No me atrevo a pensar en un cine europeo. El cine norteamericano por fortuna, se disgrega en función de sus autores y se multiplica la variedad de las propuestas. El cine asiático, pese a sus constantes, está lejos de la homogeneidad. Son, quizás, las culturas de origen que agrupan las filmografías, cuando se las mira de lejos.
Pero, aun mirando con lupa la filmografía europea de finales del siglo pasado y de este XXI, la característica principal es la dispersión. Una dispersión que afecta tanto a los argumentos como a la producción y a la esencia misma de las cintas.
¿Es Can Tunis un documental clásico que recoge la decadencia y muerte de un barrio marginal? ¿O es la ficcionalización de una historia real con actores amateur? ¿Era En construcción un documental? ¿Y que es Grizzly man?¿Docu ficción? ¿Ficcionalización? La tecnología digital permite introducir la mirada en pequeños espacios y en espacios ocultos permitiendo no sólo mirar lo privado sino reelaborarlo para la exhibición pública. El cine europeo viaja de la narración a la reelaboración. O a la fabulación.
Pero, quizás como reflejo de dispersión, quizás como explicación de la misma, la característica del cine europeo del siglo XXI que más querría destacar, es la heterogeneidad inherente a sus propuestas industriales y artísticas. Propuestas atravesadas, especialmente, en las más comprometidas, por un halo de nomadismo.
Hay un nomadismo argumental. El nomadismo del Quijote en Honor de Cavallería, un delirante vagabundeo físico que se corresponde con una búsqueda moral. El nomadismo de la pequeña Kitty, nómada de un sexo a otro y de una a otra ciudad, buscando la felicidad en un Desayuno en Plutón. O el nomadismo japonés que lleva a una aprendiz de flamenco hasta el confín del continente en La leyenda del tiempo. Con la excepción de veteranos nómadas como Neil Jordan, Werner Herzog o Godard, los grandes autores consolidados en el siglo XX como Loach, Leigh, Hanneke o los Dardenne mantienen inmóviles sus motivos y sus puntos de atención, en tanto que, autores más jóvenes como Assayas (Clean, Demonlover), Medem (Lucía y el sexo), Moretti (Caro diario, La stanza del figlio), Winterbottom (In this World, Road to Guantánamo, Code 46) basan su argumento y su argumentación en el desplazamiento, el viaje, el extrañamiento…No es, sin embargo, un viaje prolongado hacia un país lejano. Lo imprescindible es el alejamiento del hogar, la búsqueda de un nuevo punto de vista. Una apuesta por una nueva mirada que puede derivar en un cambio de vida radical, aun cuando no sea necesariamente un cambio positivo, como se observa en dos películas italianas de 2004, Le conseguenze dell’amore y La spettatrice. Una apuesta tan insólita como la de un turista alemán llamado Wenders que va retratando la sociedad del amigo americano, como la de un viajero llamado Herzog que se adentra en los rincones del mundo y del alma humanas. La de un analista moral llamado Von Trier que se permite diseccionar unos Estados Unidos a los que nunca ha acudido.
¿Se trata de n fenómeno espontáneo? Si, en parte. Los argumentos y las producciones no tienen un origen común. Y no hay, por otro lado, una homogeneidad de pensamiento ni de creación en esta “unión” europea que se antoja más arbitraria que real. Sin embargo, el nomadismo no es sólo centrífugo, es centrípeto. Millones de nómadas han acudido hasta Europa desde los distintos puntos del planeta. Es este punto de vista que hemos heredado. La mirada de los paquistaníes que luchan por sobrevivir en su camino a la Tierra Prometida, las miradas de la segunda generación de turcos que se desgarran Contra la pared como en la cinta de Fatih Akin, miradas de africanos que lucharon en las filas del ejército francés en diversas guerras (Days of glory)…Y el futuro será, es, globalizado. No es casual que en el mundo de Código 46 las fronteras dependan del bolsillo y no de los kilómetros ni que la mezcla étnica esté presente a lo largo y ancho del planeta ni, mucho menos, que Shanghai luzca una imagen más moderna y occidentalizada que las calles inglesas de la dictadura postglobalizada retratada en Children of men.
Hay, finalmente, otra expresión de esta globalización, de tantos caminos cruzados. Más allá de los indigestos europudding, hay una serie de apasionantes apuestas inversoras en la producción. También en ambos sentidos. Centrífugo, como se viene haciendo desde hace años. Hacia Iberoamérica por parte española, hacia Asia e Irán por parte francesa. Una inversión centrípeta, al crear nuevas combinaciones y nuevos puntos de vista. Entre ellas la excelente y odiada Una historia hablada, de Oliveira, fábula metafórica sobre una Europa envejecida y condenada a muerte, con actores de diversos países y producida por otro nómada, Paolo Branco, portugués aliado con la industria francesa que ha lanzado varios de los más interesantes productos de final de siglo. Por otro lado, la no menos excelente Una pareja perfecta, producción europea dirigida por el japonés Nobuhiro Suwa e interpretada por actores italianos. Al fin y al cabo, la globalización tiene una mirada propia que puede ser aleccionadora para industria, autores y público.