Ante un escenario complejo

Por Igor Aristegui

Los tratados de Roma, firmados el 25 de marzo de 1957, dieron el pistoletazo de salida a lo que hoy en día se conoce como la Unión Europea. En la actualidad, Europa atraviesa una crisis constitucional y política en la que se debate el modelo a seguir en los años venideros. En lo social, la crisis aparece igualmente profunda, y la creación de sociedades de carácter multicultural se antoja como un objetivo todavía poco factible.

En este sentido, la población europea "tradicional" asiste con temor y desconfianza al aumento de la inmigración procedente de países subdesarrollados o en vías de desarrollo. La amenaza del fracaso es latente, sobre todo tras acontecimientos como la revuelta registrada en las barriadas de diversas ciudades francesas, los atentados terroristas del 7-J en Londres, el asunto de las caricaturas de Mahoma en Francia y Dinamarca, el asesinato de Theo Van Gogh en los Países Bajos o la ley que regula el uso de símbolos religiosos en Francia. Estos sucesos no han hecho otra cosa más que aumentar las suspicacias entre comunidades.

Además de las cuestiones de cohesión social, las tradicionales relaciones de dependencia económica entre empresas y trabajadores también están registrando cambios profundos. Una de las más evidentes son los procesos de deslocalización que están afectando a los países europeos más desarrollados en beneficio de las economías de Europa del este o de países como China o India. Las empresas viajan por el mundo globalizado en busca del mejor postor, de aquel que ofrezca las condiciones económicas más competitivas a través de la cuales puedan maximizarse los beneficios por el supremo bien de los accionistas.

En un mundo en el que las limitaciones de entrada o salida quedan restringidas a los seres humanos, el capital viaja en clase business, haciendo las paradas oportunas para después de algún tiempo volver a embarcar a otro destino en el que se den las condiciones que antaño disfrutó en el lugar que abandona. Teóricamente, este proceso, que aparece como el mal absoluto, también ofrece sus ventajas, véase si no el caso de España, que, gracias a las ingentes inyecciones de los fondos de cohesión de la UE y de las inversiones de las grandes multinacionales, se ha situado entre las diez primeras economías del mundo.

El ciudadano medio europeo asiste con desconcierto a un cúmulo de situaciones que parecen haberle sobrepasado en muchos aspectos. Por poner un ejemplo, imaginemos la situación de una persona de clase obrera que se queda sin trabajo porque su empresa decide de repente emigrar a China, los compañeros de los niños en el colegio proceden de países extranjeros, su subsistencia económica depende de los ahorros invertidos en las acciones de una empresa que también deslocaliza, vota a la derecha para "poner orden" ante tanto caos y, al mismo tiempo, está endeudado hasta la asfixia para hacer frente a todos los pequeños caprichos en el pasado exclusivos de la burguesía. Lo dicho, un lío.

Antes esta situación, tres películas europeas de los últimos años, Rosetta (Jean Pierre y Luc Dardenne, 1999), estrenada en España a finales de 1999, Recursos humanos (Laurent Cantet, 1999), estrenada en España en 2000, y Caché (Michael Haneke, 2005), reflexionan sobre estos asuntos de manera diferente e indagan sobre las relaciones económicas, sociales y de identidad en la Europa de nuestros días. Asimismo, también demuestran la relación que establecen estos cineastas con la realidad circundante, y de cómo su toma de posición respecto a lo que presentan en pantalla puede abrir un debate en torno a la función política del cine y a las relaciones entre el emisor y el espectador.

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Los hermanos Dardenne lograron la Palma de Oro en el festival de Cannes en 1999 con Rosetta en un momento en el que el cine social europeo gozaba de gran prestigio. Parecía como si se hubiera extendido una fiebre por mostrar a personajes al límite de la precariedad social en las supuestamente boyantes sociedades acomodadas. Los directores belgas tocaron la fibra sensible de crítica y público, y se convirtieron sin solución de continuidad en “la próxima gran cosa”. Para lograrlo crearon el personaje de Rosetta, una adolescente a quien la vida no sonríe. Su madre es alcohólica y se prostituye, Rosetta quiere trabajar y la despiden, quiere encontrar un nuevo trabajo y no puede por no estar inscrita en las listas del paro, quiere apuntarse y no la dejan porque no haber trabajado anteriormente, las personas que la rodean la ignoran y siempre tratan de aprovecharse de ella, etc. Ante este cúmulo de desgracias, la protagonista intenta suicidarse supuestamente en la escena final de la película. Sin embargo, los Dardenne obligan a Rosetta a reencontrarse con la humanidad y a seguir adelante en una especie de redención bressoniana un poco impostada.

Los directores belgas hacían una propuesta formal y temática harto cuestionable al asfixiar a la protagonista cámara en mano y al enfrentarla con un infierno en vida que, aunque seguro que se corresponde con la realidad, obligaba al espectador a discurrir por un camino prefijado de antemano. De este modo, los hermanos Dardenne se erigían en una especia de voz de la conciencia de las clases marginales de las urbes europeas que aleccionaban a un público, burgués principalmente, sobre los males del mundo y sobre las penurias de los excluidos. Posteriormente, decidieron bajar un poco el ritmo con sus dos siguientes películas, El hijo (2002) y El niño (2005), en las que, pese a seguir ciertos procedimientos de manual, el tono “didáctico" de su cine dejaba paso a otras propuestas de mejor digestión tanto moral como cinematográficamente.

Si en el caso de los hermanos Dardenne, la “víctima” se encarna en Rosetta, en el caso de Caché, nos encontramos con Georges Laurent, interpretado por Daniel Auteuil, quien debe expiar la culpa colectiva de la clase burguesa por designio y capricho de Michael Haneke. El protagonista comienza a recibir cintas de vídeo y mensajes inquietantes que le hacen enfrentarse a su pasado, y, más en concreto, al momento en el que echó a una suerte de hermanastro de origen argelino, Majid, de la finca familiar a causa de envidias infantiles. A partir de esta anécdota argumental, Haneke establece todo un discurso en el que, pretendiendo ir de lo particular a lo colectivo, analiza algunas de las causas de la discriminación de los ciudadanos de origen árabe en la Francia secular y moderna de nuestros días.

Cuando Georges decide seguir la pista de las cintas de vídeo se reencuentra con Majid, quien le niega que sea el responsable de los envíos. Posteriormente, Majid solicita a Georges que acuda a su casa. Una vez allí, Majid se suicida rajándose el cuello, momento al que George asiste impertérrito. A través del relato, Haneke también ejerce de profeta y, al igual que los hermanos Dardenne, alecciona al público sobre el bien y el mal, repartiendo culpas cuán oráculo todopoderoso. Caché es discursiva y las reflexiones de Haneke sobre la recuperación de la memoria histórica, el comportamiento de los franceses respecto a la emigración de origen árabe, la discriminación histórica sufrida por estos ciudadanos, las consecuencias del cruel proceso colonizador europeo o la falsa realidad en la que está instalada la clase burguesa urbana europea se revelan como ecos del pasado, reminiscencias ajenas a un tiempo complejo en el que obras como Caché deberían juzgarse según criterios más amplios, profundos y realistas.

Ante dos películas como Caché y Rosetta, nos encontramos a Recursos humanos, una obra que gira sobre los mismos temas, no con grandilocuencias ni exhibicionismos de autoría, sino con humildad, seriedad y respeto hacia los espectadores. Franck es un joven que vuelve a su pueblo para realizar unas prácticas en la empresa en la que su padre lleva trabajando toda la vida. Desde el comienzo quedan claras las relaciones del protagonista con su padre, quien asume su condición de clase obrera con resignación y vergüenza. Franck ha seguido al pie de la letra lo que se esperaba de él. Ha cursado estudios superiores, es serio, formal y ha cumplido las expectativas de sus padres, quienes se han sacrificado toda su vida para ofrecer a su hijo lo que ellos no tuvieron, una formación que posibilite el ascenso social y económico.

A su llegada al pueblo, Franck asume esta pesada carga con naturalidad y actuando de la manera dictada. Se implica en la empresa trabajando para el departamento de recursos humanos y está dispuesto a afrontar el polémico debate sobre la ley de la jornada laboral de 35 horas con valentía y sin prejuicios. Sin embargo, pronto se ve envuelto en una serie de acontecimientos que le colocan en una situación delicada, tanto frente a su familia, a sus compañeros de trabajo, a sus amigos y a sus superiores. Exiliado en el propio pueblo que le ha visto crecer e incomprendido por todo su entorno, Franck decide rebelarse cuando descubre por accidente que está siendo utilizado por sus jefes y que todas sus iniciativas de participación popular de los trabajadores no sirven más que para ocultar el próximo despido de más de una decena de empleados, entre ellos su padre. En este momento, toma partido claramente por los compañeros afectados y encabeza las reivindicaciones que paralizan la actividad de la empresa.

Más que en la trama, que Cantet trata con cuidado sin caer especialmente en fáciles discursos pese lo delicado del asunto, el interés de Recursos humanos radica en la historia personal de Franck y de su interrelación con el mundo. Franck ha crecido viendo cómo sus padres se avergüenzan constantemente de su condición obrera, alabando incompresiblemente a un patrón a quien poco le importa el designio de sus trabajadores. Así, en el clímax de la película, Franck se enfrenta a su padre, ejemplo máximo de clase proletaria responsable e insensible a lo que sucede en su entorno, de modo directo reprochándole la vergüenza que le ha inculcado desde niño por pertenecer a la clase trabajadora. Es en este momento cuando Franck decide ajustar cuentas con su pasado y a la vez llamar a la acción a su padre de manera radical.

La película finaliza con el inicio de una huelga asumida por todos los trabajadores de la fábrica. De forma distendida celebran en cierto modo la solidaridad establecida y la toma de conciencia de todos los compañeros. Franck está sentado, mirando de lejos a su familia. Se le acerca Alain, un compañero de trabajo de raza negra con quien ha establecido una relación especial. Hablan sobre el futuro, sobre lo que harán a partir de ese momento. Franck dice que volverá a París. Alain, con quien comparte la diferencia dentro de una comunidad supuestamente homogénea, le anima diciéndole que hace bien, que se merece algo mejor, que su lugar no está en un sitio tan pequeño. Franck le responde "¿Y tú cuándo te vas? ¿Cuál es tu sitio?"

Final memorable mediante el cual el protagonista llama de nuevo a la acción a su compañero, tras haberlo hecho con su padre. Franck busca su lugar en el mundo, cuestionándose de dónde viene y a dónde va, aceptando sus orígenes, pero a la vez intentando reconciliarse con su pasado. En un momento como el actual, en el que las certezas están a punto de extinguirse, el personaje de Franck encarna la complejidad del mundo, toda una gama de grises que no acaban de conformar un tono único.