Podría escoger otros, pero también puede extenderse, en buena parte, a ellos —Jia Zhangke, Apichatpong Weerasethakul, los portugueses Manoel de Oliveira y Pedro Costa, Tsai Ming-liang, Wong Kar-wai, Hou Hsiao-hsien, Hong Sang-soo, Kawase Naomi, Suwa Nabuhirō, Edward Yang, Cherd Songsri, Michael O’Hara, Claire Denis, Noémie Lvovsky, Danièle Dubroux, Chantal Akerman, Jean-Claude Brisseau, Víctor Erice, José Luis Guerín, Arnaud Desplechin, Jean-Pierre Denis, Pascale Ferran, Paul Vecchiali, Éric Rohmer, Jacques Rivette, Raoul Ruiz, Arnaud Des Pallières, Pascal Bonitzer, Leos Carax, Otar Ioseliani, Alieksandr Sokurov, Šarūnas Bartas, Kore-eda Hirazuki, Kitano Takeshi, Mercedes Álvarez, Felipe Vega, Albert Serra, Isaki Lacuesta, Jem Cohen, Michael Glawogger, vamos, casi todos los cineastas que me interesan mucho en la actualidad, cada cual a su manera—, lo que me propongo decir con respecto a los que considero más ejemplares, es decir, más claros como ejemplos y más extremados (es decir, no “extremistas”, sino simplemente que han llegado más lejos, ampliando el terreno del cine, haciendo retroceder la cerca artificial que lo limita, escapando de ese corralito en el que tan a gusto algunos se confinan cómodamente de por vida). Son, obviamente, los dos guías del cine como permanente aventura de la inteligencia: Jean-Luc Godard (desde 1959), y la pareja formada por Danièle Huillet & Jean-Marie Straub (desde 1963 a 2006), aunque también se pudiera haber añadido, de seguir con vida, el cineasta que en muchos aspectos les sirvió a ambos de modelo, Robert Bresson (en este caso, desde 1943 hasta 1984).

El primer paralelismo que cabe señalar entre estos últimos cineastas es que son (o fueron siempre, los ya muertos) libres. Hacen lo que les viene en gana y les apetece, cuando sea y con los medios que consiguen, sin que su escasez ni la previsible falta de ingresos les arredre palpablemente. Aunque no hayan hecho voto de pobreza, no hacen cine para vivir bien, ser ricos y famosos o darse aires. Tan poco obedientes cineastas, reacios a ser capataces o empleados “estrella” de los productores, son considerados por estos y sus subordinados y socios como un mal ejemplo, pues fomentan —bien poco, por desgracia— la insumisión y la indisciplina. De ahí que, en una permanente campaña de descrédito y erradicación, se les reproche elitismo, cripticismo, orgullo, pretensiones intelectuales, esteticismo y otras lindezas: hay un amplio arsenal de probada eficacia dentro del que pueden elegir con aparente libertad los lacayos o cómplices del poder económico. Pero como importa que no cunda el ejemplo, y hay que asegurarse de que ni por casualidad pudieran esas obras anómalas ser rentables o pervertir a los jóvenes espectadores aún no habituados totalmente a las convenciones hacia los terrenos llenos de incertidumbre de lo imprevisible y lo incontrolable, pronto se pasa —sobre todo si el independiente es remiso, no dobla la cerviz, y persiste en el empeño— al empleo de argumentos más contundentemente disuasorios. Por si tal tipo de películas pudieran interesar o gustar —imagínense que encontrasen seguidores, un público fiel y leal, que prefiriese a los intrusos que a los “profesionales”— hay que atajar el mal de raíz, preventivamente (no vayan a creer que Bush, Jr. inventó ni siquiera eso) y alejar del peligro de contagio a los espectadores. Nada para ello más eficaz que —con diferentes grados de sutileza, a veces con fingida pena, otras con insultante agresividad— acusar a esos cineastas de “aburridos” (plastas, muermos, somníferos, según el medio y el público al que preferentemente prediquen) o insinuar que son “lentos” ellos y largas sus películas, sin siquiera necesidad de quejarse de su “calidad” de artistas —meramente se insinúa que son inexpertos o están mal aconsejados, los pobres— sino de sus películas, que quizá no lo sean realmente, pero “resultan” o “se hacen” (muy impersonalmente) pesadas, huecas, incomprensibles o difíciles, ya que carecen de trama y hasta de personajes. Da lo mismo que las películas sean (como suelen, en los tres casos mencionados como ejemplares) habitualmente más breves de lo normal o “standard” en el cine comercial de cada época, incluso, a veces, excepcionalmente cortas: eso brinda la ocasión de ese adversativo criminal: “Pese a su brevedad, la película se eterniza”, bien porque no tienen nada que contar, bien porque no se entiende y mientras el espectador se sume en la confusión y la perplejidad, buscándole denodada (y fatigosamente) un sentido, el argumento, la trama, la peripecia no avanzan, o no queda claro ni está expresado con fuerza y contundencia ningún tema “de actualidad” que pueda resumirse en unos titulares de periódico, y por último, para colmo de males, los personajes de ficción no se definen ni explican, no dicen cómo son, y no dejan claras e inequívocas cuáles son sus ideas y creencias, qué quieren o a quién aman o detestan.
Curiosamente, a fuerza de repetirse con constancia goebbeliana, estas falacias o mitos acaban por hacer mella hasta en algunos de los admiradores de esos cineastas, que admiten acomplejados que es cierto que ellos son muy raros, y que lo lógico es que a la gente corriente, normal, a la mayoría no neurótica que va al cine a entretenerse y pasar un buen rato, a descansar y comer palomitas, tales exotismos les aburran, cuando no les amargan el día.

Bueno, puestos a ser raros, digamos de verdad y sin complejos lo que pensamos. Si no tenemos remedio, y además no queremos tenerlo, no nos avergoncemos de nuestros gustos, no creamos necesitar un tratamiento rehabilitador a lo “A Clockwork Orange” (de Anthony Burgess más que de Stanley Kubrick) para “normalizarnos” de vuelta al redil. A mí, fíjense Uds., son Spielberg y Lucas los que (no siempre, a veces) me parecen lentos. Además, creo que no ponen mucha fe en lo que cuentan ni en cómo lo consiguen, por qué vías, a qué coste. Y no es que “no me parezcan tan aburridos” estos otros, los Godard y compañía (escasa y menguante compañía, ciertamente, con muchas bajas prematuras y no pocos abandonos y traiciones), es que los encuentro verdaderamente apasionantes, emocionantes, deslumbrantes y fulgurantes.