Dosu, «¿Y ahora que?», concluye la película en un último, enésimo, plano congelado del personaje Kitano, tal vez del autor, disparando insaciablemente, condenado a apretar el gatillo de su pistolón, mientras el resplandor del arma le ilumina el rostro y los casquillos rebotan contra el suelo, iconos ambos, visual y sonoro, del propio individuo recreado en numerosas obras de este autor japonés.
Fellini se sumergió en su 8½ tras una etapa de gloria que abarcaba La Strada y Giuletta de los espiritus. Su catarsis se saldó con una obra maestra que celebraba la creación, que involucraba persona y artista y que reflexionaba sobre la autoría. Con la ayuda de Nino Rota inmortalizó una obra densa que, pese a ser autoreferencial de modo exhaustivo, se abría a numerosas alternativas, en una escena final que integraba la filosofía del autor y de su cinta y que se conserva como emblemática de todo su cine. Woody Allen se inmoló en Stardust Memories. En su particular versión de la apuesta autoral de Felllini, se lanzó de cabeza contra todos, productores, exhibidores, críticos y publico. Quizás el auténtico salto al vacío consistía en dejar atrás a su musa Diane Keaton. Pero, salvo la United Artists (que quebró con esta obra y el mayúsculo tastarazo de la genial Heaven`s Gate), todos ganamos. La belleza de la Barrault y la fugacidad de Sharon Stone se codeaban con el morbo de Charlotte Rampling y la turbadora Jessica Hsarper en una obra divertida, lúcida y decidida que reivindicaba claramente la libertad del autor. Ambos creadores, Fellini y Allen, nos daràn después grandes obras maestras. Satyricon , Amarcord o Casanova, en el caso del primero, una amplia y fructífera carrera en el caso del neoyorquino.
Kitano o Takeshi o Beat Takeshi se ha reinventado con los años. Músico, showman, presentador de televisión (Humor amarillo) actor en películas de culto (Merry Christmas, Mr Lawrence) llega al cine como director y protagonista de violentos thriller para, en los 90, transformarse en el referente nipón de la postmodernidad. Autor de cintas sensibles y a la par vigorosas, Takeshi Kitano se labró un nombre mezclando el género de yakuza y el melodrama con una suerte de metalenguaje cinematográfico, siempre bañado de un humor negro y peculiar, de Hana Bi a El verano de Kijujiro. Brother le emparentaría, tal vez involuntariamente, con el posterior Ghost Dog de Jarmusch y Dolls lo devuelve al Japón más tradicional, sin abandonar su mezcla de tonos. Zatoichi, es su última obra standard, si así se pude llamar a una historia de samurais con toques de comedia e incluso un número de tap dance.

La situación, quizás el problema, radica en que Takeshi Kitano no ha rodado largos en 4 años. Takeshi`s data de hace dos años y se plantea, precisamente, como una reflexión sobre su propia obra. Ahora Kitano se contrapone a sí mismo, reflejado como un autor consagrado y aburrido, que se dedica a perder en el mahjong y a interpretar breves escenas rutinarias que serán completadas por ordenador, con un sosias de sí mismo, empleado de supermercado, que trata infructuosamente de conseguir un papel en el cine. Kitano no se preocupa en tejer una trama y se limita a presentar una serie de anécdotas que, de modo reiterativo, se suceden con mínimas variantes a lo largo de la película. En el momento en que un yakuza moribundo se cruza en el camino del falso Kitano, este obtiene su cargamento de armas y se desencadena una vibrante enrancia argumental, a ratos divertida, aunque en general más bien pesada, sesión de análisis de los tic de violencia en el cine de Kitano. Hay una escena de claqué y otra a cargo de dj para animar la velada, pero el juego de espejos (¿espejismos?) se resiente de la reiteración y, sobre todo, de la superficialidad de la propuesta. Allá dónde Fellini o Allen buscaban el autor y su relación con el entorno, Kitano se limita a quedarse con el personaje. Dónde se permitía una interrelación entre fantasía y realidad, aquí se limita a un intercambio gratuito de lugares comunes.
Takeshi Kitano tiene el valor de enfrentarse a estos caminos sin salida. Al yakuza que dispara a bocajarro, a las playas paradisíacas, a los suicidios, a los chascarrillos o a los tiroteos hiperbólicos. No obstante, se queda a medio camino. Takeshi`s luce un título erróneo, por que no vemos alternativa. Solo hay un Takeshi y un imitador que no plantea variaciones. Tampoco se plantean alternativas. Sólo una mirada, desencantada o, mejor, insatisfecha, del propio autor hacia su obra. Es lo más destacable de una pieza que parece hecha para la reflexión. Aunque ésta tenga lugar sólo en la cabeza de su autor y esté demasiado disimulada entre las imágenes que recibimos. Sin duda, Kitano ha puesto la carne en el asador para retratarse con dureza en esta cinta y para plantearse nuevos caminos. Pero aun no hemos recibido nueva obra y esta última propuesta sigue acabando con una cuestión inquietante, para él y para sus espectadores. ¿Ahora que?