Si todo pudiese resumirse en una sola frase, y si a veces lo políticamente correcto no se convirtiera en la norma tramposa de los medios de comunicación, la dedicada al último film de la desaparecida Adrienne Shelly (EE.UU., 1966-2006) sería inofensiva, algo como: un dulce intento, pero sólo un intento o, tal vez: una pequeña muestra de lo que pudo ser, si se hubiera hecho bien. En los Estados Unidos, sin embargo, Waitress ha gozado de una crítica fraterna por tratarse de una obra póstuma, estrenada siete meses después de la muerte de su creadora, quien fuera asesinada de manera absurda en su oficina luego de una discusión entre vecinos. “Shelly nunca sabría que su film fue seleccionado para el Festival de Sundance”, repiten en los medios impresos y en la televisión. Apelando a un pathos un tanto indecoroso, la crítica norteamericana habla de sinrazones como “terapia y arte” o “sublime legado”, en busca de una simpatía que tal vez no hubiese sido parte de su repertorio en circunstancias habituales. Lo cierto es que Adrienne Shelly fue una actriz de reparto constante, sólida y carismática, pero sólo una guionista y directora promedio. Su último filme, aunque suceda a su muerte prematura, merece entonces un trato menos templado, y no un simple arreglo floral que se traduzca en condolencias, pues ese ademán no viene al caso cuando de lo que se trata es de hallar respuestas a un filme nuevo. Tal vez Shelly hubiese preferido eso, una respuesta sincera, y no una semblanza fotográfica desde su niñez hasta los días de la alfombra roja que se confunda con lo que en verdad dispensa esta película.
Waitress es la historia de Jenna (Keri Russell, la ex Felicity de la serie de televisión homónima), una camarera con acento sureño, inventora y virtuosa repostera, especialista en tartas al estilo americano, deliciosos pies para todos los gustos; entre sus invenciones destacan postres como el pie-primer-beso y el pie-odio-a-mi-marido, dedicado, desde luego, a su lastre y cruz, el Sr. Egoísmo: Earl (Early, con cariño, cuando Jenna no sabe cómo quitárselo de encima y opta por la solución tramoyista), un hombre de malos modales que oscila entre el papel de protector y el de niño abandonado, llevado a la pantalla por Jeremy Sisto, en una participación muy atinada, además.

Sin ser un bipolar con credenciales, Earl es uno, y sus ataques violentos mezclados con sus piropos de mala factura: “Mi cerdita, gordita”, por ejemplo, desesperan a cualquier mujer, sobre todo a la que desposó. Jenna es la mitad de un matrimonio que detesta y del que ha decidido huir, por esa razón esconde por toda la casa el dinero que Earl no le quita, debajo de macetas, muebles o dentro de la lata del café instantáneo, para así poder financiar su ansiada escapatoria el día que Earl se descuide. Sin embargo, la primera crisis del filme arruina sus planes: Jenna acaba de descubrir que espera un hijo de Earl. Si será cruel la vida, piensa Jenna. Un bebé que no desea, de un hombre que la embriagó para llevarla a la cama. ¿Qué hacer? Tenerlo, claro, el aborto no es una opción para Jenna. Tenerlo y obsequiarlo, o venderlo, eso ha decidido y se lo dice en voz alta a sus amigas. Pero antes necesitará un ginecólogo. Y en vista de que la vida de una repostera experta en pies debe seguir complicándose, la mejor complicación es enredarla con su propio médico, el doctor Pomatter (Nathan Fillion), un infiel cariñoso que nunca nos parece un marido poco ejemplar porque sonríe y porque adora los pies de Jenna. Jenna incluso inventa una tarta especial una vez iniciado el affaire: pie-mujer-picarona, y toma la costumbre de llevar un postre nuevo a cada uno de sus chequeos médicos. Alrededor de Jenna y su amante, además, se gestan las subtramas románticas de amigas camareras: Becky (Cheryl Hines), esposa de un invalido y amante de un cocinero, y Dawn (Adrienne Shelly) la treintona virgen a la que le ha sido imposible no enamorarse de un nerd que le recita poemas inconexos, dos mujeres que a pesar de sus malos pasos y de sus decisiones precipitadas no envidian el lugar de Jenna: nadie quiere un matrimonio fingido y mucho menos un cavernario a su lado. El círculo de personajes en los que debemos fijar la mirada se cierra con el odiable/adorable Joe (Andy Griffith), el dueño de Joe’s Pies, recordándonos las comedias de antaño, con un Griffith ya canoso pero igual de encantador. Joe, a pesar de su exterior serio y de sus caprichos a la hora de comer un pie, es el mejor amigo de Jenna, y la única persona que puede darle una pizca de sensatez.
Aunque se halla en el género de la comedia, el propósito central de Waitress es apuntar hacia la independencia femenina; siendo mondos y lirondos, se trata de la busca de ese mismo girl power de la cultura popular de mediados de los años 90, una especie de empuje mágico diseñado sólo para mujeres. Como comedia feminista, y no como comedia romántica, Waitress intenta persuadirnos de que Jenna puede superar todos los obstáculos debido a que ha encontrado esa energía femenina que le hacía falta, y la halla primordialmente gracias a su bebé, hacia el final del film, pero también gracias al affaire con tartas y consultas médicas del que es partícipe en tres cuartas partes de la historia, una relación sobre todo pasional y sexual, en la que se dejan de lado los cuestionamientos más críticos sobre el futuro de la pareja, o siquiera el de su presente.
Adrienne Shelly crea una relación típica de un cuento de hadas (la camarera Dawn, inclusive, dice estar siempre a la espera de su Príncipe Azul) que no podría existir en el mundo real. Es cierto que Waitress es una fábula ambientada en un lugar completamente ficticio, sin embargo, debe existir un argumento más convincente para abogar por el discurso feminista y de revalorización, ya que el filme se disuelve y se liquida por sí solo porque el planteamiento de Shelly indica incoherencias, cierta degradación de la mujer, además de un proceso inacabable de cosificación. Jenna pasa de ser el objeto de Earl a ser la amante de su doctor, sigue siendo una pertenencia a pesar de que el Dr. Pomatter tenga una sonrisa de niño y la abrace por 20 minutos seguidos, sigue siendo una mujer tonta por el camino equivocado; si es que en verdad busca una solución a la monotonía que supuestamente la ahoga, Jenna no podría hallarla jamás, al menos no con un discurso feminista, que implica primeramente una aceptación de valores y cualidades propias. La respuesta en guión debería ser otra, no un amasijo de indecisiones. Shelly comete el error de escribir personajes sin profundidad, diálogos excelentemente cómicos en ocasiones (a la manera de When Harry Met Sally, Rob Reiner, 1989), pero personajes muy superficiales que de ninguna forma promueven una terapia o un arte.
Waitress es entonces una película de pequeños momentos, que no tiene más que pies recién horneados y poemillas inocentes, un intento por crear un filme colorido y ameno que no sólo entretenga sino que también cause una reacción especial en el público, sobre todo en el de sexo femenino; sin embargo, no hay de dónde asirse, y no basta con el nacimiento de un bebé no deseado para que el mundo se reordene. Shelly cierra el filme con la imagen de una andanza y un camino largo, que si se pintara de amarillo podría hasta añadirse a la ruta de Dorothy en el El Mago de Oz (Victor Fleming, 1939), pero es un camino que se desvanece, del que no terminamos de disfrutar, es como si alguien nos quitase el pie-camarera-feliz cuando estamos a punto de dar el último bocado. Y nos quedamos con las manos vacías, y los ojos mirando esa ausencia de dulce.