Dentro del más que errático panorama en el que se encuentra el actual cine europeo, la figura de Jean Pierre Jeunet aparece como un insólito haz de luz en una oscuridad que, desde hace casi cincuenta años, es cada vez más y más espesa. Si resulta difícil, por no decir casi imposible, atisbar una mirada diferente en el estado cinematográfico de un continente que divaga, constantemente, entre un tipo de obras de improbable arraigo social (desde un prisma sempiternamente burgués en la mayoría de los casos) o de retratos personales superficiales e irritantemente pretenciosos, debe ser, por ello, más que evidente poder apreciar en toda su dimensión los elementos que conforman la personalidad artística de Jeunet y, a la par, valorar en su justa medida una filmografía, no por escueta (solo cinco largometrajes en dieciséis años), menos original y fascinante.
El cine de Jeunet, todo hay que decirlo, no parte de elementos especialmente novedosos, ni plantea nuevos derroteros por los que pueda ser seguido y/o imitado. Por el contrario, sus films no dogmatizan, no establecen ningún tipo de quiebro vanguardista en el que sustentar sus propuestas. Su origen, por consiguiente, se encuentra en dos aspectos clave: por un lado, en la humildad de una narración sorprendentemente tradicional, poseedora de una estructura muy marcada y en la que la simplicidad se convierte en la única metodología a seguir. Los personajes que pueblan sus películas (incluso en un film, a priori, “diferente” como puede ser Alien. Resurrección) son seres simples en su marcada inocencia, ya sea en una obra coral como Delicatessen o en un film más personalizado como Amélie. Muy a pesar de sus rasgos psicológicos (a veces cercanos a la psicopatía) o de que sus actos se encuentren ocasionalmente teñidos de crueldad, éstos seres poseen una visión del mundo totalmente infantil en la que los impulsos más primarios, la no distinción entre la realidad y la imaginación y la necesidad de rebelarse ante lo que creen injusto o inadecuado (incluso contra algo tan inmutable como el mismo destino) los acaban acercando al terreno de la fábula, a unos rasgos desvinculados totalmente de la realidad y únicamente posibles en la fantasía de Jean Pierre Jeunet. Ante ello, se hace necesario la consecución de una narrativa que se defina por su sencillez, sin ambages argumentales o complejidades gratuitas. Una narrativa perfectamente cohesionada con sus personajes y que refuerce el aspecto imaginario planteado.
Sí es cierto que, observando su filmografía con un mínimo detenimiento, hay una escisión muy marcada entre una primera etapa que comprendería sus dos primeros films con Marc Caro (Delicatessen y La ciudad de los niños perdidos) y sus dos últimas producciones en solitario (Amélie y Largo domingo de noviazgo), quedando Alien. Resurrección como una “película-bisagra” entre ambos períodos. La diferencia sustancial es una subrepticia negrura en sus obras con Caro que, aunque poseen todos los elementos citados más arriba, adquieren un extraño pesimismo en sus líneas generales. Tanto el escenario postapocalíptico en el que se desarrolla Delicatessen como el clima de pesadilla infantil que domina todo el metraje de La ciudad de los niños perdidos parecen colocar esta etapa dentro de un marco mucho más cerrado. Las situaciones, menos estilizadas, se dirigen hacia un surrealismo de fondo o un espectro conceptual elegíaco, en el que la muerte se establece en un turbador primer plano. Ello será, posteriormente, dinamitado por el propio Jeunet con el emotivo epílogo de Largo domingo de noviazgo, en el que la oscuridad reinante a lo largo del film queda anulada merced a una secuencia final resplandeciente y casi onírica, lindante con una obsesiva irrealidad.
El otro aspecto digno de reseñar al hablar de Jeunet es, sin ningún genero de dudas, su arrebatadora capacidad visual. La utilización, siempre coherente, de un conjunto de imprevistos visuales que tienen sus raíces más directas en el mundo del cómic, así como en un trabajo de cámara poderoso que aprovecha el espacio (sea o no virtual) hasta sus últimas consecuencias, doblegándolo y transformándolo según los requerimientos y el estado anímico de los personajes. Cabe decir, a tenor de ello, que Jeunet tampoco revoluciona ninguna coyuntura formal, pero sí consigue reciclarlas y acomodarlas a sus propias necesidades. Es decir, el cineasta se sirve de modelos ya establecidos, de ello no cabe la menor duda. Modelos que, en más de una ocasión, son esencialmente opuestos entre ellos mismos, pero cuya hibridación da como resultado un arquetipo único. La originalidad visual en el cine de Jeunet es, por tanto, fruto del contraste, de la fusión obligada de un conjunto de factores o tendencias estéticas diferenciadas, a las que el talento del francés otorga una complementariedad, sin duda, novedosa y profundamente edificante. De igual manera, la oposición entre la sencillez narrativa y la dificultad formal acaba por otorgar al estilo del cineasta un extraño halo de interdepencia en el cual la historia acaba por parecer más compleja de lo que verdaderamente es y la puesta en escena más sencilla de lo que es en realidad.
Aún a pesar de su espaciada filmografía, Jeunet se ha convertido por méritos propios en uno de los cineastas con mayor personalidad del continente europeo. Un director que sabe apartarse, conscientemente, de una cinematografía rancia y en evidente decadencia y crear un cine muy personal sin necesidad de aburrir a nadie.