Primero que nada, me siento obligado a hacer una advertencia al lector: nunca he entendido del todo de qué va esto de la Nouvelle Vague por mucho que haya leído sobre el tema (que tampoco ha sido tanto, lo reconozco) y por muchas películas que haya visto de sus principales estandartes. Es por ello que me disculpo por la superficialidad con la que voy a tratar el tema que nada tiene que ver con la visión de varios de mis compañeros, sin duda, infinitamente más versados que yo en este (muy discutible) período del cine europeo.
Como ya he expresado varias veces en esta misma revista, me aburren profundamente las teorías cinematográficas, sobretodo cuando no sé exactamente qué es lo que preconizan o qué es exactamente lo que quieren cambiar. Me parece que, más pronto que tarde, se precipitan hacia una especie de caos interno, fruto de sus propias ínfulas. A una indefinición que se da de bruces con la (aparentemente) diáfana exposición de sus preceptos iniciales. De las dos películas que dieron el pistoletazo de salida al movimiento allá por 1959 (Al final de la escapada de Godardy Los cuatrocientos golpes de Truffaut), sólo esta última se mantiene firme, soportando el paso del tiempo con verdadero aplomo.
Habré visto la cinta de Godard unas cuatro veces a lo largo de mi vida (un servidor tiene 29 años). La primera a los 15 en un pase televisivo. Siempre, en cada uno de estos visionados, he intentado hallar el porqué del mito, qué es lo que la gran mayoría de críticos ven en un conjunto de personajes insoportables, en una realización eminentemente “amateur”, en una narrativa torpe y desproporcionada... calificativos que, perfectamente, se pueden extender al resto de la filmografía de Godard. Asimismo, jamás he compartido la definición más común que se le otorga al film: “un soplo de aire fresco”. Un soplo de aire fresco, ¿en relación a qué?. ¿Al cine norteamericano que, por entonces, se encontraba en una cota verdaderamente excepcional?. Por citar solo unos cuantos ejemplos, de 1959 son Misión de audaces de Ford, Río Bravo de Hawks, Con faldas y a lo loco de Wilder o Con la muerte en los talones de Hitchcock. ¿Al cine francés, concretamente?. En este caso, la situación es más extraña todavía, con Jean Renoir (La comida sobre la hierba), Jacques Becker (rodando La evasión), Henri Georgés Clouzot (La vérité), René Clément (A pleno sol) o el gran referente de la Nouvelle Vague, Robert Bresson (Pickpocket) en activo y creando obras verdaderamente excepcionales. Sin duda pecaré de simplista, pero el conjunto de films que acabo de reseñar me parecen infinitamente más “frescos” que el de Godard.
Si, para entender la valía del film en todos sus parámetros, tendríamos que haber estado presentes en 1959 y habernos empapado de su heterodoxia (algo que he escuchado a varios críticos más que respetables) el caso, sin duda, es más grave de lo que ya pensaba: Al final de la escapada, al igual que todo el movimiento restante, ha quedado vieja desde el mismo momento en que vio la luz, precisamente porque no se puede asimilar en 2007. Porque es una pieza coyuntural cuyas presuntas virtudes se disuelven como un azucarillo en el discurrir del paso del tiempo. Que esta película marque un antes y un después dentro de la Historia del Cine, sólo se puede entender desde la no sujección a las reglas de producción dictadas por los grandes estudios, a un modelo de “autoría” que, desde entonces, ha sido propagado como la peste por los sectores más “snobs” de la cinematografía, relegando a un segundo término al film que, simple y llanamente, cuente una historia, en favor de los productos que propagan engorrosos mensaje o profundidades varias que tanto proliferaron a lo largo y ancho de los convulsos años sesenta.
Sin embargo, echando una leve mirada al panorama francés de la década prodigiosa, las premisas establecidas en 1959 fueron, poco tiempo después, casi únicamente seguidas por Godard. Truffaut (contradiciendo sus palabras en el célebre artículo Una cierta tendencia del cine francés) pronto se embarcó hacia un cine eminentemente literario y detalladamente construído; Resnais combinó la narrativa experimental con una puesta en escena compleja y depurada; Malle y Chabrol sí pertenecen al período cronológicamente, pero no conceptualmente (salvo esporádicas piezas del primero como Zazie en el metro)... sólo Godard y, en otros parámetros, Eric Rohmer han continuado (y, de hecho, continúan) fieles a unas maneras, ya desde hace muchos años, totalmente caducas.
Quizá, desde un prisma algo más enjuiciador y menos complaciente, cabría decir que por mucho que los ideólogos de la Nouvelle Vagueprofesaran admiración hacia Renoir, Hitchcock, Ford y compañía, son ellos precisamente los que se encargan de destruír un tipo de cine muy definido y concreto tanto en su país, Francia, como en la cinematografía dominante, la estadounidense, ofreciendo un espejismo de evolución en el lenguaje fílmico del que se hicieron eco gran parte de los restantes países europeos (el Free Cinema británico, la nueva ola checa), hasta confluír en la ruptura norteamericana de finales de los años sesenta y la destrucción del sistema de estudios. Pero, centrándonos más concretamente en Europa, el resultado de la aceptación de Al final de la escapada con todo lo que ello conlleva, ha conducido, simple y llanamente, a la pérdida de la identidad del cine europeo. No de golpe, pero sí paulatinamente.
En la actualidad, nos encontramos ante un tipo de cine despersonalizado y abocado a la inconcreción. Por una parte busca desesperadamente unas vinculaciones estético-narrativas con el cine norteamericano intentando lograr el impacto popular que, desde hace mucho tiempo, no logra totalmente. Por otra, intenta mantenerse dentro de los cánones que, de una forma u otra, dejaron establecidas las primerizas obras de la Nouvelle Vague. Un cine disperso, errático, que no sabe dónde va. Algo que, por lo visto, tampoco se sabía en 1959.