta cortapisa a su creatividad, él lo consideró un desafío para sacar el máximo partido a sus personajes. Para ello, escogió una cárcel, la Modelo de Valencia (donde, por coincidencias que parecen salidas de una de sus tramas, estuvo preso un par de veces el padre del cineasta) y en ella, abordó un proyecto ambicioso: abundantes actores principales, múltiples extras y siete semanas de rodaje. Por primera vez desde los años 60, Berlanga se atreve con un guión sin Rafael Azcona y con la colaboración de su hijo Jorge.

Estrenada en navidad, Todos a la cárcel se defendió con valentía en una cartelera poblada por estrenos estadounidenses muy potentes a nivel comercial. Su lanzamiento, preciso pero intenso, pretendió abrirle camino entre los dinosaurios de Spielberg en la primera entrega de Parque Jurásico o el tirón taquillero del Kevin Costner del momento en Un mundo perfecto. La acogida por parte del público, dado el entorno, no fue del todo negativa. La opinión de los críticos, tampoco, aunque, ya desde el comienzo de su trayectoria, la cinta nunca alcanzó la categoría de algunas antecesoras. Quizá esto sentenció su recorrido posterior y la condenó en el recuerdo a ocupar un puesto desmerecido, como aquí se pretende demostrar. A veces, la primera impresión cataloga una obra y le impide ocupar su posición en el recorrido de su responsable. Salvar la distancia que impone el paso del tiempo y volver a analizar el filme en su momento, soslayando prejuicios y axiomas endurecidos por el prestigio que dan los años, se convierte en tarea esencial para rescatar la auténtica esencia que, en muchas ocasiones, esconden las llamadas “obras menores”. En Todos a la cárcel, más allá de sus defectos, podemos vislumbrar todavía las huellas del mejor Berlanga, el de siempre, el propio. Uno de los pocos que han conseguido construir un paradigma de nuestro cine del que sí que podemos sentirnos orgullosos.

El argumento y sus lecturas

Hay en las películas de Berlanga varios niveles enunciativos que permiten, según sean captados o no, construir una tipología de su público. Ocurre en algunas películas más que en otras y su origen está, muy probablemente, en la coyuntura política que España vivió en los años que a nuestro director le tocó vivir. Pero, más allá de la necesidad de ocultar un discurso ideológico progresista en un entorno en extremo opuesto a la tolerancia, los estratos en el cine berlanguiano provienen de una fuente más profunda; de los pilares de un universo creativo personalísimo. Éste, construido sobre las capas de significados que se van superponiendo, permite que la sugerencia, disfrazada de gag cómico, nos permita intuir una dimensión de lo real que, sin causar impacto, nos hace reflexionar más allá de la historia que se cuenta. No todo espectador puede acceder a ese nivel de análisis, pero el camino está ahí para aquellos que si quieren transitarlo. Para ellos, el sarcasmo berlanguiano no es sólo un rasgo de estilo, sino un vehículo hacia el descubrimiento de una cotidianidad espeluznante, durísima, compleja, donde se entremezclan la calificación del momento histórico según el cineasta con sus vivencias personales, dando a luz un prisma que refuerza aún más la categoría autoral del director y el indiscutible trono que ocupa en la historia del cine español.

En la epidermis, Todos a la cárcel provoca la carcajada continua, a la que conducen las múltiples situaciones cotidianas llevadas al extremo, con las que es fácil que el público se identifique. Es a ese nivel donde el cine de Berlanga se construye como espectáculo, no vano pero si quizás algo fácil en sus chistes cargados de escatología y sensualidad sin dosificar. Se trata de un escalón ingenuo, al que todo público puede llegar. Un visionado más reflexivo nos permitirá un vislumbrar su semántica, el sentido del texto, aquello que quiere contarnos más allá del artificio humorístico aunque moldeado gracias a él. La tercera capa del relato, sin duda la más profunda y por consiguiente la menos accesible, nos permite localizar los cimientos de la narrativa de Berlanga, los elementos estructurales básicos en los cuales reside su verdadera genialidad.

Si planeamos sobre la trama de Todos a la cárcel, nos encontramos con una película fundamentada en su coralidad, en la cual el argumento parece ser lo de menos en favor de los enredos que combinan los diferentes y múltiples personajes. Estos, representando desde el arquetipo su origen social, son el corazón de una historia que, ya desde su concepción, no deja dudas sobre su intención crítica: con motivo de la celebración del Día del Preso, la organización “Paz y Libertad” ha puesto en marcha una jornada de reivindicación y homenaje a los presos de conciencia en una cárcel de levante, a la cual están invitadas las personalidades más representativas de la cultura, la economía y la política del país. Lo que aparentemente es una fiesta pacífica por el recuerdo se manifestará pronto como una pantomima que le sirve a cada personaje como excusa para perseguir sus intereses ocultos e inmorales. En medio de tal galimatías se encuentra Artemio Bermejo, pequeño empresario conducido a la prisión por un interés también alejado de cualquier intención solidaria, ya que busca una oportunidad para que la Administración le abone aquello que le debe. Todos los invitados y organizadores que habitan el penal demostrarán así una hipocresía que, por su evidente origen, se convierte en firme materia para la hilaridad. El destino final de tal algarabía se encuentra en los  intentos de liberar a un mafioso buscado internacionalmente, Paolo Tornicelli, y la búsqueda de lucro que cada ayudante del mismo persigue con ella. Los giros del guión van convirtiendo lo verosímil en un compendio de situaciones caóticas que rozan el absurdo, para concluir con una secuencia que compone la estructura circular del filme, en la que una nueva celebración macabra será  el nuevo “pan y circo” aún más disparatado.

La primera aproximación a la historia nos revela su intención de convertirse en percha para sostener el verdadero sentido de personajes y equívocos: el humor. El chiste fácil, construido con la paradoja y el sarcasmo, se nutre de lo más esencial del ser humano, de aquello que, por ser común, nos resulta familiar. Llevado al extremo, suscita una empatía inevitable. Habremos hallado, sin más profundidades, el subsuelo del primer nivel.

Buceando aún más en la esencia de esa contradicción que cada personaje nos enseña, nos topamos con el mensaje claro que será la tesis de la película: no hay lugar para la honestidad en ese particular micro-universo, metáfora y síntesis del mundo. Cada aparente acto altruista no es más que una máscara grotesca que oculta la ennegrecida búsqueda de la satisfacción de necesidades elementales: sexo, dinero, reconocimiento… hasta el protagonista, que no nos sirve de personificación del ente espectador en el relato, sino que se localiza como una pieza más, aunque destacada, en el engranaje final del argumento, parece estar consumido por la avaricia más primaria. Una vez extraída esta conclusión, nos habremos encontrado con el fin del segundo nivel de lectura.

Buscamos, entonces, la superación de esta nueva frontera y vamos más allá: ¿realmente es el protagonista sólo un peón más en el juego de la trama o su presencia, en medio de tanta intrincada relación, responde a un interés más sutil e intencionado? Definitivamente, sí. Artemio Bermejo no es un personaje espontáneo y anecdótico, no es un protagonista al uso en el filme coral convencional. En su naturaleza titeresca subyace un vestigio de todo aquello que luce por su ausencia en los caracteres de esta cárcel-sociedad del momento: la inocencia manipulada, la posesión tardía de la candidez infantil, la búsqueda inútil aunque continúa de la justicia. Sólo Bermejo conmueve por su transparencia, pues es el único que no sabe engañar ni dañar a los que le rodean. Conducido a lo largo del filme por unos y por otros, será el eterno perjudicado; el ser burlado por el destino y culpado por su ingenuidad. No habrá esperanza para su pureza en el entorno ponzoñoso de los buitres que, lentamente, le van despojando de su energía vital. Cansado y derrotado, hastiado de luchar contra un devenir que no le permite, ni siquiera, escapar del pozo donde ha entrado en su rastreo infructuoso, acaba por asumir aquello que el destino le tiene reservado y trata de ser feliz, a pesar de todo. Desternillante, para unos (los que quieren disfrutar del espectáculo); y tristísimo para otros (aquellos que apuestan por el trauma que nos propone el director), es el baile del protagonista en el jolgorio de una nueva fiesta folclórico- patética que distraiga, de nuevo, a los presos al final de la película. Nueva definición de un carácter que, no sólo enriquece el tema de la cinta, sino que vincula de manera decisiva al personaje con su creador: no hay duda de que Bermejo es Berlanga, en su persecución vital, en su viaje como ser humano, en su retrato caricaturesco con el que sólo los que realmente se conocen saben mirarse al espejo. El realizador se “realiza” a sí mismo con su representante en el relato y se mira con cierta ternura no extenta de autocompasión. En medio de su entorno hostil, Berlanga se naturaliza en su profunda humanidad y, por tanto, no se salva: no hay lugar para él en el laberinto de seres consumidos por las pasiones que le rodean. Ellos, se salvan. Él, se queda.

 Pero tampoco hay egocentrismo en esta naturaleza prístina del inocente Bermejo, pues, aunque supuestamente feliz con la realidad contra la que no ha sido capaz de luchar, su recompensa es la tranquilidad del perdedor consciente. No hay alegría en su aceptación pasiva, tan sólo se le permite la serenidad del pensador que ha alcanzado la madurez aprendiendo a captar lo agresivo del entorno. Ahí se agazapa Berlanga, tras la mirada llena de esperanzas truncadas del muñeco patético que es su personaje, mirando al mundo con la crudeza que sólo él sabe ver, porque a él más que a nadie le ha zarandeado. Y en esta última y profunda conexión entre cineasta y obra, nos topamos con el límite, el lugar donde concluye el tercer nivel de análisis. Este puede ser o no el final, las posibilidades semánticas de este submundo oculto de nuestro realizador no terminan si se continua indagando. Mucho más podemos encontrar si nos atrevemos a cavar hondo.

Formas y personajes, herramientas clave de la construcción berlanguiana

Las múltiples caras de Todos a la cárcel necesitan un medio de expresión que se corresponda con el grado de implicación del espectador. No se puede utilizar la planificación para evitar el trabajo de inmersión en el filme que Berlanga requiere de su selecto público. Por ello, puesta en escena y planos se disfrazan de una espontaneidad casi simplista, a menudo, facilona. No parece haber elaboración en sus larguísimos planos secuencia, en las escenas rodadas desde un solo punto de vista, casi televisivo. Así, el lenguaje cinematográfico se usa, simplemente, como medio para que los personajes, verdadero núcleo de la acción, se manifiesten en su cruda naturaleza. No hay posicionamiento ni ternura más allá de la que puedan construirse ellos mismos desde sus diálogos y actitudes, porque la cámara no tiene compasión con ellos: tan sólo les persigue y les analiza de manera tan aséptica como es capaz. En la profundidad de campo y la agregación de personajes durante el transcurso de un mismo bloque de acción, Berlanga obtiene la sencillez de planteamiento que necesita para satisfacer la variedad de paladares que saborean su cine: ayuda al espectador que no quiere ver más allá del humor y la socarronería tan propias, porque no le lleva a mayores reflexiones; pero también al arriesgado que, sin dejarse engañar por la supuesta desgana en el cuidado de los planos, se anima a analizar el porqué de tales decisiones narrativas.

El resultado de la sobriedad de estilo, dada la exquisita construcción de las raíces de su cine, no tiene un origen anecdótico. La vinculación entre semántica y forma existe, sin lugar a dudas. Además de que tal espontaneidad permite que la atención no se desvíe hacia cualquier cosa que no sea la historia y sus protagonistas, el resultado es puramente teatral: los actores van apareciendo en escena, en ese gran teatro mundano que es la cárcel, y cada uno de ellos nos ofrece una curiosa interpretación de su papel. Se refuerza más aún, la artificialidad de cada uno y la debilidad de sus necesidades vitales, pues no son más que marionetas conducidas por los hilos del primitivismo. Y Bermejo, en su continuo pasmo, es la más entrañable y frágil de todas, la más torturada a su pesar. Por tanto y en conexión con el alma de su universo creativo, ninguna aparente desgana en el envoltorio de Todos a la cárcel ha sido casual: hay una elaboración profunda, una maquinaria perfecta que funde talento actoral, mirada tras la cámara y reflexión, casi inconsciente, sobre la vida y el papel en ella del protagonista- alter ego berlanguiano.

Tampoco se puede desmerecer, desde esta perspectiva, la aparente libertad de acción de actores en el entorno único de Todos a la cárcel: no se descuida su trabajo. Porque, muy al contrario de lo que suele ser habitual, el realizador no pone límite alguno a las posibilidades que les ofrece su personaje. Aunque planos, cada pequeño papel tiene un sabroso néctar que extraer y eso lo saben tanto el guía como sus seguidores. Por ello, la dirección de actores (que no es nula, como algunos han querido señalar) sirve para tejer una frescura que, una vez más, elimina cualquier barrera entre espectador y obra. No hay recargamiento ni exageración en las interpretaciones, porque el gran trabajo de Berlanga no ocurre durante el rodaje, sino durante el proceso de selección de los tipos sociales. Cada actor es, por su físico y maneras, la perfecta encarnación del personaje que le han encargado. Y, dentro de ese pequeño-gran espacio, el artista se mueve a placer: sus salidas de tono e improvisaciones satisfacen al que mueve los hilos, porque cualquier movimiento de su marioneta ha sido considerado con antelación. Nada puede sorprender a ese Berlanga siempre lúcido, profundo conocedor de aquello que tan bien caricaturiza. Desde la aparente indiferencia ante lo imprevisible, el director sabe que tiene todo el control. Así, la manipulación de sus actores, siempre necesaria (aunque, a veces, no asumible), se produce con la sencillez de quien lleva muchos años dominándola en la sombra.

Referencias, fuentes y demás búsquedas del genio

Identificar el signo de aquellos que han dejado huella en la psique de ese «director con cabeza de senador romano» (como describió Fellini a Berlanga en una ocasión) es tarea ardua y extensa. El principal motivo proviene de la basta cultura cinematográfica que un joven Luis atesoró durante casi diez años de cinefilia obsesiva, durante la cual visionaba tres películas diarias que le permitieron fagocitar muchos elementos que después intervendrán en su cine, quiéralo o no él mismo. Su profunda curiosidad le lleva también a sumergirse de lleno en los fundamentos de nuestra cultura, de cuyas obras maestras literarias toma fuertes rasgos de atmósfera.

Las fuentes cinematográficas manan sin duda de los equívocos de Capra, aunque tampoco olvidan la honestidad narrativa de Ford. También de su compañero (y, tristemente, su rival tras la desgraciada ruptura como pareja creativa) Bardem toma Berlanga muchos requiebros argumentales. Pero son, sin duda, más evidentes, los rasgos que dejan en él el teatro y los libros: el sainete español de Arniches, del cual tomó la admiración por el espectáculo esencialmente popular o las burlescas aventuras de la picaresca de los siglos XVI y XVII, encarnada en las dos grandes obras de referencia, el “Buscón” de Quevedo y el “Lazarillo de Tormes”. Quizá no tan tiernos resulten los ardides de los personajes que pueblan la cárcel, pero, sin duda, provocan la misma carcajada surgida del comentario ingenioso y la acidez de su origen.

Inevitable es también la vinculación de esta película con dos grandes obras del director. Mucho hay de La escopeta nacional en la concepción de Todos a la cárcel: no sólo coincide el actor (grandísimo José Sazatornil) sino que interpreta un personaje casi idéntico en un entorno que sustituye la cacería franquista por un penal que acoge a los sectores supuestamente progresistas de la España del momento. También hay que señalar las coincidencias estructurales que existen entre Plácido y la película que analizamos: ambos metrajes giran en torno una idea que se critica por su fingida presencia, si en la primera era la caridad en esta segunda será el sentimiento solidario. Y comentada está similitud innegable entre estas tres cintas, ¿es justo menospreciar el derecho de nuestro objeto de estudio a permanecer entre las grandes? La cuestión merece ser tenida en cuenta.

Infinitos caminos por inaugurar

Descubrir aquellos fundamentos que suponen la diferencia entre un director artesanal y un genio es tan complicado como imposible y, por descontado, pretencioso. Partimos de la base de que, empíricamente, es imposible demostrar la vinculación de Berlanga a la categoría de visionario o adelantado a su tiempo, porque lo subjetivo de la valoración de la obra de cualquier creador subyace en la esencia del arte y convierte en fascinante la admiración del mismo. Por tanto, no queremos defender aquí su liderazgo indiscutible como autor fundamental en el cine de este país, porque todo es materia de debate y porque queda mucho por venir. Además, de sabios es no sentar bases en cuestiones tan volubles.

Además, Berlanga no necesita ardientes seguidores para ocupar el lugar que ya tiene y que nadie podrá suplantar: desde Almodóvar a Pereira, desde Corbacho hasta Colomo…todos han bebido de su talento y descubrimientos. Desde su comedia ligera, el realizador siempre ha lanzado las más envenenadas saetas contra el poder establecido y las convenciones sociales del momento. Pero, además, ha reflexionado con la cruel agudeza de su mirada inquisitiva, sobre los recovecos del sentido de la vida y de su presencia en ella.

Por tanto, es imposible explorar todos los caminos que conforman el laberinto creativo que es la mente de Luis García Berlanga, porque ninguno de ellos nos conduce al mismo centro, aunque parten de él. Todos ellos, enmarañados como sus tramas; sinceros como sus personajes y directos como su lenguaje son una misma y única búsqueda personal, de la que nos hace partícipes y que nos conduce a dar un paso más en nuestro propio enriquecimiento personal. Y no de muchos autores se puede decir tal cosa.