Hay directores para los cuales el cine es una profesión. Viven de él como quien es panadero, médico o maestro. Su salario depende de que elaboren un producto que vender o den un servicio que tal vez enriquezca a los clientes de una u otra manera. Para otros hacer cine es una manera de expresarse o, incluso, una forma de vida. Cabría hablar de un tercer grupo de autores para los cuales el cine no es una opción sino una necesidad. Para ellos el cine es la vida misma. Sus películas son diversas, nada que ver entre sí. Salvo que son la misma savia, la misma sangre, que fluye en sus corazones. Son autores tan dispares como Manoel d’Oliveira, nonagenario en activo, como Joaquim Jordà, que falleció el pasado año prácticamente a pie del cañón y como el nomádico Werner Herzog.
En las historias del cine se habla del nuevo cine alemán de los sesenta. Tanto por voluntarismo historiográfico como por plasmación de una ola de cineastas que surgió con las reverberaciones de la vecina nouvelle vague. Sin pretender discernir ahora si tal nuevo cine existió como movimiento homogéneo, quiero recordar, no obstante, que Werner Herzog rueda desde hace unos 40 años. Y, no obstante, rueda con ganas, captando la esencia de la vida con el afán de los cineastas de este siglo XXi Su cine es bastante simple en apariencia, alejado de grandes tecnicismos, estrategias experimentales (salvo el rodaje con actores hipnotizados de Corazón de Cristal) o superproducciones. . Sin embargo, sus obras se enriquecen por la posibilidad de dobles lecturas. Su cámara nos ha llevado a los extremos del mundo (e incluso a otros planetas, como en la irónica Wild Blue Yonder). De su mano, hemos descendido desde los Andes a la cuenca amazónica (en una de las mejores cintas de los 70, Aguirre, la cólera de Dios), para remontarla literalmente en una épica odisea que llevó un barco de uno a otro valle entre los bosques (Fitzcarraldo). Casi 20 años después, Herzog revisaría el personaje, el actor, el icono de éstas y de otras cintas (Nosferatu, Woyzeck, Stroszek, Cobra Verde), en un documental que revisaba los conflictos que tuvo con Klaus Kinsky actor histriónico y psicópata, que, más que intervenir en sus películas, era la misma esencia de ellas.
Y del mismo modo que no se entendería el cine de Herzog sin Kinsky, no se entendería tampoco sin el giro formal que ha tenido a la vuelta del siglo. Un giro formal nada gratuito en cuanto se anunciaba en su obra previa. Así, el realismo de los documentales tiene un precedente directo en el realismo de las obras de ficción. Herzog rodó realmente en el Amazonas las epopeyas de los dos megalomaníacos. En el caso de Fitzcarraldo, llegó realmente a subir el barco a la montaña. En Grito de piedra, una unidad del equipo siguió el ascenso de un grupo de escaladores a lo alto del Cerro Torre, material que se perdió en plena tempestad durante la bajada.
Lecciones en la oscuridad (1992), El pequeño Dieter debe volar (1997) y Mi querido enemigo (1999) son los sucesivos ejemplos del nuevo rumbo de la filmografía de Herzog. Tres ejemplos en los que se mezcla n realidad y ficción.
En el primer caso, una incursión en los espejismos apocalípticos del Kuwait en llamas tras la primera guerra del Golfo (unas imágenes abducidas en la lamentable Jarhead de Sam Mendes). No hay duda que la eclosión del documental (del docuficción o del pseudocumental, ésta es otra historia) del siglo XXI no se da por generación espontánea y numerosos cineastas menos conocidos que Herzog trabajaron este estilo. Lektionen ins Finsternis tiene tanto de narración, de descenso alegórico al centro del Infierno, como de documental sobre un país arrasado. Little Dieter needs to fly es la curiosa historia de un niño de la Alemania nazi que se fascina por los bombarderos que arrasan su país y que acaba por volar en este ejército y caer prisionero en Viet Nam. La irresistible narrativa que surge de este documental dará paso ahora a Rescue Down, una cinta de ficción (¿es correcto etiquetarla así?) pendiente de estreno. Mi querido enemigo, finalmente, en torno a una relación de amor–odio entre el director y el actor que le ayudó a forjar carrera y fama es un documental con numerosas escenas de thriller en torno a las inesperadas y peligrosas salidas de tono de un divo atípico.
Desconozco obras como Pilgrimage, Wheel of Time y White Diamond, rodadas ya en el nuevo siglo. No obstante, el penúltimo estreno que tuvo lugar entre nosotros, fue una cinta de ficción, Invencible, que seguía tomando en cuenta algunas de sus constantes como las extravagancias y los contrastes de la naturaleza. Una historia de fenómenos circenses, forzudos y adivinos, que se mezclan y se enfrentan con el poder en la Alemania previa al nazismo. Héroes caídos y traiciones en una película que interesaba a ratos, más por sus propuestas y algunas escenas que por la narración en sí misma.
Sus dos últimas cintas son estrictamente Herzog y estrictamente siglo XXI. Wild blue yonder es una broma (demasiado alargada) que mezcla escenas de diversos documentales de la NASA para plantear la historia de otro personaje fuera de lugar. Un extraterrestre que ha debido abandonar su país por inhabitable y que ahora se ve ayudando a la agencia espacial a que los terrícolas se instalen en su planeta de origen. Nómada por encima de todo (como Aguirre, Fitzcarraldo, Cobra Verde o como los escaladores de Cerro de Piedra que se retan a lo largo del mundo), Herzog recoge y mezcla imágenes de diversos ambientes y recrea una historia consiguiendo algunas imágenes auténticamente subyugantes como las supuestamente rodadas en el lejano planeta azul, un planeta que se destruyó para la vida y que debemos recuperar.
Grizzly Man lo tiene todo como película del nuevo siglo. Por una parte su capacidad de innovar a partir de materiales ajenos. Por otra, por la capacidad de estimular y generar la duda en el espectador. ¿Estamos en un terreno ficcional o rea?l. Finalmente, la capacidad de utilizar este material ajeno para efectuar una reflexión sobre el papel del individuo en la sociedad. Para, también, provocar una valoración moral sobre aquellos que se alejan de la misma o de sus convenciones (como el propio Herzog) y valorarlos en los positivo y en lo negativo. Utilizando material ajeno, Werner elabora una de sus mejores y más personales cintas. En primer lugar sigue la historia de un naturalista amateur, Timothy Treadwell, que se adentró en las zonas más salvajes de Alaska durante diversos veranos para estudiar a los osos grizzly y favorecer su protección con numerosas intervenciones en escuelas y televisión. Una vez se descubre su muerte, despedazado por los mismo animales con los que convivió y a los que defendió, Herzog revisa lo andado y mezclando el material de archivo con entrevistas nuevas, desvela un impostor, un inadaptado, adicto a las drogas, que se refugió en un delirio de belleza y perfección. A continuación, en una nueva pirueta, Herzog enasalza (no sin cierta ironía) la vida y los pequeños éxitos (cinematográficos, científicos) de un personaje primo hermano de los protagonistas de sus cintas del Amazonas.
Curioso insaciable, políticamente incorrecto, Werner Herzog prolonga su carrera en este siglo no sólo con afán innovador sino con capacidad crítica y lucidez. Algo que no poseían los cineastas del pasado siglo ni muchos del actual. Algo imprescindible. Como este incomparable autor.