Oliver Hirschbiegel (Hamburgo, 1957)

Por Ramón Monedero

El absurdo del poder

Somos lo que hacemos, o mejor aún, somos lo que nos dicen que debemos hacer. Llegamos a este mundo y nos dicen cual es nuestro papel, qué es lo se espera de nosotros y hasta donde esperan que lleguemos. Luego cada uno puede hacer con su vida lo que le venga en gana, pero por lo general, y salvo recorridos vitales que han hecho historia, uno recorre un camino, como mínimo, apuntado por aquellos que le dieron la bienvenida a este mundo.

Un buen ejemplo de esto es El experimento (Das Experiment; 2001), el primer largometraje de Oliver Hirschbiegel distribuido de manera internacional. Un grupo de científicos decide utilizar como cobayas a un grupo de personas. La propuesta, a priori, no puede ser más simple. Imaginemos una cárcel; unos mandan y otros obedecen. Da igual que no te guste manda u obedecer porque ese es tu rol. El que te ha tocado. Las cosas parecen funcionar con moderada tranquilidad, pero conforme van pasando los días y cada uno se va acomodando en su rol, la atmósfera comienza a cargarse y la tensión a palparse en el aire. ¿Cuál es la nota discordante? ¿Qué es lo que hace que los roles no terminen de encajar en un contexto determinado?

De entrada, cabe reseñar el decorado expuesto por Hirschbiegel, que después veremos, se ha convertido en una constante del director. Un contexto marcadamente claustrofóbico construido en esta ocasión en torno a una cárcel simulada, demasiado limpia como para ser real, pero también demasiado constreñida como para ser soportada demasiado tiempo. Este es, por decirlo de algún modo, el truco de Hirschbiegel, el detonante que el cineasta utiliza para sacar a relucir, lo que al fin y al cabo le interesa; el poder, sus usos y consecuencias más dramáticas.

La pieza que no termina de encajar en ese decorado que supone la cárcel simulada de El experimento, es precisamente el poder. La capacidad de ejecutarlo y la imposibilidad de poseerlo, o mejor aún, de controlarlo. Los que tiene poder, los carceleros tienen demasiado como para poder limitarlo. Los que no tiene poder, los presos, carecen de cualquier atisbo del mismo, tan poco, que apenas puede sobrevivir. Un poder, que en el caso de todos los mortales, nos viene dado por ese azar vital que decide que seamos más o menos poderosos, más o menos dependientes, pero también, más o menos libres.

En lo que viene a concluir, en definitiva, una película como El experimento, es en esa estupidez humana, tan dada a no poder asumir determinadas cantidades de poder. El hombre, por definición, no puede sobrellevar el poder de una forma, digamos digan. Siempre, por inercia, caerá en el pozo de la incompetencia.

Llegado cierto punto El experimento se convierte en una carrera de supervivencia, en un descenso a los abismos del poder. Los que pueden mucho llegan a poder demasiado y los que pueden poco, terminar por poder menos que nada. A jugarse la vida en manos de quien juega con ella.

Es por todo esto, que en buena medida, El experimento sea una película de marcadas connotaciones políticas, porque al fin y al cabo, qué es la política, si no poder sobre el pueblo. Fue precisamente el filósofo francés Jean Baudrillard quien afirmó que la corrupción, no era un grieta del poder, que la corrupción forma parte indisociable del poder, es algo que va de la mano con el poder. Esa es la tragedia humana que tan bien expone El experimento, la desdichada incapacidad del hombre, de sobrellevar un mínimo de poder.

Un alemán diferente

Con cerca de cuarenta años, el cineasta alemán Oliver Hirschbiegel ha dirigido únicamente siete películas, dos de ellas, El experimento y El hundimiento (Der Untergang, 2004), de un sonado y reconocido éxito internacional, y una en fase de posproducción en Estados Unidos con Nicole Kidman como protagonista, The Invasor (2007), una nueva versión del clásico de ciencia ficción La invasión de los ladrones de cuerpo (invasión of the Body Snatcher; 1956) de Don Siegel. Pese a la brevedad de su filmografía, Hirschbiegel han empezado a denotar cierta tendencia por los espacios opresores y los universos marcadamente claustrofóbicos, todo enmarcado en curioso discurso acerca del poder que, al menos hasta la fecha, se ha repetido en toda su filmografía, al menos, la que ha llegado a España.

Oliver Hirschbiegel nació en 1957, en la ciudad germana de Hamburgo, donde realizó sus estudios y donde tuvo sus primeros contactos con el mundo del arte, la fotografía y por extensión, el cine. Ya en la adolescencia, Hirschbiegel comenzó a manifestar un inusitado interés por el grafismo, lo que le llevó a matricularse en la Academia de Artes de Hamburgo. Fue allí, donde Hirschbiegel estudió y comenzó a experimentar con la pintura, el grafismo, la fotografía y el video. De hecho, sus propuestas resultaron tan llamativas y atractivas, que ciertos productores de la televisión alemana se pusieron en contacto con él para que realizara un telefilme de ciencia ficción titulado Das Go! Projekt (1986). A partir de ese momento Hirschbiegel se hizo con cierto renombre en Alemania y algunas de sus películas para la televisión germana, llegaron a estrenarse fuera sus fronteras, como fue el caso de Todfeinde-Die falsche Entscheidung (1998), que llegó a España bajo el título de Amigo mortal.

El experimento fue sin duda la película que le dio a conocer a nivel internacional. Aplaudida en multitud de festivales la película de Hirschbiegel no sólo era una película bien escrita, sino que también estaba bien filmada, es decir, bien narrada. Tras algunos experimentos personales en su tierra natal, Hirschbiegel dio el salto definitivo a la estratosfera del cine internacional con la más que notable El hundimiento, nominada al Oscar a la mejor película extranjera, un premio que le fue arrebatado por Alejandro Amenábar y su Mar abierto (decidan ustedes).

Buena prueba de las notables consecuencias de aquélla exitosa película fue la consabida y cada día más habitual llamada de Hollywood. Nada menos que Joel Silver (el nombre tras la sombra de películas como Demolition Man, Matrix o la serie Arma Letal) pensó en el director de El hundimiento para su nueva película, The Invasion. Hirschbiegel dijo que si aunque, visto lo visto, parece que no sabía muy bien donde se estaba metiendo. Por lo visto parece que una vez Hirschbiegel terminó de rodar The Invasión se hizo el habitual pase de prueba y los resultados no fueron los esperados por Silver, de modo que el productor de Matrix le pidió a Hirschbiegel que rodará unas escenas adicionales, casualmente, todas ellas de acción. El director de El experimento, poco dado a este tipo de peticiones, no accedió a la exigencia de Silver. Acto seguido, el productor de la serie Matrix llamó a los responsables de ésta, Andy y Larry Wachowsky, y les pidió que retocaran la película de Hirschbiegel. Según parece, los hermanos Wachowsky, ni cortos ni perezosos, rescribieron un tercio del guión original y le encargaron a su amigo James McTiegue (V de vendetta, no por casualidad, también producida por Silver), que rodara las nuevas escenas.

Ya veremos que pasa con The Invasión.... En suma, también un problema de poder.

Cegado por el poder

Si ha existido una persona a lo largo de la reciente historia del hombre que más ha soñado con un poder casi ilimitado, ese ha sido sin duda alguna Adolf Hitler. El dictador alemán consiguió sacar a los alemanes de una ruina económica técnica, elevó la moral del pueblo, les hizo creer que eran capaces de dominar el mundo, peor aún, que estaban destinados a dominarlo y que nada, podía pararlos, dado que estaban señalados por algo muy parecido a la divinidad. Hitler estaba loco, que duda cabe, pero su retórica, su poder de convicción y sus ansias de poder, es lo más parecido que ha conocido el siglo XX al Imperio Romano, la civilización egipcia, el dominio musulmán en la Edad Media o el basto imperio que logró Alejandro Magno. Sin duda unas ansias de poder, extremadamente peligrosas. El hundimiento relata los últimos días de Hitler, precisamente aquellos días en los que el Führer veía como su poder se le iba deshaciendo agónicamente de entre las manos. Fueron los días en los que el poder cambio de manos y cuando Hitler descubrió como el poder tiene fecha de caducidad.

Todo esto está expuesto de forma ejemplar por Hirschbiegel en un entorno, de nuevo, claustrofóbico, como si de un lento y retorcido descenso a los infiernos se tratase. Pasillos atestados de gente, oficiales nazis deambulando de un lado a otro en busca de una solución que el propio Führer no puede o no sabe proporcionar porque es el único que no ve, o que no quiere ver, que el poder ya no es propiedad de los nazis.

Hacer una película sobre una figura histórica como Aldolf Hitler, resulta paradójicamente algo similar a hacer una película sobre Jesucristo. Son las dos caras de la misma moneda, el ser humano, aunque en posiciones completamente opuestas, pero la consecuencia es diametralmente la misma; la polémica. Ya se hable del Rey de los judíos o del dictador alemán, parece que se tienen que decir ciertas cosas asumidas por todos y que mantener ciertos mitos compartidos por todos si no se quiere molestar a nadie y que todos sigan viviendo en su burbuja de realidad, para ellos, hipotéticamente inalterable.

Oliver Hirschbiegel osó decir en su película El hundimiento que Hitler no fue un monstruo, sino un ser humano, motivo más que suficiente para que algunos sectores claramente despistados (o directamente fundamentalistas) en Alemania, tacharan al film de Hirschbiegel de nazi. Resulta curioso no obstante, que haya que seguir cultivando esa idea infantil de que Hitler fue un monstruo, tal vez porque no queramos admitir, que lo verdaderamente espeluznante de un personaje como Adolf Hitler es precisamente, que fue un ser humano, como si para algunos, Hitler descansara en un ataúd por las noches y por el día se alimentara de sangre humana. Nos guste o no, Hitler fue un hombre, como tu y como yo. Probablemente loco, pero un hombre al fin y al cabo. De este modo, cabe preguntarse, ¿hasta donde puede llegar un hombre por un ideal cuando es esclavo de la locura?. Hirschbiegel lo tiene muy claro, hasta el infierno.

En El hundimiento Oliver Hirschbiegel nos presenta a un Hitler en el ocaso de su imperio. Un hombre envejecido, que oculta su mano porque empieza a dar signos de parkinson, un hombre que ya no es el símbolo que había sido solo unos pocos meses antes, un hombre como apuntaba líneas arriba, presa de su propia locura. De este modo Hirschbiegel nos permite el lujo de penetrar en las entrañas del nazismo en una posición de garantizada seguridad. Haciendo acopio de una sobrada habilidad a la hora de dotar a sus películas de una atmósfera enrarecida, de cierto aire de pesadilla, como ya hizo en El experimento, Hirschbiegel nos retrata los últimos días del nazismo en el bunker donde Hitler terminó por suicidarse.

De todos modos, Hirschbiegel no pretende dar lástima ni nada parecido, ni que nos compadezcamos del terrible dictador alemán, el director de El experimento prefiere acercarse al Hitler más humano, para de ese modo, darnos mucho más miedo. Ver al dictador (interpretado por un soberbio Bruno Ganz) comiendo en un triste y frío comedor de su bunker, felicitando a la cocinera por su buena mano en los fogones, o dando de comer cariñosamente a sus perros. Se trata en suma de una forma muy valiente de acercarse a Hitler, y de hacer pensar al espectador, como es un monstruo real en su intimidad, con los suyos. Como tú y como y yo. Y eso es lo realmente pavoroso del asunto.

A todo esto Hirschbiegel logra imprimirle a El hundimiento un particular tono visual, presente en la textura, en el peso de las imágenes, plagada de tonos grises y oscuros, como un manto de ceniza que cubriera el celuloide de la película. El tono mortecino, casi de sutil alucinación que empapa El hundimiento es una de las mejores bazas eminentemente visuales del film para dotar a ese personaje que fue Adolf Hitler, de una especie de —hora si— aura vampírica, en el sentido de que empapa de mal todo su entorno, hasta el extremo de que aquellos, que han quedado embriagados ante la presencia del Führer, decidan seguirlo hasta la muerte, aunque no supieran exactamente, que era eso del nacional socialismo.

Desde luego, para Hirschbiegel,  hay algo verdaderamente monstruoso en la figura de Adolf Hitler, aunque eso emane de la propia humanidad del personaje. Tal vez, ahí resida una de las muchas paradojas que conforman la existencia humana.