Pedro Almodóvar (Ciudad Real, 1949)

Por Hilario J. Rodríguez

Mucha gente en España todavía recela de la importancia de Pedro Almodóvar; sin embargo, a estas alturas ya da un poco igual lo que pensemos nosotros, porque hay mucha más gente involucrada en su consideración como cineasta. En bastantes países se le ha catalogado como un maestro de la comedia y el melodrama. Yo he tenido que atravesar un largo camino para descubrir sus enormes virtudes, que no se limitan al humor irreverente de sus películas, a sus rocambolescas tramas o a los estrafalarios personajes que las pueblan, sino que también tienen que ver con el cuestionamiento de nuestra identidad nacional, con la dignificación de lo que algunas personas consideran subcultura (folletín, tebeo, rock, moda, diseño) y, muy especialmente, con el valor en un país acobardado por el miedo hacia ciertos tabúes. Durante un tiempo no fui capaz de reparar en el progresivo refinamiento visual de Almodóvar, en su enorme talento como director de actores, en el peso dramático que tienen los colores en casi todas sus películas, en el despojamiento escénico o en la coreográfica presencia de los personajes en el encuadre.

Está claro que, a lo largo de treinta años de carrera, la obra de Pedro Almodóvar ha sufrido bastantes mutaciones y con ella han cambiado sus propias consideraciones estéticas. Quizás por eso ahora él es el primero que prefiere olvidar sus cortometrajes, como si nunca los hubiese realizado o como si fueran un producto de un tiempo que no vale la pena resucitar. Puede que incluso sus primeras películas le resulten tan lejanas que no quiera detenerse a pensar en ellas. Hay, no obstante, quienes nunca han apreciado el cine del director manchego  y, si al principio lo acusaban de torpe o vulgar, en estos momentos reivindican la frescura de Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón (1980), Laberinto de pasiones (1982) o Entre tinieblas (1983).

No cabe duda de que, en sus comienzos, Almodóvar solía trabajar a salto de mata, ensamblando fragmentos hasta que cobraban forma sus largometrajes. Aunque en la actualidad sus dotes como narrador son mucho más evidentes y compactas, no conviene olvidar que en la década de los ochenta el mecanismo anárquico de sus primeras películas ayudó a tomar nuevos rumbos al cine español. A pesar de ello, Almodóvar mostró desde muy pronto una voluntad de madurar. Quiso explorar la realidad con una amplitud de miras mucho mayor en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), Matador (1986), La ley del deseo (1987) y Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), durante uno de los períodos más ricos de su carrera. El enorme éxito internacional de esta último le empujó a iniciar una nueva etapa, en la cual sustituyó a Carmen Maura por Victoria Abril, desligándose del naturalismo de las películas anteriores y abrazando un manierismo que acabó de cimentar su fama y su prestigio, por mucho que, en mi opinión, diese los peores frutos de su carrera, sobre todo en Tacones lejanos (1991) y Kika (1993), en las que sus señas de identidad se difuminaron, dando protagonismo a elementos foráneos en su obra (actores extranjeros, bandas sonoras anacrónicas, vestuarios casi ridículos).

Con Todo sobre mi madre (1999) Almodóvar recuperó el equilibrio y de paso ganó un Oscar a la Mejor Película Extranjera. Su cine entonces se interiorizó, potenciando más las estructuras melodramáticas que las policíacas, hasta alcanzar su punto más alto en Hable con ella (2002), donde demuestra que puede dirigir con igual tino a mujeres y a hombres, aunque en general dé la sensación de sentirse más cómodo cuando los personajes de sus historias son femeninos.

Gusten o no, las películas de Almodóvar han ayudado a destruir ciertas ideas preconcebidas en el cine español. Su continuo cuestionamiento de la identidad y su espíritu trasgresor han servido para ampliar la percepción que se tiene de nosotros en el extranjero, además de obligarnos a algunos españoles a pensar en las limitaciones que impuso la educación que recibimos, unas limitaciones que tienen menos relación con quiénes somos que con quiénes nos gustaría ser y que también ponen de relieve la necesidad de cuestionar nuestro concepto de cultura.