El origen del siglo XXI

Por José Havel

¿El cine futuro o el futuro del cine?

Allá por 1978 Jean-Luc Godard, en sustitución del fallecido Henri Langlois, impartió en América una serie de conferencias bajo el título unificador de Introduction à une véritable histoire du cinéma. La didáctica de Godard se basaba en mostrar fragmentos de sus propios filmes junto a los de otras películas de relevancia. Godard sabía que el perfeccionamiento de este método de enseñanza pasaba por la existencia de una manera de acometer una historia de la imagen con la imagen, a fin de poder contar visualmente la historia del cine.

De ese impulso nacieron sus Histoire(s) du cinéma, un difícilmente descriptible montaje audiovisual que suponía una historia tanto del cine como del siglo XX, donde las imágenes documentales de archivo histórico (de la II Guerra Mundial y de los campos de concentración, etc.) se entremezclaban con extractos de un amplio muestrario de filmes, todo ello acompañado a su vez con citas del acervo artístico occidental y una variada banda sonora.

Corolario sintético de esas Histoire(s) es el El origen del siglo XXI (2000), un trabajo encargado expresamente a Godard por la dirección del Festival de Cannes para la inauguración de su primera edición dentro del nuevo milenio. En 17 lúcidos minutos el cineasta francés vuelve a componer, mediante la técnica del collage, un apabullante puzzle (hecho de documentos de archivo, cine de ficción, pintura, música, palabras, efectos sonoros, rótulos y texturas cromáticas diversas) que resume la memoria histórica del siglo XX en sentido cronológicamente inverso.

Se trata de un recorrido por grandes hitos de la pasada centuria (guerras, revoluciones, genocidios, horrores varios), en un ejercicio de virtuosismo que confronta la atrocidad humana con el imaginario fílmico del que asimismo son tributarios los seres humanos de los últimos cien años, pues la memoria histórica del siglo XX es indisociable de la memoria cinematográfica..

Así, las imágenes de la Guerra de la antigua Yugoslavia, la Revolución rusa, la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, la Revolución comunista china, la contienda de Vietnam o la Guerra Fría, se entremezclan con pasajes de Hamlet (Laurence Olivier, 1948), El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), El profesor chiflado (Jerry Lewis, 1963), Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1959), Los olvidados (Luis Buñuel, 1950), La edad de oro (ídem, 1930), Le plaisir (Max Ophüls, 1952)… Todo para postular, matrimoniando el plano histórico con el cinematográfico, la centralidad del cine en la historia del siglo XX y del incipiente siglo XXI.

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Jean-Luc Godard, que condensa la Historia desde una perspectiva profundamente personal (L' origine du XXIe siècle, pour moi: El origen del siglo XXI, para mí) sin dejar de contar la Historia de todos nosotros, parece abogar por un humanismo en sentido global donde el cine sea consustancial con el mundo real y éste con aquél. Resulta innegable que el cine puede constituir, si se lo propone, un reflejo concreto de nuestro mundo, un testimonio fiel de nuestro tiempo.

Ya en 1967 Godard se lamentaba, en una entrevista con Philippe Pilard, de que el cine occidental estaba completamente aislado de la vida real, llegando a reconocer él mismo haber tardado bastante tiempo en darse cuenta de que, cuando creía afrontar la creación de una historia, lo hacía más al hilo del folklore cinematográfico que al de la realidad. A raíz de ese descubrimiento ha reclamado para el cine la aspiración a la identidad entre la ética y la estética: “la ética es la estética del futuro”.

Más allá de que pueda ser, entre otras cosas, un espectáculo, un entretenimiento popular, para los hombres y mujeres del siglo XXI, el cine no debe despreciar su potencial como herramienta histórico-social. Por eso, El origen del siglo XXI, después de más de cien años de historia del cine, replantea con la entrada en el nuevo milenio ciertas cosas sobre el llamado séptimo arte, como su reconquista de la realidad humana restaurando a las personas y sus vicisitudes en el centro de gravedad de la mirada cinematográfica.

Con esta joya de tan sólo 17 minutos Jean-Luc Godard nos recuerda que hay una cierta manera de entender el cine sustentada en el compromiso, es decir, en una actitud ética hacia el mundo y el hombre que, a su vez, nos recuerda nuestra propia responsabilidad moral para con ellos. Desde su motivación humanista, ese cine trata de implicarnos en las distintas realidades que nos rodean en lugar de evadirnos de ellas a través de gratificantes sueños colectivos, como sucede con la mayoría de la producción fílmica de carácter industrial. Se trata de un cine que no nos acaricia, aunque sí hace de nosotros seres humanos más completos y lúcidos, pues amplía nuestra visibilidad y acrecienta nuestro saber de la existencia.

Puede hacerse de este nuevo cine de compromiso el ámbito idóneo para una toma de conciencia de los múltiples niveles de realidad del mundo con una mirada frontal, límpida y con arrestos para llegar hasta donde los mass media no pueden —o no quieren— acercarse.

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 Y es que, por citar tan sólo tres ejemplos, si alguien desea saber algo medianamente decente sobre la realidad de la guerra de Chechenia, más le vale echar mano de un filme como Los tres estadios de la melancolía (2004), de Pirjo Honkasalo; si uno pretende informarse acerca de la verdadera situación de los palestinos frente al ejército israelí, mejor ver una película del tipo de Internacionales en Palestina (Alberto Arce y María Moreno, 2005); o si se pretende estar al cabo de cómo respira la “clase” trabajadora fuera de la burbuja occidental, lo más apropiado es recurrir a un título de la fiabilidad de Workingman’s death (Michael Glawogger, 2005).

Porque ese cine aspira a ser un veraz medio de reflexión sobre el modo en que la realidad y la historia se manifiestan y se transmiten, procurando afianzar nuestra conciencia de ellas por encima de estereotipos u olvidos interesados. De la mano de este libre compromiso fílmico, el séptimo arte se erige en una valiosa herramienta de observación social, en insobornable testigo de los tiempos que tocan vivir.

Tradicionalmente, de esa responsabilidad que El origen del siglo XXI demanda para el cine ha sido en buena medida partícipe la cinematografía europea, proclive a las veleidades autorales con ínfulas críticas. En términos generales, con todos los peligros de reduccionismo que pueda comportar una afirmación semejante,  en Europa ha sido siempre más acusada la tendencia hacia el cine de compromiso político y social.

Desde los años 30 del realismo renoiriano, que sembró las semillas del posterior Neorrealismo, y el auge del documentalismo ideológico o social, se puso en evidencia que existe siempre una realidad social de la que el cine debe dar cuenta; dándose a partir de los años 50 una serie de implicaciones político-sociales todavía más fuertes, que tendrán finalmente su reflejo en los denominados Nuevos Cines europeos.

Ahora que el mundo está cambiando de forma vertiginosa y el reto es intentar captar esa realidad, el cine necesita un lenguaje y una predisposición nuevas, pues a causa de la tormenta de nuevos estímulos aportados por los adelantos tecnológicos, se ha transformado su significado y la relación de la cámara con la realidad se ha vuelto más compleja. Por tanto, sólo resta comprobar a lo largo de las dos entregas de este dossier “Europa XXI” cuál es el estado de la cuestión con respecto al cine europeo actual; atisbar sus posibilidades de futuro; sopesar si está a la altura de las responsabilidades humanistas susceptibles de ser contraídas por él; analizar si hay lugar para la esperanza de cara a un mejor cine europeo que contribuya a hacer de nuestro mundo un lugar mejor, etc., etc. etc.