A pesar de poseer una filmografía con tan solo tres títulos en su haber (sin contar con su colaboración en el guión del film Below), nadie le puede negar a Aronofsky su merecido lugar en el olimpo de los creadores cinematográficos actuales. Lejos de ser el prototipo de cineasta fácil que sorprende con un despliegue visual tan atrayente como vacío, el director de Pi, entrega en cada largometraje, una obra única que encierra más de una lectura que invita a la reflexión interna de su traslado a las imágenes.
Saltado a la fama con la excelente Réquiem por un sueño, todo espectador que pretenda encontrar en la presente película una continuación de sus excesos (y justificados) visuales y su cortante estilo, mejor que no acuda a ver la película, y es que La fuente de la vida (horrenda traducción del original) es un paso más en una carrera que Aronofsky ha venido fomentando sobre la fragilidad del ser humano.

Ya fuera por la locura de Pi, o el descenso a los infiernos por parte de las drogas o por la cultura de televisión y pastillas en Réquiem por un sueño, esta vez es la muerte, o la imposibilidad de rebelarse contra ella la que cimenta el eje constructor de la película. Y como tal, Aronofsky la estructura reconstruyéndola a modo de experimento (el mismo experimento que pretende llevar a cabo el doctor Tom Creo para salvar a su mujer), que bascula en tres niveles-épocas distintas. La mejor baza de la película es que toda posibilidad en torno a la muerte se nos viene ejemplificada en tres posturas tan diferentes como reales, cada una expuesta en una época distinta, lo que anula la posible gratuidad que cualquier detractor puede encontrarle.
Mientras que por un lado, tenemos la visión actual, científica del doctor que se obsesiona con una cura que pueda salvar a su mujer, y que nos hace ser testigos del drama humano en todas sus vertientes, desde ambos puntos de vista, donde domina la impotencia, la obsesión, la rabia y el amor, la visión de la muerte más primitiva, más encarnada en una cuestión de fe, religión, dominación, mitología, coraje y valentía, la encontramos en el segmento de la España del siglo XVI donde el conquistador Tomás debe encontrar la fuente de la vida para salvar a su reina y a España del yugo de la inquisición, se convierte en la parte más oscura, más irracional, la parte de la mente donde una persona sigue el camino elegido a pesar de todos los impedimentos y trabas, aún a costa de su propia vida, olvidando incluso el porque de su búsqueda. Por último, encontramos la parte espiritual, onírica y respetuosa de la muerte que está protagonizada por Tommy, encerrado en una burbuja (él mismo) tratando de revivir a su amada, presa en un árbol, viajando destino a una nebulosa donde explotará para reencarnarse de nuevo a la vida.

Aronofsky consigue la mayor dificultad de todas, que no es otra que la de conjugar todos estos niveles perceptibles acerca de la muerte, separándolos claramente para que en su independencia, formen un todo coherente y riguroso que aporta a la película el nivel necesario de seriedad que un tema como este requiere. Apoyado en las esforzadas y excelentes interpretaciones de Hugh Jackman y Rachel Weisz, que interpretan los diferentes personajes en todos los niveles que interactúan en la película (Las épocas no es más que una etiqueta para clasificarlas), ayudan a hacer verosímil la conjunción sin chirriar de todos los estamentos distintos que el cineasta pretende abarcar. Aún siendo un drama bastante duro, el barniz mágico que desprenden las imágenes de Aronofsky, hace posible que el espectador entre dentro de esa espiral de la vida-muerte para dejar de lado el simple, (pero no absurdo, no confundamos) hilo argumental para dejarnos llevar por una película de sensaciones, de emociones, de intenciones donde el director combina a la perfección el contenido y el continente ya que, como demostró en sus anteriores películas, cuando la forma está al servicio del fondo, todo vale y la película adquiere entonces un sentido digno. En consecuencia, tanto la espléndida fotografía de Matthew Libatique, como los muy logrados efectos visuales (realizados a la antigua usanza, con retroproyecciones, transparencias y demás técnicas apartadas de la común infografía), y la atrayente banda sonora de su habitual compositor, Clint Mansell, logra dar a la película una sensación de unidad dentro del aparente caos y la pérdida momentánea de consciencia de lo que se está viendo por parte del espectador, para convertirse en una película que por suerte invita a la reflexión tras su visionado, y cuyas imágenes y sentido acompañan a uno días después de haberla visto. ¿Qué más se le puede pedir a un cineasta?