Otro nuevo espacio en Miradas de Cine, CINEMASCOPE, estrenamos en este número. Se trata de un lugar pensado para el (re)descubrimiento del cine, de su historia: protagonistas, tendencias o movimientos, homenajes, películas. No habrá ninguna clase de restricción, por lo que en CINEMASCOPE se encontrarán tanto reinvindicaciones de un cine olvidado y/o deficientemente difundido, como artículos sobre films, personalidades o temas de sobra conocidos por los aficionados, pasando por los niveles existentes entre ambos extremos. Como muestra un botón: arrancamos con Tonino Valerii y el próximo capitulo se lo tenemos reservado a Fanny och Alexander, el célebre film de Ingmar Bergman.
Esta sección y la estrenada en el número pasado, Contraplano, dedicada al cine invisible contemporáneo, serán las propuestas complementarias de la revista para el estudio tanto del pasado como el presente del hecho cinematográfico. Y dado que en ellas se amplia el ámbito de visibilidad de forma considerable, los 'clásicos' y las 'cult movies' resultarían apartados redundantes, por lo que dejamos la cuenta, por el momento, en 61 (de cada uno), que no está nada mal.
El festival Almería en Corto, lleva ya seis años revindicando su historia cinematográfica y reconociendo la labor de directores y actores que pasaron por la provincia para plasmar sus historias. El próximo 19 de mayo el director italiano Tonino Valerii recogerá el premio homenaje “Almería, tierra de cine”, compartido este año con la actriz Faye Dunaway, en honor a su trayectoria profesional. Un premio concedido por la Diputación Provincial que años anteriores ya recogieron los actores Franco Nero, Úrsula Andress, Eduardo Fajardo, Claudia Cardinale, Raquel Welch y Eli Wallach, y los directores Sergio Leone (a título postumo) y Joaquín Romero-Marchent, todos ellos vinculados al eurowestern.
Precisamente Tonino Valerii, nacido en Montorio al Vomano en 1934, es uno de los grandes directores de este género, en el que se aventuró por primera vez de la mano de Sergio Leone. Para él trabajó como ayudante de dirección en La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965). Una de sus aportaciones más importantes en esta película fue la definición del personaje de Gian María Volonté. “En la anterior versión del guión se llamaba Tombstone y era simplemente un bandido ordinario”, reveló al historiador Christopher Frayling, “no alcanzaba en absoluto el mismo nivel que los dos héroes. Leone me pidió que pensara algunas ideas para este personaje, y lo trasforme en «Indio», un bandido de origen indio-mexicano, un drogadicto, que mata cuando sufre los síntomas de abstinencia y que, mientras toma marihuana, recuerda la vez en la que mató a la hermana del coronel Van Cleef”. Fue también el encargado de buscar las localizaciones almerienses de la película.
Sergio Leone reconoció el talento emergente de Valerii, y le recomendó para el nuevo western que el laboratorio Technospresso quería realizar para presentar el nuevo formato 2P Techniscope. De esta manera, Valerii debutó en la dirección con Cazador de recompensas (Pel il gusto di uccidere, 1966), con el protagonismo del californiano Craig Hill. Este fue el primero de los cinco spaghetti-westerns que realizó en España, y quizás el menos personal. El estilo Leone mandaba en aquellos momentos y Valerii recogió las influencias de su mentor. Hill es un cazador de recompensas muy del estilo del “hombre sin nombre” de Eastwood que busca venganza, pero también beneficio económico, en la muerte de un bandido interpretado por George Martin.
Con sus siguientes westerns Valerii se alejó, sin abandonarlo del todo, de la violencia y las complicaciones visuales que imponía el estilo italiano, y mostró una mayor preocupación en la historia y el trasfondo psicológico de sus personajes. Roberto Curti definió, en la revista Nosferatu, “los antihéroes de Valerii” como “outsiders atormentados e inquietos, cercanos a los personajes interpretados por James Stewart en los westerns de Anthony Mann, marcados por conflictos interiores mucho más lacerantes que los exteriores que marcan a fuego su camino”.
Una clara muestra de este personal estilo se encuentra ya en su segunda película, El día de la ira (I giorni dell´ira, 1967), considerada como una obra maestra del eurowestern y la mejor de la filmografía de Valerii. Se trata, además, de la primera colaboración con Giuliano Gemma, al que el director consideró “la esencia del western italiano”. Gemma interpreta en esta película a Scott, un bastardo nacido en un burdel que limpia las letrinas y que busca la protección del pistolero Frank Talby (Lee Van Cleef). Talby le enseña a Scott su oficio, estableciendo con él una relación paterno-filial que se verá rota de manera dramática cuando el discípulo se niegue a seguir sus pasos fuera de la ley. “El día de la ira es un western sobre la injusticia personal y social, y sobre el sufrimiento que padece el individuo sometido”, aseguró Gemma en una entrevista a Carlos Aguilar recogida en el libro Giuliano Gemma. El factor romano. “El día de la ira encierra un alto nivel de compromiso, viene a decir que no se puede tratar mal a nadie”.
Valerii se destapó con esta película como un director más que solvente. No hay nada gratuito en El día de la ira: cada escena, cada diálogo, cada gesto sirven para construir un drama latente de principio a fin. Valerii se toma muy en serio el género, y sólo da paso a la espectacularidad cuando la historia lo requiere. El resto del tiempo se preocupa en dar libertad interpretativa a los actores abriendo los planos, en un gesto más hacia el clasicismo americano que al histrionismo leoniano.

Alentado por las críticas y por la buena respuesta del público, Valerii volvió al western en su tercera película: La muerte de un presidente (Il prezzo del potere, 1969). Volvió a recurrir a Giuliano Gemma para el papel principal, pero esta vez reflejaría en él sus inquietudes políticas. El mundo andaba revuelto desde el asesinato del presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, por el disparo de un francotirador. Valerii aprovechó la historia de otro magnicidio histórico, el del presidente James Garfield en 1881, para fabular sobre el de Kennedy y denunciar la corrupción y la lucha de poderes que envuelven a la política.
En La muerte de un presidente, Van Johnson interpreta al presidente Garfield, un político bienintencionado que se entera, a través de un ciudadano leal, Bill Willer (Giuliano Gemma), que intentarán asesinarle durante su visita a Dallas. En Willer se reflejan todas las heridas abiertas del conflicto civil, ya que él como nordista se negó a matar a su padre, confederado, por lo que acabó en prisión por traición. Después de varios intentos, el magnicidio se produce de manera análoga a la muerte de Kennedy y, además, los políticos involucrados en el crimen logran que culpen a Willer de la conspiración.
Estamos, por tanto, ante una historia compleja, en el que observamos como el idealismo de Willer va debilitándose ante todas las desgracias que van sucediéndole, y que van minando su confianza en las instituciones del Estado. Un desencanto acorde al que se vivía en los Estados Unidos y en Europa en los años sesenta.
Después de tres eurowestern seguidos, Valerii realiza dos películas en las que explora el drama y el gially, sin abandonar ese tono moralista característico de sus obras. En 1972 volvió a Almería y al género western para rodar los dos proyectos más ambiciosos a los que se había enfrentado hasta ese momento.
El primero, Una razón para vivir y una para morir (Una ragione per vivere e una per morire, 1972) es toda una superproducción para la época, no sólo por ser una película coral con un casting de primera magnitud, sino porque no se reparó en gastos a la hora de contar un monumental fuerte construido en el desierto de Tabernas para la película El Condor (Id., 1970), de John Guillermin, junto con una gran cantidad de extras usados como soldados confederados. La película está ambientada en plena Guerra de la Secesión. El coronel nordista Pembroke ha deshonrado al ejército al entregar el fuerte Holman al enemigo sin oposición alguna y de manera incomprensible. En una misión suicida, decide recurrir a un grupo de condenados a muerte para recuperar el fuerte, prometiéndoles un oro que él dice hay enterrado en el interior del fortín. Esta historia recuerda poderosamente a Doce en el patíbulo (The Dirty Dozen, 1967) de Robert Aldrich, película con la que también comparte la participación de Telly Savalas en el reparto. Sin embargo, los sentimientos que empujan a los penados a realizar la misión, e incluso al coronel, interpretado magníficamente por James Coburn, son más egoístas. No hay idealismo en ningún personaje, el dinero y la venganza son razones suficientes para morir o vivir. Valerii realiza un retrato muy pesimista de la condición humana y, frente a la apología de la violencia que desprende el film de Aldrich o Sam Peckinpah en su Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969), la masacre que sobreviene al final de Una razón para vivir y una para morir es toda una bofetada al heroicismo.
Por si Valerii no hubiera demostrado ya su buen oficio dirigiendo a estrellas del cine europeo y hollywoodiense como Coburn, Savallas, Van Cleef, Gemma, Van Johnson o Bud Spencer, su próxima película iba a constituir un gran desafío del que no salió tan bien parado. No tanto porque juntó a la estrella italiana del momento, Terence Hill, con el mítico Henry Fonda, sino porque detrás de la película tuvo a Sergio Leone, que se estrenaba como productor. Leone, molesto por el giro hacia la comedia que había dado el género que él creó, y aún más por el éxito de las películas de Trinidad de Enzo Barboni, financió una idea de tintes epopéyicos (basada en La Odisea de Homero, nada menos), para finiquitar el western italiano. En palabras de Valerii, los films de Barboni habían “derribado a Leone de su pedestal como maestro del western italiano. Más aún, esos films eran parodias muy irónicas a expensas de los clichés generalmente asociados con este tipo de films. Así pues, Leone estaba buscando una vendetta artística”. Esa idea cristalizará en Mi nombre es Ninguno (Il mio nome è Nessuno, 1973).
Este film cuenta la historia de Jack Beauregard (Henry Fonda), un viejo pistolero que en el crepúsculo de su vida decide embarcarse rumbo a Europa para huir de un Oeste que ya no entiende. Fonda representa al western clásico y, en menor medida, al spaghetti de Leone. Un género en decadencia y a punto de desaparecer. En el camino de Beauregard aparece un personaje que se autodenomina Ninguno (Terence Hill), un pistolero que nada se toma en serio excepto su plan de conseguir que su héroe entre en los libros de historia. Para ello, le enfrenta al Grupo Salvaje (en clara referencia a Peckinpah). Al final, Beauregard pasa el testigo a Ninguno, simbolizando el fin de una época.
Mi nombre es Ninguno es un western con multitud de lecturas. También es el primero en el que Valerii rodó algunas escenas en Estados Unidos. Y su mayor éxito en taquilla. Sin embargo, todavía hoy se discute la autoría del film. Leone rodó varias escenas, principalmente la apertura y algunas con Hill. Supervisó personalmente el guión y el montaje e introdujo algunas escenas en contra de la opinión de Valerii. Cuando la película se estrenó, su nombre apareció más que el del propio director. Como escribió Frayling, “Leone había conseguido su ambición de lograr un film de Sergio Leone dirigido por alguien distinto. También había tratado a su director como un hábil técnico que se ocupara del rodaje”. Valerii no volvió a trabajar con Leone ni a rodar westerns.
Con Mi nombre es Ninguno, Valerii dejó un legado irrepetible para Almería y para el cine. Fue un director que reflejó una época fundamental del cine europeo y que dejó una impronta muy personal en el eurowestern. Ahora, Almería le devuelve el favor con un sentido homenaje.