La búsqueda de la eterna juventud es uno de los temas más viejos del mundo. Perpetuar nuestra esencia a través del espacio y del tiempo, conseguir la inmortalidad de nuestro cuerpo, alcanzar un estado superior de virtud en el nuestra alma pueda sentirse plena y realizada. Son temas directamente entroncados con el espectro místico y religioso que se encuentra arraigado en todas y cada una de las culturas, ya sea cristiana, budista o maya.
En un tiempo como en el que nos ha tocado vivir en el que la mayoría de las películas se centran en el sustrato económico, en el aspecto materialista de nuestra sociedad, encontrar una historia como la que nos narra The Fountain, ya es de por sí una trasgresión a los parámetros globalizadores con los que se viene dando forma a la producción cinematográfica contemporánea en la que definitivamente se han perdido los valores esenciales del ser humano.
El director Darren Aronosfsky pretende recuperarlos en esta fábula tremendamente sencilla en su fondo pero excesiva y abigarrada en su forma que se encuentra configurada a partir de tres conceptos esenciales: el amor, la vida y la muerte y estructurada a través de un complejo sistema referencial de profundas resonancias tanto literarias como legendarias.
The Fontain es un libro cuyas páginas nos embarcan una aventura a través del tiempo y la percepción, un viaje hipnótico, deslumbrante y a la vez perturbador, misterioso y complejo por el que navegamos sin rumbo fijo, meciéndonos suavemente a través de una serie de historias complementarias que se contienen la una a la otra sin que sepamos discernir cuál de ella es la principal, porque todas se encuentran enredadas y confundidas como si fueran las raíces retorcidas de ese árbol erigido a modo de símbolo en cuya búsqueda infinita se embarca el personaje protagonista.

La alambicación del relato así como su barroquismo a nivel visual e iconográfico convierten a The Fountain en una obra magnética y perturbadora, en la que se funde la fantasía y la ciencia ficción y se reviste de misticismo y espiritualidad, casi otorgando a cada uno de estos parámetros un sentido radicalmente diferente que los elevan a una categoría mitológica.
Sin duda alguna nos encontramos ante el proyecto más ambicioso de Darren Aronosky, quien hasta el momento se había movido con soltura en el ámbito independiente gracias a dos pequeñas producciones, Pi. Fe en el caos (Pi, 1998), y Réquiem por un sueño (Requiem for a dream, 2000), películas tan inteligentes como irritantes (como también lo es The Fountain) y que nos revelaron a un director meticuloso y poseedor de un universo obsesivo muy particular. Y es que la obsesión, es precisamente el germen matricial de todo su sistema tanto argumental como formal. Los personajes de sus historias son individuos totalmente desconectados de la realidad que les rodea y que viven encerrados en sus propias neurosis existenciales. De la misma forma Aronosfky pretende plasmar estos estados maniáticos a través de una materialización narrativa repetitiva y recurrente, en la que las acciones se recrean una y otra vez en un bucle insistente e ilimitado cercano a la paranoia.
Eso conlleva quizás que el cine de Aronosky nos resulte incómodo y que en ocasiones planee sobre él la sombra de la pretenciosidad. Pero si en sus anteriores trabajos esos factores se encontraban reducidos por su carácter de producciones mínimas, aquí, todas las virtudes y defectos del director se encuentran elevadas a la máxima potencia. Eso hace de The Fountain un film tan fascinante como a la vez ridículo, ambicioso como al mismo tiempo ingenuo, que intenta explorar cuestiones insondables de la existencia humana y que termina por únicamente rascar en la superficie, desmesurado y desproporcionado pero también desafiante. Su condición de delirio en todos los sentidos (tanto en el plano visual como narrativo, sin contar con un desenlace que excede todos los límites de lo imaginable) lo acerca a un tipo de cine que en estos momentos muy poca gente asentada en la industria de Hollywood se atreve a hacer.
Aronofsky se interna en los límites de la creación abstracta, y ésta solo es aprehensible por los estados cognitivos más puramente sensoriales. Su cine, aunque geométrico y matemático en apariencia termina resultando más emocional que racional, pues son las sensaciones que nos incita el texto fílmico las que nos hacen construir mentalmente la historia a partir de interconexiones de carácter intuitivo. Frases que se reproducen una y otra vez, situaciones paralelas, elementos acumulativos y de sinécdoque, sinestésicos y en última instancia sinérgicos. Una orquestación sinfónica que pone a prueba la lógica y apela a la sublimación de las esencias instintivas de nuestro subconsciente.

Además de la contundencia de la imágenes, en este aspecto también influye decisivamente la construcción musical que realiza el compositor Clint Mansell, quien compone una columna sonora firme como una roca, repleta de texturas y matices que a veces nos acarician con su suavidad y otras nos arrastran con una violencia y oscuridad que casi nos transportan a los ecos del rock industrial de principios de los noventa.
Comentaba Aronosfky en su paso por el Festival de Sitges que "el planteamiento visual de la película es cruciforme", por lo que su estructura sería la de un crucifijo tridimensional. Tres direcciones que sintetizan pasado, presente, futuro, pero en el que también se integra la utopía, la imaginación, la realidad y la ficción dentro de la propia ficción. Diferentes planos que se intercambian, se cruzan y se entrecruzan (en la línea de Izo de Takashi Miike) en un film inabarcable repleto de capas que resuenan las unas en las otras. Puertas que se abren y se cierran tras nuestro paso, círculos, anillos que nos remiten a la idea de reencarnación, de infinitud, de compromiso al fin y al cabo con la persona amada a través del tiempo y de la historia.
Un film romántico y arrebatado sobre la imposibilidad del individuo de alcanzar la perfección y de su empeño por luchar contra la irreversibilidad de las barreras que impone la condición humana.