Octubre del 2006. La inquietud planea en el patio de butacas del Festival de Sitges. Quedan pocos minutos para la primera proyección en España de La fuente de la vida (The Fountain) y toda la prensa está preparada para lo peor. Aunque no lo queramos, las agrias críticas vertidas contra la cinta en Venecia nos obligan a ser cautos y a mirar con suspicacia el nuevo trabajo de Aronofsky. ¿Habrá perdido el rumbo el director de Réquiem por un sueño? ¿Habrán exagerado los aspectos negativos del filme los (generalmente conservadores) críticos de los grandes medios españoles?. Pronto descubrimos que ni una cosa ni la otra. Y es que La fuente de la vida resulta ser un absoluto salto al vacío sin red del cineasta norteamericano. Una obra llena de defectos y virtudes en la que Aronofsky se la juega hasta las últimas consecuencias. Es tal la osadía de su propuesta (de la que, desde mi punto de vista, sale vencedor) que se comprenden las airadas reacciones de muchos espectadores irritados. No es fácil entregarse del todo a éste ambicioso y desmesurado trabajo en el que la pirotécnia audiovisual y la pseudofilosofia oriental no deben cegarnos sobre lo que, en realidad, se nos quiere contar: una bella y eterna historia de amor.
La película parte de una premisa que, aparentemente, se aleja de las obsesiones que aparecían en los dos primeros trabajos de Aronofsky: Pi, fe en el caos y Réquiem por un sueño. Aquí no hay ni situaciones hiperrealistas ni personajes enfermizos. La fuente de la vida es una obra más pausada y liberadora, un filme de marcado carácter fantástico en el que la búsqueda de la eterna juventud condiciona la vida de un doctor contemporáneo, un astronauta del futuro y un conquistador español del siglo XVI. Tres personajes con un mismo rostro (el de un contenido y magnético Hugh Jackman) que, pese a sus esfuerzos contra las leyes de la naturaleza, no consiguen preservar lo que más desean: su amante Izzy (Rachel Weisz). Aronofsky, apoyado en una excelente fotografía y una adecuada banda sonora, consigue realizar una auténtica filigrana narrativa en la que las tres historias se entrelazan con naturalidad y senzillez, sin que se produzcan cambios bruscos.

El poder de las imágenes y los encuadres es suficiente para captar la atención del espectador sobre lo que sucede en la pantalla. Pero es la íntima y cuidada historia de amor entre el doctor Tom Creo y su frágil esposa la que consigue cautivarnos e interesarnos por el relato durante la primera mitad de la película. En estos primeros 45 minutos conocemos a un Aronofsky más maduro que nunca. Con ritmo elegante, sutil y sin concesiones a la audiencia, el director americano nos prepara para la desmesurada narración espacio-temporal que llegará después. La cercana muerte de Izzy (que padece un cáncer terminal) obsesionará al doctor que, en vez de estar con su mujer en sus últimos días, preferirá pasar las horas en su laboratorio buscando una cura imposible de encontrar. Incapaz de enfrentarse a sus miedos, Tom Creo desconectará de la realidad y soñará con un lugar en el que la vida eterna sea posible. Tanto en el mítico pasado de los mayas como en un lejano futuro de resonancias budistas, el protagonista luchará por su amada e intentará paliar los errores que ha cometido en su vida.
Aronofsky, fiel a la mente de su atormentado personaje, llevará la narración a terrenos inesperados. Asumiendo quizás más riesgos de los necesarios para contar una historia de amor, narrará una triple fábula que, por sus pretensiones y forzada épica, resultará ridícula por momentos. Y si bien muchos espectadores no aceptarán el juego del cineasta, muchos otros decidirán confiar en un pequeño relato en el que algo tan simple y complicado como el amor lo determina todo. Para los que decidan mantener la atención en la pantalla, esta segunda mitad del metraje resultará onírica y alucinógena. Cercana a la locura del Herzog de Aguirre, la cólera de Dios en la etapa de la selva y próxima a un videoclip de new age en la (menos lograda) etapa del futuro, el filme se convertirá en un pastiche posmoderno en el que —en contra de lo habitual— todo cuadrará en un explosivo y emotivo final.

Quizás, tras varios años, La fuente de la vida no será recordada como un película perfecta. Ni tan siquiera como una gran obra dentro de la carrera de Aronofsky. Pero es la viva prueba de la fe de un cineasta en sus ideas. El trabajo de un director que, tras múltiples batallas [1], ha conseguido realizar el filme que quería en un Hollywood cada vez menos preocupado por la honestidad y las buenas historias. Sólo por ello ya merece la pena visitar el cine. Aunque sólo sea para recordar que el riesgo y el talento no están reñidos con la comercialidad.
[1] La película debía rodarse en 2002 con Brad Pitt y Cate Blanchett como protagonistas. El proyecto se canceló por problemas con el guión y Aronofsky tuvo que cambiarlo y adaptarlo a las reducciones presupostarias con las que, finalmente, se pudo levantar el proyecto. Sin embargo, la obra final dista bastante de la que se había concebido originalmente.