La cuarta edición del, a día de hoy, más completo festival de la capital española (y en el terreno que acoge, el género documental, de todo el territorio nacional), repitió una programación en mosaico que congregó multitud de opciones y propuestas, tanto en las secciones oficiales como en las informativas. Fueron nueve días con una parrilla apasionante, pero extenuante si había que dar cuenta de los estrenos de las secciones oficiales, si se optaba por seguir alguna de las ofertas adicionales o, sobretodo, en el caso de plantearse acudir a aquello que a priori resultaba interesante independientemente de en qué ciclo está incluído o en que lugar se proyecta. Esto es un buen indicativo de la ingente cantidad de títulos que componen Documenta, y por tanto del extenso espectro que cubre, sin embargo, las distancias entre sedes, relativamente cortas pero no por ello menos terribles (a veces Madrid es una ciudad demasiado agobiante en ocasiones y uno acaba dudando que se trate de ese camino al cielo que reza un famoso eslogan de la ciudad), pueden poner a prueba el aguante del aficionado más entusiaste e incluso del crítico más profesional. Es la ironía o paradoja que acompaña a un festival espléndido y abrumador en su despligue. Hasta ahora solamente hemos referido aspectos cuantitativos, sin mencionar si quiera las actividades paralelas como las mesas redondas o las clases magistrales, que incrementan los números considerablemente. Una valoración cualitativa nos llevaría a hablar en los mismos términos ya que se vieron, en todas las secciones y ciclos, películas brillantes, destacando un buen nivel global; de hecho obtuvimos, en más de una ocasión, una demostración empírica de esto al repartirnos sin premeditación, entre todos los compañeros y amgios de la revista que nos congregamos o coincidmos durante el festival, el acceso a films que justificaron el esfuerzo y nos congraciaban con el cine.
Miradas de Cine tuvo presencia activa ya desde los prolegómenos: el festival contaba como miembro del jurado con el director de esta revista, José David Cáceres, además de una larga lista de colaboradores que se repartían entre las cervezas de La Salsería, los cafés del Jamaica, la visita ocasional al VIPS (todos con nuestros ejemplares de Cahiers en la mano, por supuesto) y las comidas y cenas en el oriental de la esquina. Un mundo reducido por unos días a la Plaza de los Cubos y sus alrededores, donde cine y documental se daban la mano con una fuerza que hace dudar que nadie los pueda separar en los próximos años. Quizá lo que necesita una ciudad que ha de aspirar a ser referente cinéfilo dada la gran cantidad de profesionales, aspirantes, aficionados y cinéfilos que suelen poblar las salas cada vez que un evento de esta magnitud se celebra. Por segundo año consecutivo, estuvimos al pie del cañón para aportar nuestro modesto granito de arena.
A veces sólo hay que meter la cámara un poco más dentro de la realidad cotidiana para conseguir el mejor filme de ciencia ficción. En literatura lo entendieron muy bien Dick y Bradbury, por poner dos ejemplos diferentes pero parejos. El debutante Manuel Jiménez Núñez lo lleva a la práctica entregándose con fervor a la ardua y comprometida tarea de retratar el fervor religioso atávico, desmedido y abisal que podemos encontrar en los símbolos que nos rodean y nos dan sentido. Un recorrido surrealista por tradiciones, pensamientos y palabras que si las expresaran gente de otro color empezaríamos a pensar en ponernos a salvo. El jurado vio todo esto (y supongo que un poco más) y decidió dar el primer premio a este extraño viaje, naturalista y desnaturalizado al mismo tiempo, por los largos e inabarcables pasillos de nuestra propia casa. Da miedo porque es un documental. Y eso ya es un punto positivo a su favor en un festival de esta índole.
Dicen que uno no es de donde nace sino donde pace, que el de Bilbao nace donde le da la gana, que la verdadera patria es en aquella en la que uno se enamora y no se cuántas cosas más. En AsturiasUS vemos que todo esto es verdad y al mismo tiempo mentira. Porque las raíces a veces están más cerca de los frutos que de la propia tierra y los nacionalismos son un divertimento idiota para los que no tienen otro pasatiempo. Luis Argeo nos toma de la mano de la modestia y la humildad y nos lleva a conocer a gente humilde y modesta que no esperaban salir en una película. Y eso mola porque si el documental tiende a la quimera de la no ficción, AsturiasUS demuestra que la no ficción no es fruto de lo improvisado (porque improvisar es hacer algo desde la subjetividad más desaforada) sino del estudio concienzudo de las propias estructuras del documental. Y Argeo consigue comunicar el pálpito y el olor de Asturias en el corazón de los EEUU. Y eso es mucho, que no es poco.
Partamos de que todo filme es necesario por alguna razón (menos el remake de Van Sant de Psycho, por supuesto.) Esa razón se nos puede escapar o puede hallarse patente desde el minuto 1 hasta el pitido final. Éste es el caso del documental del trío mexicano Erenberg/Imperiale/ Roque, una de esas aproximaciones "necesarias" a la historia actual y a las trampas y el cartón del Poder (así con mayúsculas) contra el pueblo (con minúsculas, claro.) Aquí es Ricardo Miguel Cavallo, uno de esos hijos de puta que suelen morir habitualmente en la cama, el protagonista de esta parábola sobre la impunidad y sus secuaces, sobre las dictaduras oficiales y oficiosas, sobre la colaboración entre los malos y la desprotección de los demás. Aunque está realizado con notables ganas, le perjudica ese punto de "ya visto" demasiado presente en cada fotograma por su utilización de recursos demasiados transitados ya y que sólo abundan en lo reiterativo de su discurso.
Nos encontramos ante un puzzle sobre la maravillosa capacidad del ser humano para componer historias dirigidas a entretener, formar y divertir a otros seres humanos. Sobre la imaginación, el ingenio y la gracia. Pero es paradójico que queriendo hablar de esto salga un producto bastante desprovisto de esos tres factores que subliman la palabra a categoría de literatura. De cine, en este caso. Se agradece el esfuerzo y el colorido, la idea original y las ganas de hacer algo diferente, pero hay demasiado distancia entre lo que se quiere y lo que se consigue, entre algunos narradores y otros, entre lo que se cuenta y lo que nosotros escuchamos. Explicar lo que diferencia a un buen contador de historias de otro es cuento largo. Tan largo como éste.
Uno de los encantos del mundo documental es poder conocer a personas que de otra forma nunca nos serían desveladas. Pasaba hace poco con el documental de Antoni P. Canet Las alas de la vida y el doctor Carlos Cristos y sucede ahora con Carmen Sánchez y este documental de David Moncasí. Y es de agradecer la posibilidad de acceso a un personaje que nunca nos creeríamos si estuviera integrado dentro de una película de las llamada normales. Pero también sería de agradecer un tratamiento menos televisivo, un empaque visual más arriesgado (en consonancia con la protagonista), un ritmo menos cansino y una puesta en escena más elaborada. Aunque la película va de menos a más su 76 minutos se hacen demasiados para una historia que deambula dentro de unos parámetros bastante restringidos.
Interesante, aunque demasiado largo y deslavazado, recorrido por la tramoya del famoso, incipiente y rentable nuevo cine indio. Un camino que se aleja del oropel habitual y paradigmático bollywoodiense para acercarnos a la cara más amarga de su propio andamiaje: la censura, la negación de la realidad social y el escapismo como tema único, troncal y obligatorio. Una propuesta que nos da a conocer las opiniones de directores, productores y actores emblemáticos aunque nos deja huérfano de su conocimiento al ocultar su nombre hasta los títulos de crédito finales. Lo que cuenta es interesante pero por una cosa (demasiadas caras de los que nada conocemos) o por otra (repetitivas bajadas rutinarias hacia la cruel realidad) la película no acaba de conectar con un espectador abrumado por la ingente cantidad de datos.
Premiada por el público y una de las películas más apreciables de este festival. Un alegato sincero y sencillo sobre la lucha obrera que no ahorra ni se sobra, ni miente ni lo intenta. Un relato que abunda sobre la dignidad y sobre el precio que ponen los que le ponen precio a todo y a todos. La lucha por la dignidad de seguir teniendo dignidad, de seguir pudiendo mirar a la cámara como la miraban aquellos grandes hombres y mujeres de la Numax del gran Jordá. La dignidad y el orgullo de ser protagonista de una historia de lucha y un documental cojonudo. Recomendable para pequeños burgueses con ganas de trascender (creo que no tengo que dar nombres ni de los españoles ni de los que no lo son).
Realmente no sé que pintaba un programa de televisión dentro de un festival de cine. Si desde un certamen como éste no sé le guarda respeto a este género nadie se lo guardará.
Bienintencionado, interesante, desinteresado e inacabable trabajo de Joan López Lloret, un descorazonador viaje por las entrañas de la Centroamérica más convulsa y enferma por su propia situación geográfica. Más de una hora y media y ciertos tics televisivos hacen que, al mismo tiempo que la utopía se resquebraja y nosotros volvemos a dejar de creer en el mundo, vayamos mirando el reloj como si nuestro tiempo se acabase. De todas formas, su visionado es recomendable porque aporta datos de esos que el periodismo independiente y comprometido con la realidad contemporánea nos suelen negar por los mismos intereses que los crean. En la ficción suelen ganar los buenos, pero esto es un documental.
Otra de ciencia ficción. El wrestling en su versión mexicana, más marciana y bizarre si cabe que la norteamericana USA. Un mundo lleno de personajes al límite (en muchos de los aspectos) que pelean diariamente por mantener una normalidad dentro de un mundo imaginario que al mismo tiempo es real. Las bambalinas de un teatro donde la brutalidad y el dolor van cogidas de la mano y donde los sueños y las ilusiones chocan cada día contra la dureza de la lona. Nacho Cabana consigue hacernos participes de todos estos sentimientos, al mismo tiempo que ensambla un discurso contagioso y entusiasta sobre estos locos enmascarados que luego tampoco están más locos que los de otros gremios. Una de las mejores películas de este festival.
Manuel Ortega
Captar la cara original de ese prisma poliédrico en que se ha convertido el conflicto palestino-israelí empieza a ser una tarea imposible. Son tantas las historias individuales que componen el drama total, que a veces parece imposible abarcar el entorno en su dimensión máxima, para así poder aprehenderlo. El director de esta película, consciente de ello, no ha querido ir más allá y esa falta de pretenciosidad le engrandece: la transparencia de la cámara observa con ingenuidad y asombro la realidad de un colectivo de trabajadores palestinos que se juegan la vida cada día por lograr trabajar en territorio israelí. El espectador se deja conmover por la brutal contradicción de tal cruzada diaria, metáfora particular de un conflicto sobre el cual es difícil seguir reflexionando desde la lógica. Por ello, las conversaciones amistosas cada noche, en la intemperie con la que el título tan bien ironiza, hablan, en su silencio, de aquello que realmente importa en toda guerra: el dolor humano. Componen así un pensamiento diferente, nuevo, que se aísla de todo juicio político para vincularnos con los personajes que lo protagonizan y que, de alguna manera, dan sentido a la búsqueda de un final. No hay grandes hallazgos ni arriesgadas propuestas estéticas, tan sólo un documental como espejo de aquello que a veces nos negamos a ver.
Alicia Albares
No es sencillo asomarse a la vida de un amplio colectivo de mujeres maduras pretendiendo profundizar en cada una de ellas hasta conocerlas de verdad. Y esta dificultad sin duda la contempla la directora de este trabajo, Alina Rudnitskaya, aunque no consigue escapar de sus efectos. Nos invita a un paseo por su pasado intuido, consiguiendo que nos esforcemos por adivinar cuál es su denominador común: la entrega exclusiva al cuidado de sus hogares, olvidando por completo la atención a ellas mismas, perdiéndose en el laberinto de sus obligaciones. Pero no logra que captemos su verdadera realidad, tan sólo traza pinceladas indefinidas, desnaturalizando caracteres en la amalgama de actividades que realizan en común, entre ellas, un simpático coro en el que emplean su tiempo libre. Pero serán estos momentos que pasan juntas los que se observen con mayor frescura, escapando de las semblanzas particulares que pueden y, de hecho, huelen a tópico. Son sus ensayos lo que nos revelan la naturaleza casi infantil de estas mujeres-niñas olvidadas a los ojos del mundo, logrando eliminar las máscaras, mostrándonos un talento oculto que, a pesar de las restricciones, ha podido destaparse. Y esa visión que surge sola sí que sabe conmover, por su transparencia, ajena a la mano de los realizadores.
Alicia Albares
En el concurso de reportaje de la sección competitiva se presentó la prescindible Le Brahmane du Komintern del realizador ruso Vladimir Léon, el seguimiento de los pasos del activista y filósofo comunista de origen indio Manabendra Nath Roy. A través de distintas etapas de la vida del personaje, el documental pretende abarcar el desarrollo total de su destacada tarea revolucionaria. La historia comienza a principios del siglo XX en una India levantada contra los británicos colonizadores, avanza hasta los Estados Unidos, desde los que enviaba a su país armamento para apoyar el sueño independentista, y posteriormente continúa en México, donde M.N. Roy se convertiría en el secretario general del partido socialista mexicano, y por fin en Rusia y China, para finalmente, de nuevo en la India, terminar rechazando el comunismo autoritario de Stalin. No obstante, la objetividad que se presupone al género documental es, en el caso de este filme, fallida. La figura de este brahmán hindú es de sobra conocida para los historiadores políticos, pero después de algo más de dos horas de metraje que se nos antojan eternas, es inevitable plantearse la pregunta de si realmente era necesario filmar La historia jamás contada de M.N.Roy. Un ejercicio de investigación insuficiente en el que el realizador se limita a mostrarnos una reiterativa serie de fotografías, de espacios en ocasiones reales, en ocasiones reconstruidos, y una galería caprichosa de personajes relativamente ligados a la historia, que no aportan nada nuevo a un planteamiento de por sí casi desconocido para el espectador de a pie.
Ana Rodríguez García
Can Tunis es una barriada de la periferia de Barcelona, en donde tiempo atrás (décadas) varias familias, principalmente de etnia gitana, erigieron sus casas, construyendo así su particular vecindario. Además se trataba, hasta hace muy poco, de un lugar habitual para drogadictos, donde trapicheaban y se pinchaban. Can Tunis era, en definitva y evitando cualquier clase de eufemismo, un gueto, parecido imagino a los que podamos encontrar en cualquier otra urbe; otro mundo regido por sus propias normas y reglas, alejado de la sociedad predominante, aunque paradójicamente no deje de formar parte de ella. Can Tunis (primer premio del jurado) habla de ese barrio, especialmente de Juan, un chaval de apenas 12 años que parece crecer demasiado deprisa, y su familia, en un momento crucial en sus vidas y en la de sus vecinos: la zona ha sido expropiada y aún no queda claro qué pasara con cada una de las familias que allí viven. El mayor acierto de este estimable trabajo reside en no constreñirse a mirar con distancia, perplejidad o distanciamiento, escrutando, sin emitir juicios de valor, tanto ese lugar a punto de desaparecer como sobretodo a algunas de las gentes que lo crearon y lo definen en ese momento. Es por eso que el tema de la expropiación, aun siendo relevante, queda en segundo plano cuando la cámara se interna en el barrio buscando establecer un diálogo o un acercamiento entre lo que se ve, el espectador y el propio realizador: se trata de trasmitiir una realidad auténtica pero lejana para la mayoría, a través de componentes sociales (cfr. la vivienda, las celebraciones, la pedida...) y costumbres físicas (la matanza del cerdo, los trapicheos, los coches, los juegos...) no necesariamente afines en otro entorno. No obstante esto no evita que haya momentos elocuentemente cercanos: la madre de Juan, que regresa a casa tras un periodo largo en la cárcel, expresa su desconsuelo porque no ha sido realmente feliz, revelación que se trunca repentinamente al aparecer su marido...
José David Cáceres
Quizá no sea el contenido lo más renovador de este mediometraje documental dirigido por Blandine Huk y Frèdèric Cousseau, puesto que las ideas que quiere transmitir son las propias de las películas informativas que han tratado su mismo tema: la desolación de los pueblos cercanos a la catástrofe nuclear de Chernobil y el desarraigo de sus habitantes, obligados a vivir en un entorno ajeno durante el resto de sus vidas. Sin embargo, es en la forma que adoptan donde los autores buscan la esencia de su obra, convirtiéndola en su mayor acierto: dejando hablar al abandono, apenas vemos rostros, tan sólo nos deslizamos por los espacios derruidos y oxidados, los cines inhóspitos, las cafeterías con las mesas aún servidas, los colegios donde todavía quedan libros olvidados… En cada lugar, escuchamos ecos de la vida que se vio interrumpida, como susurros casi fantasmales. Porque la espeluznante consciencia de oír lo que sabemos que nunca más sonara en esos espacios antaño vivos es lo que consigue estremecer y convierte un documento más en un ejercicio de estilo tan desgarrador como el suceso que retrata. Quizá el intento de convencionalizar el documental, mediante la introducción en off de intervenciones de antiguos habitantes, sea lo que más desmerezca el conjunto: resulta reiterativa la tristeza y la pérdida, ya que fluye de las elocuentes imágenes de la catástrofe, de forma descarnada e infinitamente más emotiva.
Alicia Albares
Las documentalistas rusas de reconocido prestigio Oksana Dvornichenko y Helga Landauer dirigen el largometraje A journey of Dimitry Shostakovich (Puteshestvie Dmitriya Shostakovicha), que reconstruye el que fuera el último viaje del célebre compositor soviético poco antes de su muerte en 1973. La travesía en barco que unía la Unión Soviética con los Estados Unidos sirve como hilo argumental para seguir la trayectoria de un artista que prefirió mantener el espíritu de sus composiciones apartado de toda connotación política. Su postura no deja de resultar controvertida en una época en la que el compromiso con el régimen soviético era conditio sine qua non no sólo para la creación artística, sino incluso para la supervivencia dentro de las fronteras que abarcaba el dominio estalinista. El documental, premiado en un festival de música clásica celebrado en París, resulta especialmente interesante desde una perspectiva política, puesto que el admirado genio musical de Shostakovich termina tal vez empañado por la duda de si terminó abrazando el comunismo por conveniencia o si lo hizo con plena convicción, después de ser perseguido en varios momentos de su vida debido a su negativa a participar en la propaganda oficial del régimen. A través de múltiples documentos gráficos, algunos pertenecientes al archivo personal del propio Shostakovich, que se integran espontáneamente en la reconstrucción de la travesía marítima, las realizadoras componen en apenas 75 minutos un retrato verosímil de la compleja figura del artista. Sorprenden especialmente las imágenes de sus últimos años de vida, que la propia Oksana Dvornichenko pudo testimoniar con su cámara betacam.
Ana Rodríguez García
l hecho de que una película sobre el enfrentamiento entre Israel y Palestina pueda, dado el recrudecimiento de una guerra que dura ya décadas, resultarnos reiterativa y poco interesante es una realidad que debería darnos miedo. No sólo es reflejo de la apatía que nos produce un conflicto tan vergonzoso como interminable, sino de la incapacidad que estamos desarrollando para elaborar discursos de denuncia que resulten convincentes a estas alturas y que puedan aportar algo nuevo a todo lo que se ha dicho ya. En este sentido, Uprooted no logra su propósito, pues no consigue construir un mensaje lógico que deje huella en el espectador, que le abra los ojos ante un aspecto del conflicto que no había contemplado. Estamos ante más de lo mismo, esta vez construido gracias a imágenes captadas por la narradora y directora de la película, Donia Mili. Éstas contienen valor por sí mismo, en lo que tienen de documento personal e inédito, pero no logran convencernos de que la mejor vía es la que defiende la autora: la resistencia pacífica del pueblo. Muy interesantes resultan las intervenciones de una de las mentes más lúcidas de la actualidad, el escritor Noam Chomsky, aunque no rompen la sensación general de estar ante una película caótica en su concepción y montaje, débil en sus propuestas e ineficaz en su intento de concienciar a un público tan ataráxico como las autoridades que deberían intervenir en la resolución de la lucha.
Alicia Albares
El realizador Jeremy Hamers presenta en España su primer largometraje, A verdade do gato, un retrato de la situación de explotación laboral a la que se ven hoy en día sometidos los trabajadores agrícolas en Brasil. La voz en off del narrador-protagonista, en sucesivas cartas que dirige a su familia, nos conduce a través de las diferentes etapas del monótono proceso de recolección de la caña de azúcar. De la empresa que controla la producción de esta materia prima para combustible dependen miles de trabajadores que, contratados por El Gato, emigran cada año a pequeñas poblaciones brasileñas como Carmo do Rio Verde para deslomarse de sol a sol cortando tallos de caña durante la temporada de recolección. La dureza del trabajo, las malas condiciones en las que se realiza o la inseguridad que genera son algunos de los temas que el realizador pretende denunciar en este documental, rodado en paisajes desolados, ennegrecidos por la ceniza resultante del incendio provocado la noche anterior para facilitar a los cortadores la tarea de la recolección. A pesar de las espectaculares imágenes del comienzo, enormes llamaradas devorando kilómetros de campo en la oscuridad de la noche, que captan inmediatamente nuestra atención, cincuenta minutos después la película termina por resultar decepcionante, en parte por culpa de la carga de moralina facilona que utiliza para resolver la historia, y que desmerece por completo lo que debería haber sido un planteamiento de denuncia veraz y objetivo.
Ana Rodríguez García
Percibir el enorme contraste que existe entre la belleza natural de una isla como Timor Oriental y el espeluznante rastro que ha dejado en ella la guerra contra Indonesia primero y el enfrentamiento civil surgido como consecuencia, es, posiblemente, la sensación más reveladora que deja el documental de Grace Phan. Narrado por el presidente de la nación, el antiguo líder de la guerrilla timorense, Xanana Gusmao, el filme nos conduce a un viaje suave por la silueta en forma de cocodrilo de la isla y nos muestra, con discreción, el drama de muchas vidas que han sido consumidas por uno de los enfrentamientos más brutales que el mundo ha conocido en épocas recientes. Pero, sabiamente, no hay alevosía en el reflejo de esa barbarie, pues la realidad del pasado se revela por sí sola, de forma sutil: en los rostros de los niños, en las lágrimas apenas contenibles de los ancianos. No se exacerba lo cruento de la guerra, pues será el sueño del futuro, personalizado en el protagonista, el verdadero tema del documental. Y será entonces cuando la película revele su auténtica verdad: cuanto más nos dejamos llevar por las esperanzas del presidente, mejor percibimos la enorme distancia que hay entre su visión y su presente: un líder-héroe adorado por un pueblo que sobrevive en la más absoluta pobreza. Saboreamos así un nuevo contraste, aún más extremo, entre la fuerza de las convicciones de un hombre y la fragilidad de su sueño, convertido en utopía.
Alicia Albares
La política es un tema que, al menos en España con más de treinta años de democracia seguidos, ha alcanzado en los útlimos años cotas esperpénticas por la actividad de quien la ejerce, por el seguimiento de los llamados analistas y por los debates populares. En ocasiones se tiene la sensación de estar tratando, en los tres casos, acerca de un evento deportivo, que suele tener a dos equipos o contricantes en liza. O vas con uno o vas con otro, en el mejor de los casos eres simpatizante... Este documental tiene como objetivo inicial mostrar la decadencia política durante la reciente democracia argentina (tras la caída del regímen miltar de Videla, es decir, desde 1983 hasta la actualidad), en busca de las declaraciones de cada uno de los presidentes que goberanaron (aunque fueran por un día) la república. La idea es atractiva y en primera instancia se perfila un escenario grotesco al comprobar cómo son en cierta manera aquellos señores que llevaron las riendas del país americano. Sin embargo los realizadores optan por estropear fatalmente el documento al ridiculizar mezquina y premeditadamente a los entrevistados: les grabaron prácticamente durante todo el tiempo que duraba el encuentro con el fin de "cazarles" en situaciones presumiblimente divertidas, realizando tomas enfáticas, principalmente primeros planos de los rostros de los ex-presidentes, y montando el material siguiendo igual planteamiento. Supongo que Cohn y Duprat piensan que la mejor forma de hablar de político y de los gobernantes es riéndose de ellos, pero francamente no solo me parece una solución (a todos los niveles, cinematográfico incluído) simplista e infantil, además creo que les sitúa en el mismo estadio que aquello que quieren, supuestamente, criticar (aunque no sea ni de lejos tan escandolosamente sensacionalista Manufacturing Dissent, de Rick Caine y Debbie Melnyk, otro film visto en el festival que se construye como diatriba contra Michael Moore, entrega un resultado similar). Lo peor, definitivamente, de Yo, presidente es que da la sensación que no se dieron cuenta, una vez que tenían el material, que era innecesario acudir a triquiñuelas tan rastreras, puesto que la mayoría sino todos los protagonistas del documental son capaces de ponerse en entredicho sin demasiada dificultad.
José David Cáceres
Uno de los espacios más interesantes y atractivos de Documenta son los ciclos de la sección informativa, que compagina el estudio del documental actual con una guía sobre la historia del género. En primer término estuvieron la retrospectiva a la obra del austriaco Ulrich Siedl —al que dedicamos unas líneas más adelante—, la segunda parte del recorrido iniciado el año pasado por el género en Estados Unidos titulado "Michael Moore y coetáneos (II)" (nota al margen: este ciclo se complementa por un volumen espléndido, "Espejos rotos", llevado a cabo por las especialistas María Luis Ortega y Noemí García Diaz, y en el que se recuperan entrevistas tan significativas como la realizada por Harlan Jacobson al propio Moore o la de la publicación "Cineaste" al genial Eugen Jerecki),—y del cual comentamos a continuación varios films—, la posibilidad de ver la obra de Juan Carlos Rulfo (responsable de la brillante En el hoyo que se pudo ver en España en la pasada edición de Gijón y que llegará a las pantallas españolas a finales de mayo), el cual estaba presente en el festival como miembro del jurado, y el ciclo "Hitos del cine documental", presente en el célebre cine Doré (sede de la Filmoteca Nacional), en el que se proyectaron, entre otras, Noche y niebla de Alain Resnais, Las hurdes, tierra sin pan de Luis Buñuel, El hombre de la cámara, de Dziga Vertov. Entre el resto de ofertas destaca la provisión, ya emprendida en años anteriores, de películas proyectadas (y premiadas) en otros festivales de igual temática, en este caso L'Alternativa —que tuvo como invitada en el jurado a una de sus responsables Margarita Maguregui—, y DocLisboa. También merece citarse la retrospectiva de la cineasta holandesa de origen español, Sonia Herman Dolz —también jurado del certamen—, a la que desgraciadamente no pudimos descubrir: las referencias sobre su trabajo apuntan muy alto.
El realizador Jonathan Demme es bien conocido entre los aficionados principalmente gracias al prestigio alcanzado por dos de sus películas, bastante significativas y representantes del alcance de su cine en el mejor (El silencio de los corderos) y peor (Philadelphia) sentido. A pesar de esta relativa celebridad, el resto de sus trabajos, desarrollados durante una trayectoria que abarca casi tres décadas, no han tenido tanta suerte, siendo en cierto modo un cineasta aún por descubrir. Una pista al respecto, y en el terreno del documental, que Demme ha trabajado en numerosas ocasiones (precisamente en estos momentos ultima su perfil sobre Jimmy Carter en He comes in peace, que se estrenará el año próximo), la tuvimos no hace mucho en las carteleras españolas con el estreno de Neil Young: Heart of Gold (reseña en Miradas de Cine nº 55). The Agronomist dibuja con brillantez la figura de Jean Dominique (1930-2000), un periodista haitiano que desde su emisora en Puerto Príncipe se enfrentó al gobierno dictatorial de su país y enarboló la defensa de la libertad, y acabó asesinado a tiros simplemente porque no estaba dispuesto a callarse. Demme focaliza su narración en las numerosas entrevistas realizadas a Dominique, en las que este habla de su visión del mundo, de lo que sucede en su país, de las necesidades que requiere, e incluso de su propia vida; sin embargo aun siendo un homenaje sentido al periodista y posicionarse —obivamente— a su favor, esto no impide que el film se construya con rigor tanto en la descripción del conflicto (por ejemplo a través de los insertos de imágenes y audios de archivo) como en la situación personal (se evita acudir fácilmente a lo emotivo). El documental triunfa, también, en su giro final en el que se muestra, en paralelo a la reconexión de la emisora tras la muerte de Dominique, como la verdad puede cuestionarse, demolerse incluso, haciendo creer que en realidad Dominique sigue vivo y ha estado oculto durante meses y ahora regresa con más ímpetu y ganas: las grabaciones de la emisora sirven, al igual que las imagenes de archivo a Demme, para (re)construir una nueva verdad. Un final bellamente trágico que funciona como metáfora de toda una vida y un ideal.
José David Cáceres
Fascinante ejercicio de cine-ensayo donde, a la manera del Godard de Historie(s) du Cinema, su realizador toma una serie de imágenes, y en lugar de vaciarlas semánticamente las rodea de otras, expandiéndolas todavía más. Si Godard acude a la Historia del Cine, Andersen acude a la Historia de Los Ángeles, entendiendo a la Ciudad como elemento fundamental en el hecho cinematográfico, como motivo icónico cardinal para la representación del cine dentro de la memoria colectiva. Pero su objetivo es también ejecutar un irónico ajuste de cuentas hacia la Ciudad —en este caso, Los Ángeles— como ente mancillado por la ficción. Andersen desmitifica, mitifica, desmiente y aclara; y todo ello de la mano de un extensísimo mosaico de largometrajes —sin ánimo de reduccionismo artístico—, que es capaz de conjugar desde ¿Quién engañó a Roger Rabbit? hasta Perdición, pasando por los films de Charles Burnett o por una de las secuelas de El justiciero de la ciudad, consciente que no hay una ficción verdadera, sino que cada una encara la escenificación de la ciudad, de sus habitantes, desde otro ángulo de la realidad. Pero quizás lo mejor de esta absoluta obra maestra es que por encima de los cuantiosos diálogos, en su recuerdo predominan las imágenes. Y eso es algo de lo que Thom Andersen seguro que se sentiría orgulloso.
Roberto Alcover Oti
Durante los últimos años han alcanzado cierta relevancia en festivales de todo el mundo varios directores procedentes de Austria, como Michael Glawogger, Ruth Mader, Michael Sturminger o Barbara Albert, encabezados sin duda por la imponente presencia de Michael Haneke. El buen ojo del Festival se ha posado sobre la que prbablemente es la figura más compleja (e inquietante) de este grupo: Ulrich Seidl, un realizador de interés perfectamente equiparable al de Haneke, aunque su fama sea menor, y de quien se han proyectado algunas de sus obras más representativas, como Animal Love (dedicada glosar los cuidados y cariños varios que algunas personas dedican a sus mascotas), Models (que muestra la trastienda del mundillo de las pasarelas) o Dog Days (el trabajo que sirvió para llamar la atención de la crítica sobre su obra) . El cine del silencioso Seidl deviene un producto arquetípico de nuestro tiempo en tanto participa de una inextricable (con)fusión entre el documento y la creación de imágenes para asentarse en las cenizas culturales de la sociedad occidental y, con una actitud impasible, mostrar la putrefacción que se esconde bajo las apariencias más plácidas, haciendo gala de una imperturbabilidad que resulta en sí misma perturbadora. Gusten o no, sus películas son destacables porque obligan al espectador a poner a prueba su propia relación con las imágenes, su posicionamiento moral ante lo que el cineasta desvela/construye, así como le enfrentan a una serie de incómodas estampas que anuncian, sin asomo de nostalgia o compasión, la definitiva disolución espiritual de toda una civilización.
Alejandro Díaz
Aproximación directa a la guerra de Irak, al recoger el testimonio in situ de tres reclutas que equipados con cámaras de vídeo, fueron testigos directos de la batalla. Aquí descansa el principal atractivo de un documental que desvela, sin cortapisas políticas, sin intereses gubernamentales ni verdades “oficiales”, las condiciones a las que se enfrentan los soldados enviados a Oriente Próximo. The War Tapes es un incómodo recorrido a lo largo de una campaña de lucha “invisible”, que refleja la paranoica situación de la milicia norteamericana ante un enemigo casi intangible, inferior en logística pero muy superior en cuanto a conocimiento del terreno. El trabajo no escatima en imágenes dolorosas —cuando la cámara de uno de los soldados se fija en el cadáver putrefacto de un iraquí—, así como nos lega momentos ciertamente emotivos —el paseo por la “necrópolis” de vehículos de guerra, que trae a la memoria a los compañeros muertos en combate—, pero obvia por completo el subrayado político más allá de las conclusiones que pueda extraer el espectador de lo cruento de la contienda. Atención especial merece que la directora prolongue el metraje hasta el regreso de los combatientes, poniendo en evidencia una realidad todavía peor: la difícil reinserción de los mismos, no solo a nivel social, sino debido a la manifestación de diversos trastornos mentales y de comportamiento.
Roberto Alcover Oti
Este extraordinario film sobre el trauma post-11S busca alentar el debate, principalmente en el sendo de la sociedad nortemaericana, alrededor del signficado de la respuesta militar emprendida contra Irak en particular, y de la idea a la que alude el título en general. Este ¿por qué luchamos? recupera la esencia de lo expresado en su momento por el presidente republicano Dwight "Ike" Eisenhower, que manifestaba una firmeza y cautela en sus palabras, ausentes en las de sus homologos actuales, que se afanan en discursos alarmistas, tendenciosos radicalizando posturas y saboteando cualquier camino hacia el entendimiento y tal vez la paz. Eugene Jerecki imprime a su film de una fuerte pesonalidad y concreción, con la aspiración de fomentar un foro de debate, no de encontrar una respuesta concluyente o una solución definitiva. La novedad es que este documental alcanza un estilo propio a partir de una composición aparentemente tradicional, en la que se suceden una serie de entrevistas, consiguiendo cohesionar y a la vez confrontar las diversas opiniones que aparecen, las cuales se revelan en ocasiones sorprendentes, en otras previsibles y algunas veces demoledoras: es indeleble la historia particular del agente de policia que perdió a su hijo en los atentados y que cuestiona algunas decisiones de la adminsitración Bush (siendo él republicano), pero cuyos valores se rigen por el ojo por ojo hasta tal punto que solicita el ejército que firmen una de las bombas con el nombre de su hijo...
José David Cáceres