Regresa Quentin Tarantino y lo hace junto a su amigo Robert Rodríguez en una film que son realmente dos: Grindhouse. Estrenado en los Estados Unidos hace algunas semanas (con un decepcionante resultado ecónomico), en Europa se prevé una distribución independiente de cada feature, una vez se presente el del aclamado Tarantino en el inminente festival de Cannes.
Nunca tuve la suerte de visitar un verdadero grindhouse, de aquellos que contaminaban los centros en ciudades como Nueva York, Los Ángeles y Houston. Pero por lo que conozco acerca de ellos entiendo que muchos vivimos la experiencia grindhousiana al menos una vez, ya sea en aquel cine de capa caída que sesenta años antes albergaba a la Gardner y que luego se convirtió en un rincón pornográfico, apestado de maltrechos y onanistas, o en la única sala de un pueblo donde la novedad es Johnny Weissmüller en el papel del hombre mono, seguido, porque el plato fuerte siempre se deja para el final, de Rosa Gloria Chagoyán en El secuestro de Lola la trailera (Raúl Fernández, 1985). No sé si llamarle nostalgia o simplemente vicio, pero Grindhouse, el nuevo flick de la dupla Rodríguez-Tarantino, me ha hecho pensar seriamente en varias prácticas cinematográficas que había arrinconado, una de ellas, y la que me llama más la atención a estas horas, es que hace mucho tiempo no uso los servicios de un cine donde la orina de los visitantes sea el antiséptico y, si escarbo más y más en mis recuerdos, creo que últimamente tampoco me he rascado tratando de espantar a las pulgas de butaca que no me dejan en paz en el preciso momento en que Charlton Heston, muy a su manera trágica, descubre la terrible verdad acerca de las galletas Soylent Green en Cuando el destino nos alcance (Richard Fleisher, 1973).

Grindhouse, sin embargo, no contiene insectos, tiene, sí, zombies y un Chevy Nova asesino, dos razones suficientes para pasar un gran rato, seas o no un cinéfilo, repares o no en los vínculos cinematográficos, musicales (QT resucitó una canción de T. Rex para esta ocasión) y de cultura popular que como es costumbre abundan en la obra de Quentin Tarantino y que no faltan en la flamante Death Proof, pero que también se encuentran presentes en la primera parte de la función doble: Planet Terror, dirigida por Robert Rodríguez, y que, en mi opinión, sin haber sido nunca un amante del texano, es la pieza sobresaliente de este double feature implacable, duro y directo, plagado de acción, que te partirá en dos (según el explosivo anuncio publicitario).
La fortaleza de Grindhouse, como apunta A.O. Scott en The New York Times, es producto en realidad de una pasión y no, como parecería obvio, de la mera intención de imitar la atmósfera del cine de explotación o las películas serie B de alquiler. Tanto Rodríguez como Tarantino son el resultado de visionados que a muchos críticos de cine les causarían ceguera temporal; Tarantino, claro está, también lleva sobre su espalda la finura de los clásicos, no obstante, su acercamiento enciclopedista al universo de bajo presupuesto es una cualidad en sus filmes más logrados, un atributo que se puede extender incluso hasta su preocupación por rescatar actores como Pam Grier o Lawrence Tierney (sin ir más lejos, en Death Proof volvemos a ver a Kurt Russell como en sus mejores tiempos ochenteros) y películas orientales y de horror en la serie de dvdes Quentin Tarantino Presents. La combinación Rodríguez-Tarantino es un dúo peligroso, que podría igualarse a los súper esbirros Terence Hill y Bud Spencer, el sheriff y el pequeño extraterrestre, dos puños contra Río, una dupla demoledora que no nos devuelve precisamente el circuito clásico de grindhouses, pero que sí demuestra que la condición humana no es la de la abulia hollywoodense sino la de la intensidad.

Tarantino y Rodríguez son cómplices del mismo crimen cinematográfico y cuentan con un espíritu análogo, para ambos, déjense las diferencias estilísticas y las capacidades de lado, el cine, como forma viva y mutable, es un obsequio para el espectador, y está claro que según su forma de ver las cosas sólo puede existir un cine excitante y, conjuntamente, excitable. De allí que Grindhouse como proyecto filosófico sea una declaración abierta a favor de la acción, se requiere de ella, parecen decir los dos amigos, para modificar la sociedad y no aburrir al público. Correcta o equivocada, esa premisa ha sido capaz de crear un filme que sin duda alimenta y entretiene sin llegar a los extremos de una industria manipuladora. En carne propia, cuando estuve en la sala, sentí que hacía muchos años no era testigo de una confabulación espectador-filme tan honesta, tuve la suerte de sentarme en la última fila y así poder observar el comportamiento del público, las anticipaciones lógicas al seguir los diálogos de Planet Terror, por ejemplo, respondiendo a frases de El Wray (Freddy Rodríguez) y Cherry Darling (Rose McGowan) cuando, como una culebra que brota de su madriguera, Planet Terror saltaba de la pantalla para tomar la caja negra donde nos encontrábamos. Y ese recipiente lleno de testículos cuando el primer zombie aún no aparecía. Y aquella banda sonora, cazadora, confirmando la buena puntería de la guitarra de Rodríguez.
Si bien Death Proof es un buen acompañante, Tarantino clásico, como diría un perito: detalles microscópicos, diálogos godardianos, enunciados pop y reciclaje (el más obvio es el uso del film de culto Vanishing Point, Richard Sarafian, 1971, como fuente inspiradora y como símbolo de la máxima libertad en el segundo acto de la película), el filme tiene una ruta dispareja, momentos en los que la sombra de Tarantino ejerce un papel demasiado asfixiante sobre el director, llegando en ocasiones a crear una suerte de remedo involuntario: Tarantino sobre Tarantino, ya que algunos de sus diálogos no cuentan con el contenido creativo de sus mejores piezas, sobre todo los coloquios entre amigas (Rosario Dawson, Tracie Thoms, Sydney Tamiia Poitier, etc.) y nos presentan a un Quentin menos inspirado, que otra vez ronda a sus personajes con la toma de 360° grados pero que no utiliza las texturas de un Mr. Pink o a un Mr. Blonde y que, lamentablemente, le da demasiados minutos ante las cámaras a Eli Roth, el director de Hostel y Cabin Fever, para que regurgite un par de escenas que un actor profesional hubiese tratado con mayor refinamiento. No es hasta la presentación de Kurt Russell en el papel de Stuntman Mike, el dueño de aquel Chevy Nova a prueba de muertes —esto, claro, si eres el piloto— que Death Proof pasa de las idas y vueltas dialógicas a la actividad del montaje, y donde el guión de Tarantino llega a lucirse de la manera acostumbrada. Stuntman Mike, a diferencia de los demás personajes de Death Proof, es el único protagonista llamativo; esta vez, por más que Tarantino lo haya intentado, un nombre tan suyo como Jungle Julia no es sinónimo de un Marsellus Wallace o una Vernita Green.

Death Proof pone sobre la mesa algo que quizá no todo el mundo esperaba, que Quentin Tarantino no sea bueno para hacer películas de serie B. Si conoce tanto sobre esa clase de cine debería ser un virtuoso en la práctica, ¿no es cierto? La respuesta es no, no lo es. Tarantino es un cineasta que se desenvuelve mejor con la ironía sobria y no con la insensata, cada pieza tarantiniana suele tener una cualidad meticulosa, algo que se extraña en algunos pasajes de Death Proof, producto quizá de la onda grindhouse que se impuso en el conjunto. Es precisamente ese leitmotiv el que no permite que Tarantino sea una figura descollante en cada secuencia de su largo. Robert Rodríguez, por otro lado, es un director con una carrera trivial, más acostumbrado a meter la pata, y para quien ponerse el traje color cursi nunca ha sido un problema, es más, es una de sus características básicas. El leitmotiv de Grindhouse, barato, burdo, sobrecargado, incoherente, se identifica más con su cine. Planet Horror, aunque suene paradójico, es una película memorable de Robert Rodríguez, quizá la mejor después de Sin City (Frank Miller, Rodríguez & Tarantino, 2005), pues en ella el director hace uso de sus falencias para crear una película que, en teoría, es una burla, un chiste perfecto, diría yo. La experiencia de los viejos grindhouses se disfruta mejor en los estudios Rodríguez Internacional Pictures (RIP), pero la función es doble, con motores, calaveras y trailers ficticios, y en uno de ellos (Mujeres lobo de la SS, dirigido por Rob Zombie) un bigotudo Nicholas Cage nos acerca al carismático e inolvidable Fu Manchu. Bienvenida sea la basura.