Tras leer la reseña en una revista inglesa de la excelente ópera prima de Ryan Fleck, Half Nelson (2006), un lector decidió escribir una carta en el número siguiente. En ella pregunta, con más educación de lo que suele darse en estos casos, por qué el comentarista, a pesar de haber realizado un buen texto, había casi obviado por completo que el profesor que interpreta magistralmente Ryan Gosling, Dan Dunne, imparte clases de materialismo histórico, algo que para él es sin duda alguna de gran relevancia. Del mismo modo, siendo certero como en lo anterior, pregunta los motivos por los que prácticamente queda de lado todo comentario hacia el discurso político que subyace en la película. Esto pone de relieve que Half Nelson, bajo su apariencia de película sencilla, no lo es. La reseña en cuestión atendía a elementos de puesta en escena, de interpretación y de narración y era más que suficiente para dejar constancia de que se trata de una gran película. Rodada cámara en mano, sus imágenes son tan sucias en su textura como limpias en su contenido, rozando el minimalismo en los encuadres y dejando que elementos que podrían pasar inadvertidos sean los que hablen de los personajes y del momento en que se desarrolla la narración, sin enfatizar nada y permitiendo que el contenido de la imagen sea la que hable. Los actores son excepcionales, desde Gosling (quizá la mejor interpretación del año pasado) pasando por la joven Shareeka Epps en el papel de Drey, alumna negra de Dan que vive con su madre y la sombra de un hermano encarcelado, hasta Anthony Mackie, Frank, camello que conoce a Drey y a quien utiliza para su negocio. Por su parte, la narración no deja lugar a dudas: lineal y clara, muestra a Dan como un profesor consumidor de crack que, a pesar de su adicción no deja de lado sus clases, así como su labor de entrenador del equipo de baloncesto femenino; es más, sus alumnos parecen respetarle, escucharle y tener en cuenta aquello que les intenta transmitir. Cuando Drey le descubre tirado en los baños del colegio drogado, entablarán una extraña relación que Franck intentará interrumpir para llevar a la chica a su lado. Entre tanto, salidas nocturnas de Dan, visitas familiares, alguna noche de sexo con una compañera, y así hasta ir trazando el retrato de un profesor bastante particular.
Pero Half Nelson es mucho más. No es cuestión de adentrarse en ella con el salvaje entusiasmo de quien quiere leer en sus imágenes más allá de lo que hay, buscando ideas y discursos crípticos o viendo en ellas jeroglíficos necesitados de ser desvelados para darla consistencia. Y no lo es porque todo se encuentra en ella. Esto lleva, también, a que la suma sencillez de la propuesta acabe siendo más complicada de lo que parece, porque viene a mostrar como la realidad que tenemos ante nosotros es tal cual: compleja en su sencillez. Ryan Fleck y Anna Bonde (co-guionista) plantean una película con las ideas muy claras, lo que les permite poder jugar con diversos elementos, todos ellos entrelazados, pero siempre usando la sugerencia, que acaba siendo más que suficiente para crear una película abierta a diversos caminos que, sin embargo, acaban convergiendo.

En términos generales, el cine norteamericano (y por extensión de su influencia, en casi todos), ha ido patentando un claro concepto binario del bien y el mal que ya nos ha acostumbrado con el paso del tiempo a identificarlo y casi aceptarlo; aquello que es bueno y aquello que es malo es reconocible en pantalla, queriendo incluso transportarlo a otras esferas de la vida (mucho más importantes a la larga). Por supuesto, cualquier sociedad necesita un equilibrio y es necesario establecer esa división para una mejor convivencia, sin embargo, todo es tan relativo que basta con hacerse diversas cuestiones al respecto para encontrar algunas brechas al respecto. En Half Nelson ambos conceptos se desvanecen. No existen. Y si lo hacen son bajo la inestabilidad de su propia naturaleza. ¿Es Dan buen o mal profesor al drogarse? Entiendo que cualquier padre no querrá que sus hijos asistan a unas clases impartidas por un adicto a la cocaína, sin embargo, queda patente su capacidad no ya para enseñar si no para hacer que unos muchachos de barrios pobres se interesen por aprender y saber. Entonces, ¿no es buen profesor al conseguir lo anterior? Al fin y al cabo, Dan se desvive por esos jóvenes, son su vida en muchos aspectos. Pero claro, por la noche, al no poder dormir debido a las drogas, sale a consumirlas y a beber, a intentar tener relaciones sexuales esporádicas. Parece otro. Pero es el mismo. Dan no es de una pieza, nadie lo es. Algo similar, por ejemplo, sucede en el cine de Cassavetes, aunque en este caso sus personajes no poseen el laconismo de Dan, pero sí esa carencia de una perfilación clara y reconocible. Son humanos y, por tanto, sus comportamientos aleatorios, cambiantes. Ni buenos ni malos. Humanos. De una secuencia a otra pueden pasar de ser adorables a ser despreciables, como cualquier persona.
Todo lo anterior es algo que puede poner nervioso a más de uno, porque lo mismo le conduce a que se interrogue sobre su propia identidad. Y, por supuesto, no es agradable que un adicto a las drogas sea quien nos haga preguntarnos acerca de nuestra personalidad. Pero es necesario, es importante. Del mismo modo que Spike Lee era capaz de usar a un camello que va a ir a la cárcel en La última noche (25th Hour; 2002) como una muestra de la ciudad de Nueva York y sus habitantes tras el atentando del 11 de septiembre de 2001, Fleck sitúa al espectador en una disyuntiva radical, porque Dan es tan humano que acaba hablando de cualquiera de nosotros. Suspende todo comentario o juicio, y le basta con observarle, dejarle actuar, que sea su presencia la que haga avanzar la acción, porque entrar en valoraciones de tal tipo habrían anulado a Dan, del mismo modo que acaban muchos personajes en tantas películas por una excesiva claridad en su posicionamiento ante el bien y el mal. Pero no sólo Dan, incluso Frank acaba siendo un personaje extraño, porque no se le juzga por aquello a lo que se dedica, es más, su cariño hacia la joven Drey es claro. A partir de ahí, cada cual puede pensar, juzgar si quiere, pero, en realidad, lo que estará haciendo es posicionarse como persona ante una situación tan sencilla como complicada, porque puede ser demasiado real. Uno tiene que buscar en su identidad para poder establecer un lugar, porque Fleck no lo pone fácil. Y mejor que así sea, ya que uno de los objetivos del cine debería de ser el conseguir cuestionarnos a nosotros mismos, incomodarnos incluso cuando lo que se contempla en pantalla no es algo desagradable, si no algo cercano y más o menos reconocible; de ese modo aprenderemos, no ya de cine, que eso al final debería de ser lo de menos, pero sí sobre nosotros mismos y los demás.

La banda sonora de Half Nelson viene firmada por el grupo Broken Social Scene. El mismo nombre del grupo, así como sus letras y música, viene a dar una idea muy clara del contexto de la película, porque esa relativización del bien y del mal no sólo propone un cuestionamiento de identidad, si no que se adentra también en contornos sociales y políticos. En determinados momentos, la acción se detiene y algunos jóvenes de la clase de Dan se dirigen a la cámara para narrar hechos históricos que son acompañados con imágenes de archivo de los mismos. Revueltas radicales de la década de 1960 y 1970 que Dan enseña a sus alumnos para hacerles ver cómo la historia es una cuestión de reacciones; con ello, en verdad, parece incitarles a moverse, a no quedarse mirando por la ventana como el mundo avanza si no hacerlo avanzar. Hay algo en él de revolucionario; pero de revolucionario escéptico, pero no por ello acabado. En un momento de la película, Dan acude a casa de sus padres, donde se descubre que estos pertenecen a la generación del Vietnam, de las marchas contestatarias; el intento de cambiar las cosas. Dan es producto de ellos, también de la desazón producto del fracaso, o semi-fracaso de aquello. En los últimos años, películas como Los Tenembuams, una familia de genios (The Royal Tenembaums; 2001. Wes Anderson), Una historia de Brooklin (The Squid and the Whale; 2005. Noah Baumbach) o Recortes de mi vida (Running with Scissors; 2006. Ryan Murphy), de una manera u otra, han venido a hablar de ese fracaso, de esa contracultura que, al final, acabó varada. Half Nelson, al respecto, quizá sea aún más radical que ellas, porque viene a relacionarlo con el presente, aunque no lo haga de una manera directa. La Guerra de Irak surge de forma esporádica en varios momentos y la relación queda más que marcada: los tiempos han cambiado, como Bob Dylan tuvo al final que concretar en una canción, cierto, pero aún queda algo que pasadas las décadas prevalece. La injusticia de la guerra, la necesidad de moverse, de hacer algo. Pero también el desencanto, como el de Dan, quien ha heredado de sus padres una ideología progresista (al menos como se puede entender en el contexto norteamericano) y es posible que incluso esa adicción a las drogas sea una manera, final y radical, de rebajar la desazón por un mundo que ya ve imposible de cambiar. Pero sigue intentándolo, al fin y al cabo, como profesor, no se detiene en la enumeración enciclopédica de acontecimientos pasados si no que intenta que sus alumnos logren ver en esos actos de protestas civiles una base para su presente y su futuro. Decirles que, a pesar de todo, aún se puede cambiar algo; pero para ello, hay que intentarlo al menos. Porque aunque desde determinados lugares se quiera homogeneizar qué es el mal y qué es el bien, o, quienes son los buenos y quienes los malos, la realidad, el desarrollo histórico lo ha ido dejando claro, es mucho más compleja que dos simples palabras que sirven para crear una memoria colectiva que, al final, acabe preguntándose demasiado poco sobre aquello que sucede a su alrededor.
Por eso Dan bien podría también ejemplificar la narcotización de gran parte de la sociedad, no sólo de la norteamericana, decidida a alejarse de la realidad para no tener que soportarla. Del mismo modo que Half Nelson puede acabar pasando inadvertida por no inscribirse dentro de un modo de hacer de cine demasiado actual a pesar de jugar con diferentes niveles (pero sin hacer alarde de ello) y mirando a un tipo de cine que parece no interesar ya demasiado, quizá porque se detiene en el presente y no carga sobre sus espaldas el deseo de traer el futuro del cine a nuestros días.