La soledad (Jaime Rosales, 2007)

Por Miguel Ángel Pastor

La fuerza de lo que no se dice

El segundo largometraje del director catalán Jaime Rosales es una de esas películas que divide y radicaliza considerablemente las posturas de crítica y público. La fuerte defensa que hacen los primeros de este tipo de propuestas, con argumentaciones de mayor o menor enjundia, queda reducida ante la opinión generalizada del "gran público" y su argumento de mayor peso: son aburridas. Y no vamos a caer desde aquí, y ahora, en el error de menospreciar la opinión de numerosas personas. Es más, si acudimos a una fuente autorizada, como es la Real Academia Española a través de su Diccionario de la Lengua Española editado en Madrid, 1984, y nos encontramos con que aburrimiento es "cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente de disgustos o molestias, o de no contar con algo que distraiga y divierta", no podemos negar la evidencia y nos vemos obligados a dar la razón a quien califica de esta manera películas como La Soledad.

Sidney Lumet, en su atractivo y didáctico libro Así se hacen las películas, explica cómo se consigue el tempo en la sala de montaje. Los cortes, nos dice el director norteamericano, cambian el punto de vista y, por tanto, mantienen la atención del espectador. Muchos cambios de plano otorgan un tempo más rápido al film. Pero no se trata sólo de variar los planos en una escena, sino también de variar su frecuencia a lo largo de todo el film. De hecho, es este aspecto el más importante, puesto que si mantienes el mismo número de planos en todas las secuencias, el tempo se hará monótono, y «si el ritmo se mantiene durante toda la película, se hace cada vez más lenta». La soledad no sólo está editada con un tempo lento, sino que además, Rosales mantiene los planos hasta la extenuación. Si a este montaje le añadimos la ausencia de banda sonora musical, de cualquier tipo de movimientos de cámara o de cambios de ritmo y juegos con la estructura argumental, que agilicen la narración y proporcionen elementos de distensión que solacen la historia, desde luego, la película produce cansancio y, según quién la mire, se entiende que pueda llegar al fastidio o al tedio.

¿Por qué, entonces, esa acérrima defensa de esta película? Yo creo que el problema de la crítica en esta cuestión radica en cierta falta de humildad, a una cierta autocondición elitista. Considero que se debería reconocer que se trata de un film difícil de ver para el público no especializado y que no se puede medir ni analizar con los mismos parámetros que utilizamos para otras obras. Desde Miradas de Cine siempre se ha querido dar cabida a todo tipo de películas siendo lo más respetuosos, rigurosos y objetivos posibles, dentro de los límites que permite la subjetividad implícita en un comentario crítico. Y teniendo en cuenta el medio en que nos movemos, el cinematográfico, donde se conjugan Arte, industria y entretenimiento, no debemos perder nunca la perspectiva. A la mayoría nos gustan las hamburguesas, y si sus ingredientes son de calidad, la carne está en su punto, y la mezcla de salsas tiene la proporción necesaria, el placer momentáneo que te produce comerla es descomunal. Pero la disfrutamos desde lo que es, una hamburguesa. Y La soledad es una delicatessen, es un plato francés perfectamente cuidado donde cada uno de sus ingredientes está pensado y estudiado de manera meticulosa, y cuya composición y selección de texturas y sabores es fruto de una profunda elaboración. Es un plato con el que sabes de antemano que te vas a quedar con hambre, pero cuyo sabor permanece en el paladar de manera perenne. Y, por lo tanto, su análisis se debe realizar desde otros ángulos.

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Jaime Rosales se nos muestra ya desde su primera obra, Las horas del día, como un cineasta honesto con un estilo perfectamente definido, siendo el suyo un cine pausado y relajado, construido sobre matices. La soledad sigue la vida cotidiana de dos mujeres, Adela y Antonia. La primera, recién divorciada, intentará hacerse un hueco en la ciudad con su hijo pequeño. Antonia, ya anciana, es el soporte y nexo de unión de unas hijas que no saben mirar más allá de ellas mismas. Su dolor, su vulnerabilidad y su lucha pueden ser la de cualquiera de nosotros. Y su soledad, en un mundo compuesto por mecanismos que en vez de unir aíslan, que obstaculizan la comunicación, es la del ser humano contemporáneo. Y para ello Rosales, frente a la saturación de imágenes y movimiento que nos rodea propone quietud y silencio, ante un discurso subrayado y dogmático, él sugiere, escribe con lo que no dice, sin acentuar, sólo mostrando. Hablándonos con las imágenes y recurriendo para ello a uno de los recursos más felices de la película, la polivisión. Esta división que hace de la pantalla en dos partes iguales nos ofrece más información que cualquiera de los diálogos de los personajes. A través de ella Rosales nos muestra su estado de ánimo y su situación en el mundo. Vemos dos ambientes de una misma casa y dos personajes que comparten su hábitat, pero también se nos hace patente la inmensa distancia que les separa. Vemos a dos personajes cenando y donde el plano contraplano se sustituye por este recurso que nos sitúa a uno de perfil y al otro de frente. Los dos conversan de lo mismo, pero la dirección opuesta de sus miradas no deja dudas a su profunda incomunicación. En este sentido, uno de los mejores y más representativos planos de la película es el que se nos muestra a Adela con su hijo en el autobús. Lleno de gente, pero todos visualmente separados por las barras de apoyo que, en numerosas líneas verticales, se nos erigen como auténticas barreras que nos cercan y nos encierran en nuestra propia soledad. Una soledad terrorífica y desesperanzadora, desde donde Adela, con su pequeñín en brazos, observa a un adolescente, metáfora del futuro que está luchando por conseguir para su hijo. Un porvenir que no se hará realidad.

Y así se podría seguir enumerando diversas situaciones similares que el director expresa a través de una cuidadosísima puesta en escena en cuya composición, de una aparente armonía y obsesiva búsqueda de simetría, hallamos otra de las claves de la película. Tanto en los planos dobles de la polivisión, como en los convencionales, la norma general es encontrar un elemento que hace de eje vertical y divide el encuadre en dos partes iguales a la vez que ubica a los personajes a ambos lados del mismo en una disposición casi simétrica. Sin embargo, siempre hay algo, apenas perceptible ya sea un objeto, una línea oblicua o una ligera diagonal sobre la horizontalidad o verticalidad del constante juego compositivo de líneas, que rompe dicha simetría. Es como la vida misma, donde nunca encontraremos la perfección, la felicidad absoluta, habiendo siempre algo discordante. Nuestra obligación será saber vivir con ello mientras seguimos buscando de forma insistente esa perfección, sin detenernos. Porque no hay lugar para ello. Todo avanza. Lentamente pero avanza. Y así se muestran los personajes de La soledad, avanzando paulatinamente, y cambiando de forma gradual, sin darnos cuenta, al ritmo lento de la película, al compás de ese tempo que nos cansa y donde parece que no pasa nada, que todo es igual, que aburre, pero donde, a base de muchos y pequeñísimos matices, evolucionan de tal manera que viéndolos al final, y echando la vista atrás, al principio de la película, se nos presentan como personas completamente distintas. Como cuando Adela vuelve al pueblo y la pantalla nos muestra el mismo doble plano de la casa de su padre con que se la presenta al principio. Pero el encuadre que antes ocupaba la parte derecha de la pantalla ahora ocupa la izquierda, y viceversa. Es decir, nada es lo mismo.

Es por ello, y porque en Miradas de Cine también sabemos que el abuso de hamburguesas es perjudicial para la salud, que recomendamos encarecidamente probar esta exquisitez. Es nuestra obligación defender la variedad de menús en nuestras salas, así como la búsqueda de nuevos caminos. Y más aún cuando, como es el caso, la permanencia de su placentero sabor está garantizada.