De alguna manera el cine europeo ha gozado de un prestigio poco discutido sobre su capacidad reflexiva, esto es: en la generalidad o vaguedad de las conceptualizaciones se lo asocia a un cine de autor en oposición a la dominante, excesiva e indiscriminada producción de la industria norteamericana. Lo cierto es que una definición de esta naturaleza requiere no sólo matices sino nuevas aristas por donde entrar a una temática demasiado polarizada y poco crítica. El cine europeo tiene tantas personalidades como países, regiones, directores, corrientes de donde provenga. En este artículo me propongo analizar esta mirada europea que se pretende autoreflexiva a través de la figura que algunos cineastas pilares del llamado “cine de autor” europeo: Michael Haneke, Lars Von Trier y los hermanos Luc y Pierre Dardenne construyen del otro, el otro como interlocutor, destinatario, personaje, el otro en tanto persona.
¿Cuál es el camino de la reflexión? ¿Hacia dónde mira Europa ahora? ¿Hacia la buena conciencia que requiere un espectador activo y cínico según el Caché de Haneke? ¿Hacia la reflexión existencial del buen burgués? ¿Hacia la siniestra fábula social del Dogville de Lars Von Trier? (aunque aquí el tratado de la venganza requiere un capítulo aparte).
Miedo latente y cercano al ajuste de cuentas que la vieja y reflexiva Europa no puede evitar. Hay una motivación similar en la mirada norteamericana sólo que desde el orden establecido se persiste en demonizar al otro, al desconocido, aquel que se puede sublevar contra el “bien”, al terrorista.
Hanecke relata la atmósfera de terror que vive una mala conciencia cuando se siente obsesivamente observada, pero previo a ser una “mala conciencia” el protagonista es un pater familia dentro de una confortable estructura social y económica. Un profesor de literatura, que la cámara acompaña en la reconstrucción de sus recuerdos. Haneke nos presenta un personaje atormentado (interpretado por Auteuil) de antemano; en su apacible vida late el peligro con el que el director juega y demuestra su habilidad narrativa. Desde el inicio del filme el espectador toma contacto con la noción de culpa que transitan los personajes, lo que se irá descubriendo a lo largo del relato es el “por qué” de la misma.
Los límites de esta paz aparente se desdibujan cuando salimos de la superficie y el otro, un otro desechado, se transforma en una temible amenaza.
En Dogville el recorrido también es premeditado, el espectador desconoce pero presiente una intención narrativa que funciona a modo de moraleja o metáfora, no sólo por la propuesta argumental de Lars Von Trier sino también por su puesta en escena, que es el mismo manifiesto del cine como artificio. El “otro” en Dogville es el reverso de la moneda, es un otro desconocido —no hay una ubicación social ni histórica que determine su relación, simplemente la no pertenencia— y como tal, su presencia amenaza. En una aldea cualquiera de los Estados Unidos, una comunidad vive serenamente en el cumplimiento de roles, cada miembro se define por su función, lo que a su vez determina sus caracteres y destinos, hasta que irrumpe una desconocida y la fábula cobra forma. Los tejidos sociales se desintegran y se descubre entonces, como la puesta en escena, que la imposición de valores y normas sociales tiene su origen en la crueldad humana.
Pero también hay quien mira al otro desde dentro, un “nacional”, como lo hacen los hermanos Dardenne que no llegan a establecer la causalidad entre ser burgués, conciliador, progresista y consumista y la subsiguiente necesidad de castigo. El otro de los Dardenne es un nosotros inclusivo, es quien existe no fuera de la dialéctica pobre/rico, pero sí, además de. Y quizás, ésta existencia per se (aunque la existencia en su dimensión analítica nunca sea per se) es lo que sitúa a los directores en una posición o mirada no moralizante sobre lo filmado, esto es, creando un espacio donde fluye su ser porque se les ha dejado respirar. Que de aquí en más sea necesaria una reflexión es otra cosa. Lo significativo es la posibilidad que los Dardenne le dan a sus personajes de ser personas, no vehículos de una ideología. En El niño (2005) hay una no conciencia de los valores morales ¿naturales?, que hacen que el protagonista venda a su hijo, que lo utilice como valor de intercambio. Sin embargo, pasar la frontera de la ley cultural de la paternidad, la frontera de lo posible, no es el límite a través del cual se construye la tragedia porque el relato se transforma desde dentro y no sólo se mide por las acciones y sus inevitables consecuencias. La transformación se da más bien como un proceso de maduración interna al film donde cada personaje vive la experiencia de vivir. No hay leyes causales porque no es un cine explicativo.
Lars Von Trier recurre a la deconstrucción del artificio cinematográfico como provocación y confrontación. Los actores parecen cuerpos intercambiables de una representación ya orquestada. Sin embargo, de ellos depende todo, y sí, el guión está armado, las acciones dispuestas, pero su interpretación es tanto o más importante por la abstracción del realismo que se logra a través de la desaparición de una diégesis naturalista. Este desenmascaramiento del cine como artificio es una aproximación a la primera condición de verdad: el reconocimiento de su imposibilidad, en este sentido Dogville funciona como territorio reflexivo, exige de sí mismo una reflexión.
Haneke juega cómodamente en el thriller para crear suspenso y seguir castigando a una burguesía ciega y apática de sus propios pasos. Pero la valorización de Hanecke de un “otro” simplemente porque es árabe (un otro cultural) es el reverso de la moneda de una sociedad que se pretende pluralista y no puede serlo, o es al menos una defensa premeditada que conlleva el buen juicio de lo políticamente correcto; ¿Y si el egoísmo o “crueldad” del niño francés están más relacionadas a su condición de niño que a su condición territorial: ser francés? ¿Será un mea culpa a los genes colonialistas? En este sentido la línea de causalidades que Hanecke plantea a través de la reconstrucción de la memoria se me hace forzada y pretenciosa.
Los Dardenne hasta ahora, se mueven en un territorio que deja espacio al acontecimiento, territorio que a través de lo oscuro deja entrever un mapa del caos para encontrar algo cercano a la verdad, aunque sea intangible como aquella que refiere a la verdad sobre la moral.
En cambio tanto en Haneke como en Lars Von Trier, hay un pesimismo intelectual que impregna sus películas de un desconsuelo inteligente. Este escepticismo preconcebido es el que aleja sus obras del presente y más allá de que sus temáticas sean profundamente actuales, es su arrogancia académica lo que se antepone a la vida del filme. Sus concepciones ideológicas cierran el sentido del relato porque el mismo se transforma en un vehículo y no en una experiencia discursiva. Este pesimismo afecta directamente a la relación que los autores establecen con “el otro”: ese “otro” al que han mirado, analizado, y, porque no, reivindicado, es otro siempre “desde fuera”. Y al mirar al otro desde fuera, es decir, desde la ideología, se lo convierte en un objeto preconcebido, en una categoría analítica, en un argumento del argumento. Su naturaleza es pesimista, más o menos correcta, más o menos progresista, más o menos cierta pero carece de vida y por tanto de esperanza. Y, el arte, en todas sus manifestaciones, no necesita ser un reproductor de “la buena conciencia”, un agitador cultural, para demostrarse como un alumno inteligente, el arte necesita hundirse en lo feo para descubrir la belleza, y la belleza para ver el caos, y muchas veces el territorio confuso y ambiguo de la vida es más optimista que la corrección política. Creo que tanto Caché como Dogville son excelentes películas pero su necesidad de mirar el bosque les impide el contacto con los árboles. Y, quizás, en otro apartado podríamos pensar si en el optimismo no hay más espacio para la trasgresión y la libertad de expresión, más espacio o un nuevo espacio, para la reflexión.