Año 1991. Por la radio comenzaba a sonar una canción, “Smells Like Teen Spirit” y de repente la percepción del mundo cambiaba por completo para no volver a ser lo misma. Por lo menos así fue para muchos, todos aquellos que quedamos atrapados por unos acordes oscuros y primitivos que parecían querer expresar toda la rabia que anidaba en nuestro interior y que no éramos capaces de expresar.
El grunge, para bien o para mal, marcó mi adolescencia. Cuando echo la vista atrás la recuerdo como una etapa sombría y triste, llena de desconsuelo e incomprensión. En cierto modo envidio a las siguientes generaciones que crecieron bajo la influencia de la irreverencia pasotista del punk o de las nuevas oleadas brit-pop, llenas de ritmos alegres y festivos, despreocupados y lisérgicos que servían para escapar de la realidad y evadirse de las preocupaciones. Por el contrario, los hijos de la Generación X no sólo éramos incapaces de utilizar la música como un vehículo de diversión, sino que ésta se convertía en el medio para canalizar nuestras más profundas angustias y sumergirnos en nuestras propias miserias. Era una forma de auto tortura, de autoflagelación. Así, el pesimismo se erigió como estado de ánimo, y el nihilismo era la única bandera posible que se podía abrazar.
En la actualidad la música se disfruta en grupo, en las discotecas, en los conciertos, pero el comportamiento de un aficionado al grunge era eminentemente antisocial. La música se escuchaba y se sufría en soledad mientras al mismo tiempo se gestaba un sentimiento de dolor, de asqueo vital, de odio al mundo y a las personas que lo conformaban.
Hacía tiempo que no pensaba en aquella época de mi vida, pero tras ver Last Days de Gus Van Sant, era inevitable que muchos de aquellas vivencias renacieran dentro de mí.
En 1991 tenía 13 años, y todavía no había descubierto el cine. Para mí, la música era lo único importante. Siempre he necesitado valerme de alguna expresión artística para dar salida a aquello que llevaba en mi interior, y siempre he sido compulsiva a la hora de fagocitar todo aquello que le proporcionara alivio a una sensibilidad demasiado frágil contra la que siempre he tenido que luchar. En aquellos momentos vivía a través de las melodías densas y atormentadas de Nirvana, Soundgarden, Pearl Jam y Alice In Chains.

Era época de descubrimientos, de primeros amores, de inevitables desengaños, de salidas nocturnas, de irresponsabilidades, de borracheras. Parecía que, en vez de aprender a vivir, tuviéramos que matarnos.
Es curioso que me acuerde de todo eso ahora como si le hubiera pasado a otra persona, y más sorpresa me produce que, mientras estaba viendo Last Days tuviera serios problemas para recordar de qué manera había muerto Kurt Cobain. ¿Había sido suicidio o muerte por sobredosis? ¿El arma homicida fue una escopeta o la ingestión de pastillas? A pesar de que en aquellos momentos me impactara de manera profunda la desaparición del cantante, trece años más tarde ya no queda nada dentro de mí de todo eso. Sólo una sensación de vaguedad, de imprecisión, como si perteneciera a un sueño muy lejano y nunca hubiera sucedido. Last Days es precisamente la plasmación en imágenes de ese sentimiento de distancia hacia un pasado que se difumina de tal manera que las fronteras entre lo realmente ocurrido o lo ficcionalmente imaginado dejan de tener sentido para conformar un espacio de abstracción en el que los personajes dejan de tener la identidad que les corresponde, moviéndose como sombras, como fantasmas dentro de un paisaje en inevitable proceso de descomposición. Al fin y al cabo son seres que ya no existen, que gravitan por el limbo de la memoria, que se funden y se confunden con retazos de recuerdos, con elucubraciones y proyecciones incoherentes de nuestra mente, que formaron parte de nuestras vidas pero que casi los hemos olvidados para siempre.
Después de dejarse tentar por las mieles de la Industria de Hollywood con trabajos comerciales como El indomable Will Hunting o Descubriendo a Forrester, Van Sant se sumergió en uno de los caminos introspectivos más interesantes que ha dado el cine moderno. No solo regresó a los márgenes del territorio independiente que lo había visto nacer, sino que radicalizó su discurso hasta extraer de él todo un ensamblado y bien engrasado mecanismo teórico que se abría de forma inusitada a la experimentación y a la libertad creativa.
Su fuente de inspiración provino del descubrimiento del cine del director húngaro Béla Tarr y de sus películas Satantango (1994) y Las armonías de Werckmeister (Werckmeister harmóniak, 2000). De él extraería uno de sus particulares rasgos de estilo, largas tomas en las que la cámara sigue a los personajes mientras caminan, a veces sin un rumbo predeterminado. A partir de esta y otras referencias construye una trilogía en la que late el sentimiento de pérdida y la búsqueda de la identidad, aunque la espina dorsal que realmente lo recorre es la muerte, erigida casi como un elemento personificado que convive con los personajes en todo momento en cada uno de los filmes.
De esta forma surgió La Trilogía de la Muerte, compuesta por Gerry (muerte por exposición), Elephant (muerte a manos de otro) y ahora este Last Days (muerte por sus propias manos). Cada una de las historias que narran los tres films están inspiradas o tienen algún tipo de vestigio que las emparenta con la realidad, con hechos verdaderos ocurridos en la historia reciente de los EEUU y todas están asociadas a muertes violentes de jóvenes con problemas psicológicos o de adaptación. Pero más allá del anclaje que encuentra con el imaginario colectivo de todos esos sucesos, cada uno de los films termina por trascender de tal manera su supuesto punto de partida que éste queda diluido hasta casi desaparecer por completo.

Last Days no es, por tanto, la rememoración de los últimos días de la vida de Kurt Cobain” puesto que no nos encontramos en los territorios del biopic. Ni siquiera el personaje principal Blake (encarnado por Michael Pitt) se llama igual, aunque por su aspecto podamos trazar una inevitable identificación icónica con el malogrado cantante. En realidad es un espectro que pasea sin rumbo fijo por un espacio fantasmal, en un deambular permanente e incoherente que parece simbolizar el recorrido que separa la vida de la muerte. Por eso, es a la vez un viaje físico, pero también mental, y por eso el trayecto no sigue un itinerario marcado sino que se encuentra supeditado al azar, es incoherente y anárquico, casi como si nos encontráramos ante una sucesión de pensamientos, o como si fuera el proceso intuitivo y sensitivo que corresponde a la escritura automática o al de la improvisación musical que el mismo Blake realiza en uno de los segmentos del film. El tiempo se dilata, el sonido nos absorbe y poco a poco dejamos de tener conciencia de todo aquello que nos rodea para adentrarnos en un espacio hipnótico estancado y abierto a la ensoñación poética.
En cierto modo, este espacio escénico me recuerda a aquel en el que se desarrollaba la ficción de After Life de Hirokazu Kore-eda, una especie de lugar de tránsito entre el cielo y la tierra donde los personajes pasaban sus últimos momentos antes de abandonar definitivamente su cuerpo y pasar a un estado superior. De hecho, cuando finalmente se produce el suicidio de Blake, vemos como se desdobla en su espíritu, finalmente liberado de las ataduras de la vida terrenal e iniciando un ascenso por las escaleras que le conducirán hacia otra dimensión.
Last Days adquiere una configuración de réquiem, convirtiéndose cada una de las secuencias en los movimientos de una composición establecida a modo de liturgia mortuoria silenciosa, respetuosa, donde el elemento trágico queda diluido porque no existe una verdadera trama que nos conduzca a un clímax que ya se encuentra predeterminado desde el principio. Tampoco hay sombra de romanticismo en la evocación de la figura de Kurt Cobain. Su figura tambaleante es una entelequia, pues prácticamente ya no pertenece a este mundo. Sus amigos ni siquiera lo ven y cuando se produce una mínima interacción comunicativa en realidad no hablan para su interlocutor, sino para sí mismos. Su autismo existencial los conduce por los terrenos de la vaguedad, aunque dentro de esa indefinición encontremos finalmente entidades quebradas y sumamente frágiles, de comportamientos obsesivos y casi esquizoides, desubicados, perdidos, aislados e incapaces de hacer frente a sus problemas.
Last Days pone en imágenes ese doloroso vacío existencial que latía en toda una generación de jóvenes ensimismados, al borde del caos y la autodestrucción. Los tiempos han cambiado y puede que el sentimiento de soledad e incomprensión puedan ser los mismos, pero nunca alcanzarán los niveles de profunda tristeza a los que se llegó durante aquellos años sucios de crudeza depresiva y desgarro vital.