Lodge Kerrigan: "KEANE"

Por Alejandro Díaz

Ciudadano Keane

Dentro de las discusiones clásicas de la psicología ocupa un lugar preponderante la que debate acerca de la personalidad humana. A rasgos generales, podemos distinguir, grosso modo, entre las teorías que consideran que carácter individual de cada ser humano es poco menos que invariable, y se mantiene fiel a unas constantes fijas a lo largo de la vida del individuo. Por otro lado, encontramos una rama que defiende justamente lo contrario: La personalidad humana surge directamente de situaciones concretas, de circunstancias particulares que hacen que las personas tomen unas u otras decisiones. Evidentemente existe una tercera vía que, para mi gusto, ofrece el modelo más completo de análisis mediante una síntesis de las vertientes anteriores, de modo que los rasgos de la personalidad surgirían como respuesta ante unos hechos particulares pero de alguna manera algunos de ellos permanecen constantes en cada individuo. Aún a riesgo de meter las narices en asuntos en los que no soy ningún experto (si bien algunos campos de la psicología cada vez me resultan más atractivos e interesantes he de reconocer que mi ignorancia en los mismos es, por el momento, notable), considero no obstante que en los últimos tiempos han proliferado los tipos humanos que mudan sus máscaras sociales de un modo espectacular dependiendo del contexto en el que se muevan. Aunque es evidente que algunas constantes de personalidad siempre se mantienen, cada vez lo hacen en menor medida a favor de una personalidad camaleónica, falsa, de una ductilidad perfectamente acorde a los nuevos tiempos del mercantilismo generalizado. Por ello cada vez nos resultan más extrañas y lejanas las muestras de carácter y voluntad independiente de algunos pensadores del pasado no tan lejano y sus búsquedas de algún principio moral, del modo de alcanzar el virtuosismo, la delicadeza o la nobleza en los diferentes ámbitos de la vida. Este tipo de preocupaciones han sido reducidas al mínimo a favor de los sofismas, la prestidigitación y el empleo de convenciones sociales en el comportamiento humano.

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La película Keane nos presenta el caso clínico de Walter, un hombre con evidentes desarreglos mentales, pero cuya circunstancia puede servir perfectamente para estudiar el comportamiento humano en general. El protagonista de la película dirigida por Lodge H. Kerrigan atraviesa a lo largo del film por un puñado de situaciones que condicionan notablemente su comportamiento. Cuando contactamos con otro ser humano durante un cierto tiempo, elaboramos teorías mentales sobre su cuál será su “personalidad” o “forma de ser”, las cuales están condicionadas de raíz por las teorías implícitas de personalidad que nos formamos en los primeros instantes de contacto visual con dicha persona, y tienden siempre a desdeñar complejidades o matices para considerar rígidamente que el carácter del otro podrá ser calificado con rotundidad como “honrado”, “cínico”, “sincero”, “falso”, etc., sin pararnos a pensar que una persona puede ser (y probablemente será) a la misma vez todas esas y más cosas. En su película, Kerrigan nos brinda la oportunidad de observar a Keane en una gran variedad de contextos, de modo que sus diferentes estrategias a la hora de afrontarlos harán que, como espectadores, intentemos construir una teoría sobre su personalidad que a la postre se revelará como imposible de determinar, poniéndonos frente a frente con los insondables abismos que regulan la vida de los organismos autoconscientes.

En su magnífica película Spider (íd., 2001), David Cronenberg nos acercaba a la vida de un enfermo mental reconstruyendo mediante imágenes el ruido interno de su cabeza, así como sus recuerdos y otras deformaciones de la realidad, dibujando un sórdido panorama vital en el que se producía la total pérdida de confianza en la realidad, o lo que es lo mismo, en los datos que nuestros sentidos nos ofrecen de la misma, de modo que la sensación de precariedad devenía ciertamente angustiosa. La estrategia de Kerrigan es diferente en tanto no acude en ningún momento al retrato del interior del personaje, limitándose a seguir sus pasos desde una ajustada distancia. Keane deambula por todo tipo de escenarios sin llegar a encajar auténticamente en ellos, pese a que las apariencias puedan indicar lo contrario. En efecto, él es una persona con una discapacidad psicológica, pero los ambientes en los que se mueve sólo devuelven un aterrador silencio a sus espasmos.  La precariedad del mundo, la caótica frialdad que anida en su seno, no ayuda precisamente a crear situaciones confortables para él como individuo, planteamiento que puede conectar remotamente Keane con aquellas corrientes europeas que supieron reflejar, en las postrimerías de la posguerra, la deshumanización del mundo que venía, con cineastas como Antonioni o Rossellini, ideólogos como Cesare Zavattini, y películas como Umberto D. (íd., 1952. Vittorio De Sica) o Plácido (1961. Luis García Berlanga). Pero, sin embargo, Keane también es una película netamente enclavada en las tradiciones estadounidenses del desarraigo. El caso descrito en la película y el recurso a salvaguardar la inocencia infantil como único camino hacia la redención en un entorno desalmado enlazan el film con una obra tan crucial como Taxi Driver (íd., 1975. Martin Scorsese). Además, Kerrigan, como Scorsese filmando el guión de Paul Schrader, logra insuflar a sus imágenes un ritmo febril, alucinado, tenso hasta la extenuación.

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Keane es una película vibrante, dotada de una tensión psicológica abrumadora, y construida a base de un encadenado de secuencias que se alimentan de modo fragmentario. Una de las más impresionantes nos muestra al protagonista en el interior de un bar bebiendo, eligiendo una canción en la máquina de discos y cantándola de un modo obsesivo, enfermizo. En otra, el protagonista mantiene relaciones sexuales con una mujer en los servicios de una discoteca mientras consume cocaína. Más adelante llegan una serie de escenas en las que se muestra aparentemente amable con una desconocida y su hija, y trata de entablar un acercamiento a la mujer en los términos considerados como “normales”, fracasando en el intento y siendo poco menos que humillado. El film culmina en una estación de autobuses. El protagonista acude con la niña, a la que suministra información falsa para que le acompañe sin que los motivos de dicho acto, como no podía ser de otro modo, resulten definitivos. En los últimos segundos de la narración llega la redención, o un sucedáneo de la misma, un estallido de sinceridad salpicado de lágrimas y rabia. Y después el silencio, casi bergmaniano, y el perturbador pensamiento de que, en el fondo, todos estamos tan desamparados como lo está Keane.