¿Qué me pasa, doctor? No se cuál es el motivo pero de un tiempo a esta parte las películas sólo me gustan a medias. Será que me vuelvo "snob", será que soy menos exigente. El problema básicamente es que sólo me gusta la primera mitad de la película. Sí, claro. Tal vez el problema no es que sea muy exigente con determinados productos sino que tolera inicialmente algunos con los que debería serlo más. Quizás hay una autoindulgencia por parte de demasiados directores o productores que llevan adelante proyectos de dudosa o compleja resolución. Me sucedió hace poco con Sunshine. Una propuesta modesta pero con ideas ingeniosas (la sala de ambientación terrestre) y visualmente atractiva (el movimiento de los paneles protectores, el salto de una a otra nave) que finalmente se ahoga en una mala imitación de Alien y un guión confuso.

Me sucede ahora con The fountain. La nueva propuesta de Darren "Pi" Aronofsky es un auténtico chute de mescalina o de peyote (con reminiscencias del Blueberry de Jan Kounen) que empieza con brillantez y fuerza y se acaba perdiendo en el marasmo más gratuito. Así, la historia del Doctor Creo (alias Capitán), cuya fe le lleva a perseverar en la búsqueda de un fármaco que cure el cáncer que padece su esposa, tiene bastante intensidad como para arrastrarte gran parte de la cinta. El dolor de Hugh Jackman ante una pérdida que parece inevitable, el cariño con que trata a Rachel Weisz (con escena en la bañera incluida, a semejanza de otra historia de amor fatal, El jardinero fiel), la ternura que Aronofsky logra transmitir en las escenas íntimas, bastan para interesar al espectador en esta trama de "medicina-ficción". Pero no bastan para Aronofsky que gusta de mezclar en tramas e imágenes la supuesta realidad cotidiana con la distorsión que provocan la locura o las drogas y que busca medicinas alternativas para sus películas. De aquí que crea, con leve pretexto argumental, una trama paralela en la que los dos personajes se trasladan al siglo XVI. En este entorno, el "Capitán" debe encontrar un Arbol de la Vida que permita a su reina librarse de la amenaza de la Inquisición. Hay, por otro lado, un tercer "espacio", absolutamente Moebius, en el que el Doctor Creo viaja por un meta universo, huyendo de las dos realidades previas, y tratando de conseguir su objetivo.

Hay pues numerosos puntos positivos en The fountain como para recomendarla. Su desarrollo visual, tanto en las escenas de la selva como en las mazmorras de la inquisición, son elaboradas, atractivas e inquietantes. El espacio mental es también de un diseño impecable. Lamentablemente, hay motivos para desanimarse a medida que la historia avanza y para ser moderado en las recomendaciones. La trama se pierde en una especie de anuncio de colonias o documental para la relajación de los espectadores, utilizando de modo repetido las mismas imágenes de un Capitán émulo de Buda, postura de loto, que flota en una burbuja a través de una mezcla de universo amniótico hacia la solución a sus males (y a los de su esposa).
El burlón resultado de la búsqueda del Capitán no encaja con las escenas previas y sólo su coherencia con una realidad que acaba, desoladoramente, por imponerse, redime la propuesta de Aronofsky. Otra vez será.