A veces el cine es algo simple. Se limita a contar una historia sencilla, entretenida y edificante. Sin planos complicados ni finales crípticos. Proporciona algo que, en demasiadas ocasiones, molesta a la crítica: satisfacer al gran público. Y eso, aunque a veces no lo reconozcamos, tiene su mérito. Pensemos, por ejemplo, en un cineasta como Alfonso Cuarón. El director mexicano ha pasado por múltiples géneros en su interesante filmografía. Y lo ha hecho siempre con rigor y talento. Recordemos la road-movie juvenil Y tu mamá también, la emotiva adaptación de Dickens Grandes Esperanzas, la oscura tercera parte de Harry Potter o el drama futurista Hijos de los hombres. Filmes variopintos que quizás pequen de ciertos convencionalismos, pero que saben tratar a las grandes audiencias con inteligencia. Sin finales edulcorados ni historias manipuladoras.
Tal habilidad por conjugar calidad y comercialidad es extensible a pocos realizadores actuales. Aunque uno de ellos sería, sin duda, el francés Patrice Leconte. A diferencia de Cuarón, el director de Mi mejor amigo es ya todo un veterano en el mundo del celuloide. Con una obra a caballo entre el cine de autor más accesible y los trabajos deliberadamente comerciales, Leconte ha sabido ganarse el respeto de sus compatriotas alejándose de los tópicos asociados a los directores franceses. Distanciado de las premisas de la nouvelle vague —aunque, años después del surgimiento de la nueva ola, llegó a escribir en Cahiers du cinema— e interesado por temas muy variados, el director de El marido de la peluquera ha realizado una carrera inusitadamente coherente. Su nueva película es un paso ligero en su interesante trayectoría. Uno de esos trabajos que se ven con una sonrisa en la boca y que satisfacen tanto al cinéfilo como al espectador ocasional.
El punto de partida de Mi mejor amigo es tan simple como sugerente. François (Daniel Auteuil) es un marchante de arte que, en su madurez, parece haber conseguido todo lo necesario para ser feliz. Una atractiva amante, una gran casa, generosos beneficios económicos, un trabajo con el que disfruta...Pero que, en realidad, no tiene nada. Su carácter distante, prepotente y malhumorado lo han alejado de todos los que le rodean. Y él, tan ciego como egoísta, parece no darse cuenta. Hasta que un día, en una de ésas cenas con los que cree sus amigos, Catherine (Julie Gayet), su compañera de trabajo, le abre los ojos a la realidad. Está solo y, si ahora muriese, nadie iría a su entierro. Una declaración algo pasada de tono con la que, sin embargo, el resto de comensales parecen estar de acuerdo. Obviamente, François negará la evidencia. Por lo que Catherine le retará a presentarse con su mejor amigo en un término de diez días. El que gane el desafío se llevará un gran premio: una valiosa obra de arte. François emprenderá una búsqueda desesperada que le llevará a conocer a Bruno (Dany Boon), un agradable taxista que parecerá apreciarlo tal y como es. La relación entre ambos, llena de altibajos y con muchas escenas cómicas, conformará el eje central de la película en la que François seguirá intentando torpemente encontrar un amigo sin darse cuenta de la desinteresada presencia de Bruno. Aunque, tal como sucede en los cuentos morales, todo acabará bien entre los dos y el protagonista aprenderá una valiosa lección sobre la amistad.

Tal desarrollo con moralina, que tan bien supo usar Frank Capra en sus obras, puede decepcionar a muchos seguidores Leconte. Y es que son tantas las películas -generalmente norteamericanas- que acaban con un empalagoso final feliz que cada vez es más difícil creerse lo que cuentan. Pero es tal la senzillez y honestidad del discurso del francés que uno apenas puede tener motivos de queja. Si bien el filme peca de cierta ingenuidad y de un desarrollo demasiado obvio, la propuesta es ágil y divertida. Quizás se le pueda achacar a Leconte un abuso de ciertos arquetipos —el retrato de personajes se queda lejos del alcanzado por el francés en El hombre del tren o Monsieur Hire—. Pero la figura de François se antoja el perfecto reflejo del peor burgués capitalista. Un tipo más interesado por lo material que por lo emocional al que todos hemos conocido en nuestras ciudades. Un personaje al que, en un atisbo de buena voluntad y optimismo, el director francés le da una oportunidad para ser mejor persona. Y es que alguien que consigue tener un amigo, no puede ser malo del todo.
De todos modos, para tener una visión completa (y algo más realista) de la amistad, hay otra película de esta misma temporada que hará las delicias de los espectadores más exigentes. Se trata de Old Joy de Kelly Reichardt. Un trabajo notable que pasó de puntillas por la cartelera hace unos meses. En esta obra de final abierto, vemos la otra cara de la moneda de lo que cuenta Leconte. Si el francés habla del encuentro, Reichardt nos expone a la pérdida. Dos viejos amigos se reencuentran tras mucho tiempo para realizar un pequeño viaje a las montañas. Uno de ellos confía en recuperar la antigua relación con el otro. Pero la situación ha cambiado. Y por mucho que se esfuerce, la vieja amistad ya nunca volverá. Tras el viaje, no le queda otra que encontrar un nuevo compañero. Y es que por mucho que la amistad surja, como le sucede a los protagonistas de Mi mejor amigo, cabe recordar que no todo dura para siempre. Y eso es lo que Old Joy nos muestra con nostalgia y sutileza.