Hoy es 23 de septiembre de 2003. Una fecha como cualquier otra para casi todo el mundo. Yo, por ejemplo, no cumplo años; tampoco mi mujer ni mi hijo. Quizás mis vecinos, aunque esta mañana, cuando me crucé con ellos al ir a correr, juraría que no vi nada especial en sus rostros. Sólo se trata de una jornada más para la gente. Europa se ha desperezado para ir al trabajo y luego regresar a casa. Pocos serán los que recuerden este día. Sin embargo, habrá por lo menos una persona que no lo olvide jamás. Se trata de Lynda Bromwich. Vive en el 23 de la calle Mulkern Road, en Holloway, un distrito al norte de Londres. La vida de esta mujer no habría variado gran cosa de no haber sido la madre de Tony Bromwich, un hombre que hasta hace poco todo el mundo en su entorno creía que se llamaba Anthony Alexander King. Cuando él tenía apenas 19 años fue condenado a 10 años de prisión por abusar de al menos siete mujeres, a cinco de las cuales estranguló antes para que así perdiesen el conocimiento y no opusiesen resistencia. En 1991 le pusieron en libertad, después de haber cumplido cinco de los diez años de la condena inicial; y unas semanas más tarde volvió a la cárcel, esta vez por robo con intimidación (su víctima de nuevo había sido una mujer). Luego el tiempo se comprime y el rastro de Tony Bromwich parece perderse para siempre. ¿Seguía en la cárcel? ¿Estaba en libertad? ¿Se había conseguido reformar? ¿Era un hombre nuevo o seguía siendo en el fondo el mismo de costumbre? Todas esas preguntas se respondieron solas unos cuantos días atrás, en este país. Al parecer, Tony Bromwich había decidido iniciar una nueva vida en otro lugar, lejos, y para ello era necesario cambiar de nombre. Fue de ese modo como se convirtió en Anthony Alexander King. Comenzó a trabajar como camarero en las zonas costeras del sur de España. Nada pareció interponerse entre él y el futuro durante un tiempo. Era un hombre callado, retraído; parecía incapaz de hacerle daño a nadie. Practicaba el culturismo e incluso tenía novia. De pronto, no obstante, uno de los casos recientes de mayor impacto mediático, el asesinato de la joven de Coín Sonia Carabantes, dirigió la atención de los investigadores hacia él. Le detuvieron y no tardó en confesar el crimen, además de confesar otro de los crímenes más dolorosos y polémicos de los últimos años, el de Rocío Waninkhof, que había hecho sentar en el banquillo de los acusados a Dolores Vázquez, la cabeza de turco que exigían el furor popular y los medios de comunicación después de que se hallase el cadáver de la joven.
Tony Bromwich ha confesado sus crímenes y ha añadido algún delito más. Dolores Vázquez será liberada y alguien le enviará una carta pidiéndole disculpas; otra cosa es que a ella las disculpas a estas alturas le sirvan para algo. Pero el mundo sigue, no se para porque se hayan cometidos crímenes o injusticias. Lo importante es que un asesino ha dejado de acechar en la sombra, oculto bajo el disfraz de las personas normales, de ese galán que en plena verbena le sonríe a las jovencitas... Al fin Europa puede dormir. Por eso hoy será una jornada más para casi todo el mundo. Los trabajadores volverán a sus casas al terminar su jornada laboral, besarán a sus mujeres y a sus hijos, se sentarán delante del televisor o harán alguna chapuza en el cuarto de baño o en el salón e irán a la cama. Casi todo el mundo podrá conciliar el sueño, menos Tony Bromwich y su madre. Ayer mismo, Lynda Bromwich escribió un comunicado de prensa, tras enterarse de los crímenes cometidos por su hijo. Sólo quería que la dejasen en paz, con su dolor.

“Quiero decir lo siguiente: amo a mi hijo sin condiciones, hasta el día en que me muera. No me creo nada de lo que se está escribiendo; conozco muy bien las mentiras que se han contado. Nunca diré una sola palabra más a la prensa.”
No le dirá una sola palabra más a la prensa y posiblemente tampoco a Europa.
Lynda Bromwich ha cerrado las puertas de su casa para siempre. Según parece, le han aconsejado que se vaya de allí, por si alguno de sus vecinos tuviese ideas y quisiera hacerle daño, una posibilidad que no podrá descartar ya nunca. A su hijo los reclusos de la prisión donde le han encerrado de forma provisional ya le han condenado a muerte y es casi seguro que tarde o temprano cumplirán su palabra.
Sé que a primera vista esta historia no guarda relación con el libro que acabas de leer, querido lector. Puede, es cierto, que Lars von Trier jamás vaya a dirigir una versión cinematográfica y ni siquiera se preocupe por la suerte de la madre de Tony Gromwich, más cuando todo parece indicar que su trilogía de corazones de oro ha acabado. A pesar de todo eso, la trágica historia del asesino y la declaración de amor incondicional de su madre contienen, en mi opinión, la esencia del cine del director danés. Por un lado, desvela el lado más turbio y estancado de Europa, donde la mente es una intrincada red de alcantarillas y lo mejor es no pensar demasiado, para no perderse en ella; y por otro, exhibe el desgarramiento y la deriva que hoy sufre el amor y en general los sentimientos, en un mundo cada vez menos propenso a valorar el dolor y la entrega de nadie.
No sé de qué manera, ver cine europeo hoy en Europa es en muchos casos algo parecido a leer el periódico. Casi todas las películas me hacen sentir como si estuviese leyendo noticias que tienen una tenue relación conmigo, pues suceden a mi alrededor, aunque no me afectan directamente. Sin embargo, algunas películas de Lars von Trier tienen la rara cualidad de hacerme pensar en mí mismo, de hacerme ver de forma diferente Europa. Ya no veo una hilera de casas unifamiliares sobre la cual va a darse una visión de conjunto, sino que veo una hilera de casas y cada una de ellas tiene su puerta abierta, mostrando fragmentos de historias distintas. A mí me parece que el cine más universal, más importante, no es el que te ayuda a ver una visión de conjunto de nada ni de nadie, sino aquel que te incluye a ti, directa o indirectamente, en el cúmulo de sentimientos que te provoca una historia. Si tú también estás ahí, el cine es amplio y universal.
Después de tantos meses con Lars von Trier como compañero de viaje, compartiendo sueños y vigilias, sus películas se han convertido en recortes y fotografías de mi propia vida. Me he visto a mí mismo cuando cogí el tren que me llevó desde Vigo a Córdoba para hacer el Servicio Militar, entre un nutrido grupo de jóvenes que iban al mismo destino y que le dijeron adiós a sus familiares, a quienes vieron quedarse en el andén de la estación, sin acompañarles al incierto destino que nos aguardaba a todos. Vi el tren donde nos montamos Eva, mi mujer, y yo para ir de la parada de Cañaveral a Madrid, antes de coger el vuelo que luego nos llevaría a Londres, y la vi a ella llorando mientras nos alejábamos de la estación, donde se habían quedado sus padres con la mirada perdida, porque sabían que su hija ya nunca regresaría como la habían conocido, sería una persona distinta, más independiente y fría, menos sumisa. Vi morir a mi abuelo y a mi padre solos, el primero en plena calle y el segundo en una cama de hospital, incapaces de reconciliarse con el mundo contra el que habían luchado hasta entonces. Vi que la idea de Europa con la que me hicieron crecer murió para siempre; vi que también los sentimientos mueren; y vi que lo que nos espera a todos es sólo la posibilidad de hacer el daño que hemos sufrido, porque en eso parece consistir el mundo que nos aguarda, que no es otro que un reflejo de la sociedad norteamericana, a la que cada vez nos parecemos más.

Europa ya puede dormir una noche más. Tony Bromwich ha confesado sus crímenes. Un hogar más ha abierto sus puertas y hoy conocemos Europa un poco mejor. Quizás pronto vuelva a golpearnos otro crimen atroz. Quizás. Algunas personas seguirán pensando que la única solución siempre es arbitrar discursos ante los acontecimientos, oponer la razón a la sinrazón diaria; por eso lo único que harán será continuar dando opiniones o haciendo películas donde se pretende explicar el gran drama europeo. Otros, como Lars von Trier, se conformarán con desnudarse, para recordarle al mundo entero que existen, con sus ingenuidades y con sus tonterías, pero que existen al fin y al cabo. Mostrarán sus cuerpos porque es la única verdad que conocen, aunque no la entiendan y nos recordarán a todos que los discursos con los que cubrimos nuestras miserias no bastan para explicarnos, lo único que hacen es esconder nuestra materia humana bajo la apariencia de las ideas.
© Hilario J. Rodríguez. Fragmento del libro "Lars von Trier: El cine sin dogma". Ediciones JC Clementine; Madrid, 2003.