Hay una escena de El buen nombre que destaca sobre las demás. Se trata de la imagen de una habitación desierta, desolada. El protagonista, emigrante permanente, de su identidad, de sí mismo, debe alejarse, se autoimpone, un alejamiento de su familia para encontrar un mejor trabajo. Ya emigró de India a Nueva York y ahora se sitúa en un lugar alejado de mujer e hijos. La habitación es correcta, limpia y ordenada, con una luz potente aunque fría y vacía. Es una habitación tan aséptica que llega a ser un espacio sin vida, un espacio muerto. Ashoka sabe perfectamente que no le corresponde estar aquí y que no va a poder ser feliz.
Desconozco si Mira Nair es feliz. Pero este lugar, esta película, no le corresponden. La habitación solitaria de Ashoka, su vacío, es el vacío que queda tras los brillantes oropeles de La boda del monzón, en el cine de Nair.
La pregunta es dura. ¿Qué sentido tiene hacer esta película? Si no más, de este modo, con esta apatía. La fotografía de Elwes es incapaz siquiera de construir una película “bonita”, más allá del anuncio turístico del Taj Mahal (¿el equipo de rodaje en vacaciones?), aunque junto a la banda sonora de Nitin Sawney sea lo más destacable del conjunto. El buen nombre es, directamente, una mala película. Una cinta olvidable que nunca debería haber llegado a las pantallas.

La historia de esta familia de emigrantes que pierden su corazón es tremendamente plana, desangelada. No hay rigor en el análisis de personajes. Sus motivaciones se quedan en el guión y no hay profundización alguna en sus dramas de desarraigo. El conflicto entre tradición e integración, presente en Missisipi Massala, en Cuando salí de Cuba, en el episodio de 11/09/01 e incluso en La boda del monzón, está tocado de modo tan superficial que aparece casi irrelevante. La confrontación entre emigración y retorno se resuelve de modo baladí.
Y el remate es una referencia, ofensiva, a Satyajit Ray… ¿A que juegas, Mira? En el reciente MICEC se planteaban tipos de cine, nacionalidades, construcciones, lenguajes. Más allá de disquisiciones y planteamientos teóricos y estéticos hay en definitiva, dos tipos de cine. El que interesa y el que no. Lamentablemente, hay bastante de este último y El buen nombre se ha ganado a pulso estar en este grupo.