«Espero que en la historia del cine algún día se pueda explicar que se creó una factoría en Barcelona que consiguió revolucionar el género. Queremos poner en marcha un producto pensado para el público de todo el mundo». Con estas palabras daba el pistoletazo de salida oficial el presidente de Filmax Julio Fernández al proyecto Fantastic Factory. La filial nacía como proyecto personal del propio Fernández, un enamorado declarado del cine fantástico que vio en el género una magnífica oportunidad de combatir de tú a tú con las productoras más reconocidas a nivel mundial.
Fernández se valió de la ayuda de Brian Yuzna, un director recordado por los fans del fantástico más truculento por títulos como El dentista 1 y 2 o Society. En un principio, se dispuso un presupuesto global de tres mil millones de las antiguas pesetas —según apuntaba Nuria Cuadrado en El Mundo— para una primera remesa de siete producciones.
La filosofía de trabajo de Fantastic Factory descansaba sobre tres ejes fundamentales: rodar películas de cine fantástico de bajo costo dirigidas al mercado internacional; alternar directores reconocidos con nuevos talentos locales y hacer de Barcelona un centro neurálgico para este tipo de producciones.
Por lo que respecta a lo primero, los responsables de Filmax hilvanaron una política de distribución y comercialización al extranjero que les permitía colocar en todo el mundo películas de bajo coste. Mercados como el asiático, y notablemente el norteamericano, mostraron un interés inicial por las películas que provocó que muchas de ellas consiguieran amortizarse con facilidad. Para la Fantastic Factory fue muy importancia su presencia además en el mercado doméstico, comercializándose la mayoría de sus títulos directamente en DVD en muchos mercados. Los responsables de la compañía pretendían contrapesar este tipo de películas, de marcado espíritu de serie B en algunos casos y sin las pretensiones autorales que en ocasiones arruinan ese tipo de productos, con producciones con reparto de primer orden y extraordinaria promoción que se pudieran codear sin problemas en los primeros lugares de la taquilla con el resto de superproducciones de género. Darkness, de Jaume Balagueró, fue el ejemplo más claro de esta política.
En el fulgurante arranque de la Fantastic se echó mano de directores algo olvidados de los 80, como Jack Sholder o Stuart Gordon, profesionales con oficio a los que no les interesan tanto los resultados artísticos de sus películas, acostumbrados a rodar productos que en su mayoría se consumen en el mercado doméstico o en los festivales de cine fantástico y de terror, donde gozan de gran predicamento. Posteriormente, se añadieron a la lista directores españoles, que a la postre firmaron algunos de los mejores proyectos de la casa. No es de extrañar, porque mientras que Sholder, Gordon o el propio Yuzna están acostumbrados a realizar su trabajo sin implicarse emocionalmente en el proyecto, Plaza o De la Madrid hicieron lo posible por dignificar sus películas, por encima de presupuestos ajustados o discretas líneas argumentales. Y es que si hay algo que agradecerle a Fantastic Factory, aparte de su sano y casi suicida empeño de convertirse en una moderna Hammer y reverdecer los laureles del cine de género en España, es haber intentado convertido en una plataforma para los nuevos talentos en los apartados artístico y técnico. En este sentido, en Barcelona se concentraron algunos de los mejores profesionales, como Javier G. Salmones en el apartado fotografía o el reputado montador Luis de la Madrid, entre otros expertos en maquillaje o responsables de efectos especiales.
Como no podía ser de otra manera, la primera película con sello Fantastic Factory corrió a cargo del inclasificable Brian Yuzna. Faust. La venganza está en la sangre fue presentada en la edición 2000 del Festival de Sitges, donde recibió el premio a los Mejores efectos especiales. Faust está basada en un cómic, no demasiado conocido en España, dibujado por Tim Vigil y guionizado por David Quinn. La película narra la odisea de John Jaspers, que para salvar la vida de su prometida vende su alma al diablo sólo para descubrir que se verá obligado a encarnado en un monstruo de afiladas garras. Se trata de uno de esos personajes atormentados en la línea de Spawn que hace años tuvieron su éxito como recambio a los por entonces desgastados héroes de DC o Marvel.
Para llevar la propuesta a la pantalla Yuzna optó por una estética ochentera y marcada tendencia gore, lo que en absoluto me parece un error, puesto que el mismo Vigil fue impregnando progresivamente la serie con notables niveles de violencia y sexo. Lo malo es que hasta para hacer cine gore hay que tener talento, y no parece ser el caso de Yuzna, a cuyo lado, no siempre, Carlos Aured parece Spielberg.
Tampoco los efectos especiales y de maquillaje cuentan entre los aciertos de la película. Para recrear a Faust el español Poli Cantero optó por un diseño de serpiente musculada, algo que no convenció a Yuzna, que solicitó los servicios del reputado Screaming Mad George. Sin embargo, los resultados finales distan mucho de ser memorables.
La película, macarra, aburrida y previsible, está trufada de sonoridades de rock ratonero y fugaces escenas de lucha extraordinariamente mal coreografiadas, además de unas líneas de guión de las que te hacen mirar al suelo o hablar alto para tapar los diálogos cuando has invitado a alguien a casa ver la película. Eso sí, resulta curioso ver a Andrew Divoff (de la saga Wishmaster) como villano de la función.
Jack Sholder es un director que alcanzó un relativo éxito en los 80 gracias a obras como la interesante Hidden: lo oculto, para pasar posteriormente a realizar trabajos alimenticios para la televisión. De este anonimato le rescató Brian Yuzna para preguntarle si le interesaba encargarse de una película “sobre una araña gigante alienígena” (sic).
La mayor parte del presupuesto se lo llevó el diseño de la peluda protagonista. Se recurrió al experto en efectos especiales Steve Johnson (recordado por su trabajo en películas como Species), que diseñó un gigantesco animatronic de dos metros de envergadura. Lo cierto es que la apañada araña es el principal atractivo de este film cuyos interiores se rodaron en Barcelona y algunos exteriores en la selva mexicana de Catemaco.
Yuzna transmitió a Sholder la intención de realizar, literalmente, una película “más interesada en los espectadores que en arte”. Lo malo es que ni siquiera se trata de una entretenida producción de serie B para pasar una tarde de sábado. Más bien da la impresión de que, solventado el asunto de los efectos, Sholder hubiera descuidado todos los demás aspectos de la película. Arachnid padece de arritmia narrativa, cuenta con una realización sorprendentemente patosa en algunas secuencias y presenta unos personajes exageradamente unidimensionales. Desconozco si Sholder ha visto la estupenda Tarántula! de Jack Arnold. Quizá hubiera aprendido que de nada sirve utilizar como reclamo de una producción la presencia de un enorme monstruo si no se acompaña de una buena caligrafía cinematográfica. La película obtuvo una taquilla ostensiblemente menor que la ópera prima de Fantastic Factory.
La obra de H.P. Lovecraft se ha llevado al cine en numerosas ocasiones, habitualmente con discretos resultados. Y es que es difícil trasladar al celuloide el peculiar universo del escritor oriundo de Providence. Stuart Gordon, que ya lo había intentado en películas como Reanimator, probó de nuevo suerte con Dagon. La secta del mar, una libérrima adaptación del relato "La sombra sobre Insmouth”. A diferencia de otras películas de la Fantastic Factory, se trata de una película más de atmósferas y sugerencias que de puro efectismo gore (que también lo hay, y del más cutre; quien conozca la trayectoria de Gordon ya se puede ir haciendo a la idea). Está desarrollada en una localidad casi onírica a la que van a parar llamado Paul Marsh (Ezra Godden haciendo de Jeffrey Combs y Harold Lloyd) junto con su esposa (Raquel Meroño) y suegros. La joven desaparece y su novio emprenderá su búsqueda huyendo a su vez de los habitantes del pueblo, una suerte de hombres anfibios que adoran a Dagon, el señor de las profundidades. Para ello contará con la ayuda de Ezequiel, un Paco Rabal a quien en el último papel de su carrera despellejan vivo.
La película, que Gordon luchó por llevar al cine durante cerca de 20 años, hace aguas (nunca mejor dicho) en ocasiones cuando se enfrentan el sugerente universo lovecraftiano con la truculenta casquería del director. Y ello a pesar del esfuerzo del guionista Dennis Paoli, que se muestra especialmente hábil a la hora de adaptar el imaginario de Lovecraft a una Galicia tétrica y brumosa. Con todo, Dagon. La secta del mar destaca por numerosos aspectos, entre los que no son menores su tenebrismo viscoso tan caro a Lovecraft, la presencia de Macarena Gómez como inquietante sacerdotisa del dios marino o la evocadora banda sonora de Carles Cases, que consiguen equilibrar una película que se encuentra entre lo mejor de la Fantastic Factory.
Para la cuarta película de la Fantastic Factory, la filial de Filmax echó un auténtico órdago a grande, sin escatimar en gastos de producción. Darkness contó con un abultado presupuesto de 12 millones de euros y un reparto internacional de campanillas, con los nombres de Lena Olin, Anna Paquin o Giancarlo Giannini. Para dirigir esta historia de casa-encantada-que-encierra-un-terrible-misterio se apostó por Jaume Balagueró, que había cosechado un cierto éxito de crítica y público con Los sin nombre.
Darkness es una película que conecta con aquellas producciones de terror psicológico de los 70 que apelan a nuestros miedos atávicos para provocarnos desasosiego e inquietud. En cierta manera, nació como reacción a esa molesta manía de las producciones de nuevo cuño de recurrir a sustos fáciles o psicópatas con arma fálica en mano. En la película de Balagueró, la oscuridad es un personaje con entidad y vida propia, un elemento que nos paraliza de puro terror por nuestro temor a lo desconocido, a aquello que no podemos controlar ni entender. Balagueró opta por la sugerencia en lugar de mostrar explícitamente, una valiente e inteligente opción que se ve reforzada por la atmosférica banda sonora de Carles Cases. Sin embargo, este relativo clasicismo contrasta con un montaje demasiado epiléptico en ocasiones y una molesta recurrencia a los flash visuales a lo vídeo gótico para MTV. Por otra parte, Darkness es una producción que va de menos a más, como si los dos primeros tercios fueran una mera excusa para el gran final que sí, roza lo magnífico en ocasiones. Con Darkness Balagueró rubrica uno de los grandes momentos de la Fantastic Factory.
Herbert West: reanimador es un relato de terror en cinco capítulos escrito por H. P. Lovecraft en 1922 que sirvió de inspiración al director Stuart Gordon y el productor Brian Yuzna en 1985 para crear la cinta de terror de culto Re-Animator, tan querida por los fans del cine de género fantástico. La tercera entrega de la serie (tras la secuela La novia de Re-animator) sigue las andanzas de doctor Herber West, que continúa realizando en la cárcel sus turbios experimentos para reanimar a los muertos.
A la hora de encarar la tercera parte de la trilogía, Yuzna se planteó unir en las plateas a los fans de las dos películas anteriores con la nueva generación de chavales que comenzaron a disfrutar del cine de terror con Scream (Scream, 1996). Así, Beyond Re-animator incorpora elementos de puro slasher a los habituales ingredientes de la fórmula: gore, sexo gratuito y delirio psicotrónico. La película parece en ocasiones una versión desmelenada de Frankenstein y el monstruo del infierno (Frankenstein and the monster from hell, 1974), del maestro Fisher, aunque en realidad se trata de un producto ideado para disfrutar entre risotadas en el festival de cine fantástico de turno y poner de los nervios a la crítica oficial. “Un espanto: no tiene historia, no tiene actores solventes, no interesa lo más mínimo”, se lamentaba Mirito Torreiro en su reseña para El País.
Lo sorprendente de este descacharrante festín de despropósitos en el que todo resulta voluntariamente excesivo es que los valores de producción están sorprendentemente por encima de lo que cabría esperar.
Romasanta, la caza de la bestia está basada en la historia real de Manuel Blanco Romasanta, conocido como El Hombre Lobo de Allariz, un vendedor ambulante responsable del asesinato de varias mujeres en el siglo XIX. Se trata del segundo trabajo como director de Paco Plaza tras el Segundo Nombre y, aunque la película fue bastante maltratada en el momento de su estreno, lo cierto es que la labor que realiza es sorprendentemente solvente.
La película destaca por su fantástico trabajo de recreación de la Galicia del siglo XIX y un saludable empeño de hacer de las leyendas locales de la España oscura y profunda un tema de validez universal, si bien Plaza prefiere dejar de lado los elementos fantásticos para centrarse en la historia de amor imposible, en todos los sentidos, entre el protagonista (un Julian Sands malencarado que se hace verdaderamente antipático) y Bárbara (Elsa Pataky, muy justita), lo que acaba perjudicando el interés de una producción que en ciertos momentos adolece de una falta de definición genérica.
Romasanta cuenta con una estupenda fotografía y un correctodiseño de producción, aunque ofrece un guión irregular, que deja sin atar numerosos cabos, más por descuido que por volntad (¿cuál es la verdadera naturaleza de este Romasanta: hombre-lobo, psicópata o vulgar homicida?) y una estructura dramática un tanto caprichosa, además de una puesta escena efectista y un montaje quizá demasiado frenético en ocasiones. Para el recuerdo la extraordinaria conversión de lobo a hombre, con ese pelaje que se cae por efecto de la lluvia.
Rottweiler, de nuevo dirigida por Brian Yuzna, se vendió en su día con la zanahoria de adaptación-literaria-de-obra-de-calidad, en concreto de la novela El perro de Alberto Vázquez-Figueroa (que también participó en el guión), que por cierto ya conoció adaptación fílmica —dirigida en 1976 por Antonio Isasi-Isasmendi. La nueva versión está ambientada en un apocalíptico futuro en el que los inmigrantes que intentan pasar a España desde el continente africano son apresados y eliminados sin piedad. El protagonista de la función, Dante (sic), que es detenido tras intentar cruzar la frontera participando en un juego de rol, emprenderá la búsqueda de su novia Ula. Un cibernético rottweiler le pondrá las cosas difíciles.
Por si a alguien le quedaban dudas, la película no respeta en absoluto el material original, centrándose en el enfrentamiento entre hombre y can, dando como resultado un cruce de saldillo entre El diablo sobre ruedas y Terminator rodado en forma de pequeños episodios.
Se podría pasar por alto el apartado técnico (algunas escenas del ortopédico perro están calcadas sin más de la insulsa Terminator 2), si estuviera compensada por un buen hacer tras las cámaras, pero aquí Yuzna alcanza el nivel más bajo de su carrera, que ya es decir. Al filipino (que últimamente debería plantearse firmar sus obras como Alan Smithee) cabe achacarle una producción plana, planteada con un nulo sentido de ritmo y puntada por diálogos ridículamente pretenciosos y apuntes sociales metidos con calzador. Es tal el desaguisado que produce sonrojo ver como villano de la función a un Paul Naschy (¿cuando le van a dar un papel decente a este hombre?) que se esfuerza l que puede en dar la contrarréplica al pelanas de William Miller. Un desastre de película.
La monja nació como una broma privada en el seno de Fantastic Factory. En uno de los primeros teaser de Darkness aparecía el personaje de una monja reptando por la pared que causó sensación en Cannes. Ante las insistentes preguntas, Antonia Navas, jefa de Internacional de Filmax, aseguró que se trataba de un personaje que aparecería en una película de Fantastic más adelante. Posteriormente se encargó a Jaume Balagueró una sinopsis y un argumento y se confío para dirigir el proyecto en Luis de la Madrid, hábil montador de películas como El espinazo del diablo, Los sin nombre o Darkness.
Lo cierto es que poco podía hacer De la Madrid con el material que le vino dado, una suerte de slasher de ambientación gótica en el que una monja viene del más allá para cargarse a unas cuantas mujeres que reaccionaron contra sus brutales métodos cuando eran estudiantes. En La monja no se potencian los elementos locales, como en Romasanta, ni se adaptan originales literarios, sino que se copia al dedillo un género seguramente demasiado sobado con el objetivo de venderlo en los mercados internacionales; el resultado es una funcional concanetación de escenas mil veces vistas recorrida por un guión pavorosamente absurdo.
Eso sí, de La Madrid se resarce con ingeniosas soluciones visuales y buen trabajo de fotografía, que al menos dejan la sensación de que nos encontramos ante un director prometedor que seguramente dé mucho que hablar para bien en un futuro cercano.
La última producción oficial de Fantastic Factory, Bajo aguas tranquilas, se estrenó de tapadillo, con escasa información promocional y en poco más de una decena de salas. Sin duda, a esas alturas se trataba de la crónica de una muerte anunciada. Brian Yuzna, afirmó pasárselo muy bien en el rodaje de esta película basada en una novela de horror de Matthew Costello, pero debe haber sido el único, porque la película sólo se puede disfrutar con una cantidad considerable de alcohol en sangre o bien si uno es fan del delirio psicotrónico. Los habitantes de Deberia sufren desapariciones y muertes cuarenta años después de que se construyera una presa para inundar el pueblo maldito de Marinbad (sic). El mal ha vuelto.
En Bajo aguas tranquilas parece como si Yuzna se las hubiera ingeniado para agrupar todos los defectos que los numerosos detractores de la Fantastic se han empeñado en resaltar desde el principio: un guión execrable y lleno de tópicos del género, un doblaje lamentable, interpretaciones pasadas de vuelta como la de Manuel Manquiña o Pilar Soto, desnudos gratuitos y algunos de los cameos más surrealistas que uno recuerda, como el de David Meca; una película tan fallida que ni siquiera vale la pena hacer demasiada sangre.
Bajo aguas tranquilas supuso un más que amargo final para la aventura de la Fantastic Factory que, agobiada por problemas financieros y después de no renovar el contrato que le vinculaba Brian Yuzna, cerraba sus puertas tras nueve películas. Queda fuera de toda duda que es muy loable la casi suicida aventura de apostar por un género que habitualmente no ha sido muy bien tratado en España. Sin embargo, las mejores intenciones no bastan si los productos no están a la altura, y lo cierto es que en el seno de la compañía directores olvidados como Jack Sholder o el mismo Yuzna han rodado algunas de sus peores películas, sin ganas y sin interés. Quizá otro gallo hubiera cantado si en lugar de apostar por estas viejas glorias de los ochenta se hubiera dado más cancha a jóvenes directores españoles, porque lo cierto es que las mejores películas de la Fantastic Factory, como Romasanta y Darkness, cuentan con firma patria.
Dejando a un lado el trasfondo económico de la defunción de la factoría fantástica, el final de la productora quizá también supone un colleja para los defensores a ultranza del género fantástico que en más ocasiones de lo recomendable tratamos de hacer comulgar con ruedas de molino al público, bien por ciego fanatismo, bien por otro tipo de intereses. Se corre el riesgo así de ser demasiado indulgentes con algunas producciones que a todas luces deberían haber sido estrenadas directamente en vídeo. La historia de la Fantastic Factory, y es una verdadera lástima por el esfuerzo de tantos profesionales involucrados en el proyecto, es la de una oportunidad perdida.
(*) Se analizan exclusivamente las películas que se lanzaron bajo el paraguas del proyecto bendecido por Yuzna y Fernández, aunque posteriormente, la coletilla de Fantastic Factory se ha incorporado en otras producciones.