BSO del mes

Por Raúl Álvarez

La fuente de la vida (Clint Mansell. Nonesuch)

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Como ya hiciera en Pi y Réquiem por un sueño, Darren Aronofsky ha llamado a Clint Mansell para componer la banda sonora de su nueva y controvertida película. El resultado es, de largo, la mejor obra del compositor británico y una de las partituras más hermosas e inspiradas que han desfilado por la pantalla grande en los últimos años. Siguiendo la estructura del filme —una historia de amor que se desarrolla en tres planos mentales: el real (la investigación médica), el imaginario (la pirámide maya) y el místico (el viaje estelar)—, Mansell propone tres caminos sonoros que al final confluyen en una sola vía. El primero se apoya en un delicado trabajo sobre cuerda y piano que describe la intensa relación de amor entre los dos protagonistas. El segundo emplea coros y percusiones para pintar la atmósfera entre épica y fantástica del relato en tierras aztecas. Y el tercero recupera las cuerdas y el piano, pero dotándolos de un aire oriental, para retratar el espíritu zen de la odisea espacial. La fusión de los tres caminos sonoros tiene lugar en la pieza Death is the Road to Awe, que ilustra el montaje en paralelo final que conecta los tres planos de la narración. Por concepción, desarrollo y ejecución (fantástica la labor, en este sentido, del Kronos String Quartet y Mogwai), La fuente de la vida es una obra maestra llamada a convertirse en pieza de coleccionista.

Zodiac (David Shire. Varese Sarabande)

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Si fantástica es la vuelta a la dirección de David Fincher, no lo es menos la recuperación de un talento como el de David Shire, compositor, entre otras, de La conversación, de Coppola, y Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula, con la que el film de Fincher guarda -y no por casualidad- más de un parecido estético y narrativo. Viniendo de un cinéfilo empedernido como Fincher, la elección de Shire, por tanto, es todo un guiño a sus debilidades como espectador. A sus 70 años, el músico de Buffalo (Nueva York, EE.UU.) conserva una envidiable frescura de ideas que ha fructificado en una prodigiosa partitura, apoyada en instrumentos de cuerda, que recrea el ambiente de terror psicológico de la película. Zodiac es una obra ambiental que cala gota a gota hasta instalarse en el subconsciente, donde se produce el milagro de la conexión emocional con la historia. Una técnica habitual en el Howard Shore más oscuro (Spider, Seven) y la versión de James Newton Howard que sublima el cine de M. Night Shyamalan. Resulta incómodo y desasosegante escuchar Zodiac. Ésta es la mejor noticia que se puede dar de una banda sonora que retrata la historia de un asesino que hoy, cuarenta años después de los hechos, sigue sin ser identificado.

La vida de los otros (Gabriel Yared y Stéphane Moucha. Colosseum)

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El éxito en taquilla de la ópera prima de Florian Henckel von Donnersmarck ha facilitado la distribución, aunque tardía, de la edición discográfica de la partitura compuesta por Gabriel Yared y Stéphane Moucha, colaborador habitual del primero en labores de copista y orquestador. De esta unión ha nacido una espléndida obra para cuerda que reproduce el ambiente opresivo y castrador del filme. El primer tema del álbum, Die unsichtbare Front, es también el primer hilo de una telaraña musical que atrapa el oído con la misma eficacia que la Stasi detenía a los disidentes en Alemania Occidental. Una pieza brillante, tanto conceptual como emocionalmente, que ambos compositores desarrollan en distintas variaciones a lo largo de nueve temas. En este sentido, estamos ante un viaje sonoro prácticamente monotemático que, gracias al oficio y al domino de los instrumentos de cuerda por parte de los dos compositores, cambia de connotación a medida que evoluciona la historia, desde la presión y la ansiedad que sufren los personajes al principio hasta el sentimiento liberador de las escenas finales.

La flauta mágica (W.A. Mozart)

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La puesta en imágenes realizada por Kenneth Branagh de la última ópera de Mozart abre la ventana a una de las creaciones musicales más geniales de todos los tiempos. La historia de amor de Tamino y Pamina, el pulso de poder entre Sarastro y la Reina de la Noche y las andanzas de Papageno son los tres principales ejes argumentales sobre los que el compositor austriaco levantó la que, a mi entender, es la ópera más brillante de la Historia. Amor, humor, traición y celos, todo ello envuelto en una imaginería repleta de símbolos masónicos (Mozart era miembro de una logia), que representan la lucha entre la luz y la oscuridad, cobran vida en una sucesión de momentos memorables como la presentación de Papageno o la aparición airada de la Reina de la Noche en su segunda aria. En su adaptación cinematográfica, Branagh ha optado por la versión en inglés del libreto, dado que la película está rodada en este idioma y los intérpretes son, en su mayoría, jóvenes cantantes anglosajones como Joseph Kaiser (Tamino) o Amy Carson (Pamina). La traducción de las letras resta fuerza a su interpretación (un efecto similar al que produce el doblaje de actores), pero esto queda compensado por la armonía y la ductilidad de la música de Mozart. Para disfrutar de la fuerza del original, recomiendo la versión discográfica editada por Polygram y dirigida por Herbert von Karajan.

Spider-man 3 (Christopher Young. Record Collection)

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La salida de Danny Elfman de la franquicia dirigida por Sam Raimi, tras declarar a Variety: “Ha sido la experiencia más frustrante de mi vida”, ha abierto la puerta al un tanto irregular Christopher Young, habitual del cine de terror de las últimas dos décadas con títulos como Hellraiser, Pesadilla en Elm Street 2, La mosca 2, El exorcismo de Emily Rose o las dos entregas de La maldición. Young ha respondido al reto con una partitura sinfónica que recuerda mucho a su reciente trabajo para El motorista fantasma, con profusión de percusiones, coros y apuntes eléctricos para las escenas de acción, y delicadas melodías de cuerda para los momentos dramáticos. El esfuerzo es notable, pero todo cambio de músico en una franquicia —y más si es un músico con un universo sonoro tan personal como el de Elfman— se enfrenta a una barrera insuperable: imitar el estilo y la sonoridad ya definidas del personaje y sus aventuras. Es una tesitura muy fea porque los compositores se ven obligados a renunciar —total o parcialmente— a sus señas de identidad. No es que Young trate de parecerse a Elfman; es que no tiene más remedio que hacerlo para establecer la necesaria continuidad sonora. Aún así, el resultado es más que óptimo, y Young encuentra hueco para brillar como Young cuando la historia se vuelve más tenebrosa, en concreto en las escenas de Venom y el Hombre de Arena. Un detalle: como ya sucediera en las dos películas anteriores, hay dos ediciones de la BSO, una con canciones de distintos grupos y otra con la música original de Young.