Idiocracia (Mike Judge, 2006)

Por Sergio Vargas

Mike Judge nos toma por idiotas. Hace bien

En Beavis y Butthead recorren América (Beavis & Butthead Do America, 1995), primera película de Mike Judge, director de Idiocracia, el por entonces presidente estadounidense Bill Clinton les decía a los dos “héroes” protagonistas que representaban el mejor ejemplo para una nueva generación de jóvenes americanos que en el futuro liderarían ese gran país. Algo verdaderamente preocupante, teniendo en cuenta que el vocabulario de los dos teleadictos adolescentes se restringía prácticamente a “Mola”, “Apesta”, “Pava”, “Meter” y también “O algo”, como brillante colofón de dos de cada tres frases. Pero bien mirado, si nos fijamos en George W. Bush, o a algunos otros dirigentes mundiales (e incluso líderes de la oposición) no sabríamos decir qué es peor.

Han pasado doce años desde aquella película, y lo que es todavía más preocupante a día de hoy es que cada vez es más acusable esa degeneración de la juventud (de gran parte de ella) hacia una idiotez desmesurada, aunque no hay que engañarse, en gran parte todo proviene de tiempo atrás, y del ejemplo que reciben de las generaciones anteriores, de esas que salen en la televisión (una de sus principales educadoras), pero también de las que tienen en sus propias casas dándoles de comer, o en los institutos ofreciéndoles clases mediocres que les sirven de poco o nada, como si dar clase pudiese hacerlo cualquiera. Y por eso también solo es gran parte de la juventud (y no toda ella) la que camina hacia (o ya anda inmersa en) la idiotez suprema, porque todavía quedan pequeños reductos de inteligencia, o sensatez, si se prefiere (yo prefiero este término en contraposición a la idiotez; sobre todo porque es duro —y falso— pensar que ser, o convertirse en, un idiota es algo supeditado exclusivamente a la genética) entre algunos de sus mayores, ya sean progenitores, profesores o integrantes del retortero mediático, e incluso entre gente que ya lleva muerta años, o siglos, pero que escribió ciertas cosas cuando estaba vivo, cosas que a alguno de estos jóvenes les da por leer de vez en cuando (¿Dónde iremos a parar?), por lo general sin coacciones, que es cuando esas cosas verdaderamente funcionan. Es muy fácil echarle la culpa a los teléfonos móviles y sus SMS, a internet o a la propia televisión, y no preocuparse lo más mínimo por tratar de cambiar un problema cuya solución no parece ni mucho menos sencilla, pero que desde luego no radica en la pasividad.

El interesante punto de partida de la nueva película de Mike Judge, Idiocracia, hace hincapié precisamente en el hecho de que esta “inteligencia” es una minoría que tiende a desaparecer, mientras que los menos agraciados intelectualmente se reproducen como esporas (a pesar del, a mi juicio érroneo, enfoque genético del asunto). En el comienzo, a modo de documental, se contrasta el proceso evolutivo de dos familias bastante diferentes: podemos ver a los supuestamente inteligentes (ahí se ve que no todo son los estudios y que como decía antes inteligencia y sensatez pueden estar reñidos, pues estos dos parecen bastante bobos) son un matrimonio de licenciados que no puede permitirse tener descendencia en ciertos momentos importantes de sus prometedoras carreras, y que terminarán divorciados en el que sería el momento apropiado para la amplificación familiar, mientras que los otros, que tampoco salen demasiado bien parados, son el estereotipo de matrimonio americano profundo, obrero-ama de casa, con decenas de hijos, y que llegan a abuelos antes de los cuarenta. A continuación, se nos presenta a la pareja protagonista: un militar y a una prostituta que se someten a un experimento del gobierno, consistente en congelarles durante un año. El experimento sale mal, y quinientos años después, cuando despiertan en una ciudad rodeada de rascacielos de basura, tras la involución sufrida por la especie humana, el protagonista resulta ser la persona más inteligente del planeta.

foto

Es una pena, cayéndome Judge tan bien como me cae vistas sus dos primeras películas, que casi lo único interesante de Idiocracia sea precisamente este punto de partida. Lo que el director podría haber aprovechado para lanzar una crítica, por ejemplo contra el sistema educativo o contra un gobierno que más que preocuparse preocupa, como ya lo hiciera en su anterior obra, la bastante más interesante Trabajo Basura (Office Space, 1999), en aquella ocasión contra la globalización y el exagerado y ridículo corporativismo de las grandes compañías que terminan martirizando a aquellos que las dan de comer, se detiene en la misma línea de salida y, lo que es aún peor, ni siquiera consigue funcionar en el terreno de la comedia. Construida a base de chistes en general bastante malos (aunque el hecho de presentar a un presidente de los EE.UU. negro, estrella del porno y luchador profesional no deja de tener cierta gracia), la película no se toma en serio a sí misma y tampoco parece tomarse demasiado en serio a sus espectadores, juzgándonos tal vez lo suficientemente idiotas como para no desentonar en ese futuro que nos muestra y poder reir agusto con los chuscos chascarrillos que nos ofrece. Así, es una pena, que tal visión, probablemente nada desencaminada, del futuro que nos aguarda a la vuelta de la esquina, no esté sustentada de una forma cinematográficamente atractiva. Tampoco ayuda una voz en off bastante innecesaria la mayor parte del tiempo y principalmente un guión que, aparte de tener poca gracia, recorre senderos ya transitados demasiadas veces y que por lo general nunca llevan a buen puerto. Así, la historia trata de sostenerse sobre unas situaciones de enredo que parecen sacadas de cualquier pobre comedia de situación, y, en definitiva, se desaprovechan unos escenarios y unos personajes que podrían llegar a tildarse de carismáticos si el desarrollo de la historia hubiese sido algo diferente, y reconociendo que, a su manera, y a pesar de todo lo dicho, resultan entrañables. Por eso es una pena.

Y es cierto, tal vez no desentonemos en esa idiocracia que propone Mike Judge en su película. Tal vez ya estamos inmersos en ella desde hace tiempo. O algo.