Fanny & Alexander (Ingmar Bergman, 1982)

Por Arantxa Bolaños de Miguel

Las pequeñas memorias de Ingmar Bergman

El director sueco Ingmar Bergman nos sumerge, a través de esta obra, en su propia infancia aderezada con la ficción que brota de su imaginación. Así, es difícil discernir la realidad de los sucesos que acontecieron en su niñez de los que no. Su padre fue un  hombre de desmedida religiosidad que, según parece, educó a sus hijos de manera implacable, y este aspecto está reflejado en la película en la terrible experiencia que sufren Fanny y Alexander (los dos niños protagonistas) cuando muere su padre, y su madre se vuelve a casar con un obispo cruel que los maltrata. Este hecho va a suponer un cambio brutal para ellos: de vivir una existencia apacible a sufrir el desprecio continuo, y una austeridad marcada por una moral rígida y falta de afecto paterno.

Ocupándose de todos ellos está, la abuela de Fanny y Alexander, Helena, eje y unión de toda la familia. No es casual la pasión de Bergman por el mundo femenino, al tener una madre y una abuela tan maternales, desprendidas y atentas. Todos y cada uno de los personajes femeninos son un ejemplo de bondad y dedicación a los demás y por eso el cine de Bergman está enfocado al universo femenino en el que creció.

Comienza la acción con la celebración de la Nochebuena, en la que se reúnen la familia y nos va presentando a los personajes que forman un núcleo familiar unido y feliz, con sus problemas cotidianos, pero el director transmite, apoyado en la fotografía de su fiel colaborador Sven Nikvist, y en unos primerísimos planos,  la tranquilidad y armonía que reina en la familia.

Los hermanos Fanny y Alexander viven en un entorno lleno de amor y armonía y «están aprendiendo a vivir a partir de las vivencias que contemplan en sus mayores» [1], en palabras del propio realizador. Han nacido en una familia burguesa de profesión liberal y son los hijos del matrimonio bien avenido formado por Emile y Oscar Ekdahl, el director del teatro (en el que la familia entera dedica su vida). Oscar es hijo de Helena, viuda, que a su vez tiene dos hijos más, un catedrático amargado y el otro un vividor que conjuga a la perfección  su matrimonio y sus amantes sin descuidar ni desatender a nadie. Por eso su mujer le permite los deslices porque, a pesar de todo son una pareja feliz. Entre todos los hermanos componen y ejemplifican las posibilidades de convivencia matrimonial: los que no se llevan bien, los que sí y los que además se aman.

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La cinta recuerda a las películas de Luchino Visconti por su glamour y ostentación de las altas alcurnias, pero mientras Visconti realiza una crítica exacerbada de su clase social, a la que repudia, Bergman retrata con devoción y gratitud su linaje. Es una loa a la familia, a las grandes estirpes, en las que Bergman, poseído por la nostalgia de su infancia, como en Amarcord  (Federico Fellini, 1973), nos hace un retrato de las grandes conmemoraciones y nos transmite la alegría que acoge a los comensales e invitados a las celebraciones cuando éstas están marcadas por la felicidad y el gozo del encuentro. Además, los actores Harriet Andersson y Erland Josephson, al haber trabajado varias veces con el director y pertenecer a su estrecho vínculo de amigos (como bien explica él en su libro de memorias La linterna mágica, 1987), imprimen familiaridad en los rodajes y se nota en el resultado final.

Pero también critica con dureza que, pese a tratarse de personas clementes, la sociedad de clases está presente y no existe el mismo trato para los de la misma posición social que para el personal de servicio. Esta bipolaridad social la podemos ver también en la espléndida serie de TV Arriba y abajo y más tarde en Gosford Park (Robert Altman, 2001).

Todo esto va a desaparecer por un breve aunque oscuro lapso de tiempo, provocado por el traslado de Emile y sus dos hijos (Fanny y Alexander) a la casa del obispo tras su enlace nupcial. Este padrastro es vil con los hijos, sobre todo con el rebelde Alexander (alter ego del director), porque se percata de su falsa e hipócrita  moralidad. La sensación que inspira la casa en la que vive el obispo es fiel reflejo de una de las grandes cintas clásicas de suspense de Alfred Hitchcock: Rebeca (1940). Todos y cada uno de los personajes que habitan en la mansión del obispo son extraños e introspectivos y poseídos por el poder de él, que les tiene dominados.

Este cine íntimo (que explora las relaciones de los personajes, sus debilidades y motivaciones) de Ingmar Bergman está impregnado del pensamiento existencialista escandinavo [2] y es un digno deudor de Kierkegaard, Sartre y Heidegger. Su filmografía ha pasado, así, por los tres estadios de Kierkegaard: estético, ético y religioso. Primero, las obras de juventud (estético): Crisis (1945), Llueve sobre nuestro amor (1946), Barco hacia la India (1947), Ciudad portuaria [3] (1948), Hacia la felicidad [4] (1949), donde refleja el placer inmediato con un personal estilo indirecto. La segunda etapa corresponde a las obras éticas, marcadas por el hombre temporalizado: Juegos de verano (1951), Un verano con Mónica (1953), Una lección de amor (1954). En esta última cinta ya nos indica la dificultad de la vida en pareja, pese mostrar en cada una de sus cintas que sin amor no hay posibilidad de alcanzar la felicidad. La tercera etapa compone el estadio religioso, nihilista, con su tetralogía “el ser y la muerte”: El séptimo sello, Fresas salvajes, En el umbral de la vida y  El manantial de la doncella  (1956-1959).

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Desde su primera película, la citada Crisis (1945), comienza a mostrar un cine psicológico, y en este caso además, un canto a la vida rural, a las pequeñas cosas, conformando una prueba de que es capaz de narrar con clasicismo una historia, como digno alumno de las ordenanzas cinematográficas más tradicionales. Las películas de los años inmediatamente posteriores son historias banales sobre el amor y sus juegos, tratados con frivolidad en donde ya reflejaba su pasión por el amor como motor de la vida y el desamor como freno de esas mismas inquietudes. Y esta obsesión por profundizar en la complejidad de las relaciones amorosas le acompañó toda su vida. Sea mostrando amores adolescentes llenos de pasión, ingenuidad e inmadurez en sus primeros años, o revelando la complejidad más dramática de la convivencia en sus últimas cintas (Secretos de un matrimonio, 1974). En todas estas historias se mezclarán de forma constante los nombres de los personajes: Jacobi, Johan, Marianne, Vogler, Eva, que ejemplifican a personas reales, manifestando la correlación siempre existente entre su vida y su obra.

Toda su genealogía queda así plasmada por las siguientes obras que exploran diferentes etapas de la vida del realizador: El primer capítulo de la reconstrucción genealógica es un cortometraje  El rostro de Karin (sucesión de imágenes del rostro de la madre de Bergman). El segundo lo compone  Las mejores intenciones (Billie August, 1991) en el que se relata la relación distante entre sus padres.  El siguiente título es Niños del domingo (Daniel Bergman) donde se filma un largo paseo de Bergman con su padre en la infancia. Para terminar, Conversaciones privadas (Liv Ullmann, 1997) donde nos evoca la supuesta infidelidad de la madre de Bergman e Infiel (Liv Ullmann, 1999) en el que reflexiona un octogenario director de cine y autor teatral —el propio Bergman— quien al sentir que se acerca el final ve desfilar por su mente los recuerdos de una parte de su vida.

Pero donde podemos encontrar sus recuerdos no es en su filmografía, donde intercala ficción y realidad, sino en su libro La linterna mágica (1987). Es un libro asincrónico e imperfecto en su narración literaria, refleja sus memorias de forma aleatoria, sin linealidad temporal, sin esquema aparente, y  entremezcla sus evocaciones de la infancia con sus innumerables montajes teatrales y sus viajes por motivos laborales. Dedica poco tiempo a analizar sus rodajes para el cine y es que, pese a ser conocido internacionalmente por su faceta como director cinematográfico, su labor más fructífera es en el terreno del teatro, donde fue  director en el Dramaten en Estocolmo y en otros teatros de provincias. El teatro llenó prácticamente su vida y la adornó con su faceta de director de cine, a pesar de ser ésta última la que más proyección  internacional le facilitó. Es un texto profundo donde nos muestra la verdadera personalidad del director que, pese a realizar unas cintas reflexivas, él vivió intensamente y no dejó que su melancolía fílmica impregnase su espíritu trabajador e infatigable.

Asimismo, en el lado cinematográfico de sus memorias, la referida Fanny y Alexander (1982) es una película coral, en la que cada uno de los personajes podía protagonizar su propia historia, pero es la unión de todas ellas, de una forma meticulosa y magistral la que hace de esta película una joya, dentro y fuera de la magnífica filmografía que abarca el director de El séptimo sello (1957).

[1] Jordi Puigdomènech, Ingmar Bergman. El último existencialista. Ed JC. Madrid 2004, p.115.

[2] «Su punto de referencia privilegiado es siempre el del individuo como existente, tratado desde su posición afectiva y contemplado en su circunstancia –en el mundo– y en su entorno vital» (Jordi Puigdomènech, Ingmar Bergman…, op. cít., p.111)

[3] Donde nos describe el puerto de Estocolmo y la recurrente exploración de un retrato femenino lleno de problemas, que repetirá con Un verano con Mónica (1953), Cara a cara (1976).

[4] Donde exclama que la alegría se llega a través del dolor, de la superación de los reveses de la existencia. En este caso, la muerte de un ser querido por medio de la resignación, el trabajo y las artes. La música y en general todas las genialidades, ocupan un lugar prominente en la filmografía del director sueco (Beethoven en esta última y Bach en Saraband, 2003)…