Los primeros años del nuevo siglo no han sido muy generosos con este excelente cineasta irlandés. Por una parte, aunque comenzó la centuria partiendo de un extraordinario filme, El fin del romance (The end of the affair; Reino Unido-EE.UU., 2000), tan sólo ha terminado otros dos largometrajes en estos casi siete años, y no de los más reputados de su trayectoria. Por otro lado, Jordan es uno de esos autores que no tuvo precisamente suerte al ser relanzado a la fama y el prestigio internacionales a través de la excelente Juego de lágrimas (The crying game; Reino Unido-Japón, 1992), lo que ha ido redundando en un imparable desprestigio crítico inmerecido; y es que aquella película se encontraba fuera de lo habitual y seducía mediante su intensidad emocional, el empleo de la música desde una óptica del contrapunto y una sólida construcción de personajes, sobre todo en lo que concierne a su mapa emocional; sin embargo, pudieron leerse en aquel momento demasiadas palabras de loa al filme como una fábula ideológica en relación a la trama relacionada con el IRA que se encontraba como telón de fondo y, por cierto, tratada también desde un punto de vista fundamentalmente emotivo; eso, unido al precedente de Danny Boy (Angel; Irlanda-Reino Unido, 1982), donde también comentaba la realidad irlandesa y, sobre todo, al interesante pero excesivamente denso Michael Collins (Michael Collins; Reino Unido-Irlanda-EE.UU., 1996), provocó que enseguida se le colocase una etiqueta ideológica y de creador comprometido con determinado tipo de cine político. Como esa valoración se encuentra bastante lejos de la realidad de su obra, probablemente haya decepcionado a muchos con películas como Desayuno en Plutón (Breakfast on Pluto; Irlanda-Reino Unido, 2005) que, aunque fallida por excesivamente fragmentaria y, a ratos, excéntrica, es una película llena de vida, estéticamente arriesgada e incluso original en algunos detalles.
Neil Jordan es un cineasta que se caracteriza, sobre todo, por la fuerza de sus imágenes y por su interés hacia personajes lejos de lo convencional. El primero de los aspectos lo podemos encontrar en los dos filmes importantes del periodo, tanto en El fin del romance como en Desayuno en Plutón y, en ambos, podemos encontrar elementos comunes y que ya vimos en otras de sus obras emblemáticas: el empleo coreográfico de la música, que se adapta como un guante a las imágenes, el ritmo del montaje que marca desde el principio el tono de ambos filmes y unas narraciones que invitan desde el primer plano a ir descubriendo con avidez el resto de la trama. Cuando Jordan era considerado eminentemente como un director de cine fantástico, gracias sobre todo a la mítica En compañía de lobos (The company of wolves; Reino Unido-EE.UU., 1984) y, más tarde, a El hotel de los fantasmas (High spirits; Reino Unido-EE.UU., 1988), Entrevista con el vampiro (Interview with the vampire: The vampire chronicles; EE.UU., 1994), y Dentro de mis sueños (In dreams; EE.UU., 1999) es quizá cuando se ha estado más cerca de entenderle. Y es que hay mucho de fantasía en esos pajarillos que comentan cantando -en lo que es un divertido recurso brechtiano para distanciar al espectador- los hechos fundamentales de la vida del/la protagonista de Desayuno en Plutón, o en las imaginaciones de lo que hubiera podido ser y no fue para los amantes de El fin del romance o incluso en el doble plan que idean los atracadores de El buen ladrón (The good thief; Francia-Reino Unido-Irlanda-Canadá, 2002).
Probablemente se haya ganado con merecimiento uno de los calificativos menos deseados por un cineasta: irregular. Pero la importancia de su cine será mayor en el siglo que acabamos de empezar que en el que ya acabó; en cierto sentido -y su tendencia fantástica es coherente con ello- Jordan siempre ha realizado un cine adelantado a su época. Se puede decir eso del concepto de género fantástico y de terror que emplea rodando En compañía de lobos, de las interdependencias culturales con que juega en Mona Lisa (Mona Lisa; Reino Unido, 1986), de los dos personajes de sexualidad fuertemente ambigua que protagonizan Juego de lágrimas y Desayuno en Plutón o, en general, del hábil y personalísimo trabajo con la música como en El fin del romance, con un inmejorable Nyman que, no lo neguemos, compone música más del futuro que del pasado. Con los dos pies en este nuevo tiempo, Neil Jordan se avecina como un cineasta que está preparado para ofrecernos agradabilísimas sorpresas en el futuro, mayoritariamente positivas y, muy probablemente, alguna de ellas escondiendo esa obra redonda que todavía no ha firmado.
A la hora de alabar el pasado de un cineasta y confiar críticamente en su futuro, conviene ser lo más objetivo posible y no hay que obviar que tanto El hotel de los fantasmas como Nunca fuimos ángeles (We’re no angels; EE.UU., 1989) son dos obras absolutamente olvidables que, a ratos, resultan realmente difíciles de soportar. Hablan bien del cineasta sólo desde un punto de vista que, no siendo menor, es insuficiente para hablar de estos dos filmes con un mínimo sesgo positivo: el riesgo que asume en ambos proyectos y que, por cierto, es el que asume en todo lo que rueda. Dicho de otro modo, Jordan nunca deja indiferente y eso siempre es positivo. Lo extraño de estas dos películas no es sólo que poseen tramas que rayan en el absurdo más insostenible, sino que teniendo en sus repartos actores consagrados como Peter O’Toole, Robert de Niro y Sean Penn contienen algunas de las interpretaciones más sonrojantes que uno haya presenciado en la pantalla; probablemente tenga mucho que ver con el hecho mismo de que fueran estrellas, pues no parece casual que Jordan haya obtenido los mejores resultados trabajando con actores parcialmente conocidos o totalmente desconocidos. Dos filmes, en fin, para olvidar cuanto antes, aunque aporten luces sobre el cineasta y argumentos de reflexión sobre su obra para los que no disponemos aquí de más espacio.
Un capítulo particular merece Entrevista con el vampiro, ya que se trata de una película que pudo tener todos los elementos para ser un rotundo desastre y que Jordan elevó a la categoría de filme formalmente excelente y globalmente notable. Antes que nada, hay que leer la interminable, reiterativa y excesivamente prolija novela de Anne Rice para entender el buen trabajo de adaptación que supone la película. En segundo lugar, resulta fundamental entender desde el principio el ambiente gay en el que quiere desarrollarse el filme, retomando fielmente la ambigüedad de la obra de Rice, pero rodando escenas tan atrevidas como el orgasmo simultáneo de Lestat (Tom Cruise) y Louis (Brad Pitt) cuando el primero absorbe la sangre de la muñeca del segundo; el filme, que nos presenta un atrevimiento sexual inaudito en la época, tampoco se queda corto al mostrarnos una sugerida relación pederasta con Claudia (Kirsten Dunst). En tercer lugar, y abundando en lo que decíamos antes, resulta ejemplar y espectacular el empleo de la música vibrante de Elliot Goldenthal, que convierte algunas escenas en verdadera coreografía; lo mismo para el inmejorable partido que se extrae de la magnífica fotografía de Philippe Rousselot, logrando ese ambiente malsano, sórdido, casi enfermo. Lástima que los excesos narrativos, algunas excentricidades por parte de los actores y el poco empuje de la trama original en su tramo último impidan que la película sea realmente excelente. En cualquier caso, el filme desmiente que el cine realizado por Jordan en Estados Unidos sea tan inferior al realizado en Irlanda; diferenciación, por cierto, muy típica de algunos análisis superficiales, puesto que prácticamente todo su cine está co-producido por Estados Unidos y Reino Unido.
Resulta curioso que las últimas tres películas de Neil Jordan, las realizadas precisamente desde 2000 hasta 2007 estén basadas en textos literarios. Se trata de una tendencia clara dentro de su cine, ya que desde sus inicios (aunque Nunca fuimos ángeles está inspirada en un obra de teatro de Albert Husson) se había decantado por realizar los guiones de sus propias películas; sin embargo, desde Entrevista con el vampiro sólo ha firmado el guión original de Michael Collins. Quizá el propio cineasta acabara por convencerse de que era mejor director que guionista, pero lo cierto es que despreocupado de las labores de la escritura ha logrado excelentes resultados. En El fin del romance adapta una novela de Graham Greene y, en cierto modo, hace un remake del filme de Edward Dmytrik basado en la misma novela y titulado en España Vivir un gran amor (The end of the affair; Reino Unido, 1955); en El buen ladrón ocurre algo parecido, al adaptar él mismo el guión realizado por Auguste Le Breton y Jean-Pierre Melville para el filme dirigido por este último y titulado Bob le flambeur (Francia, 1955); y, por fin, en Desayuno en Plutón adapta la novela de Pat McCabe. No sabemos si el camino de Neil Jordan continuará por ahí, aunque los datos que hay sobre sus próximos proyectos (el relato interracial The brave one, con Jodie Foster y el thriller de ciencia-ficción A killing on Carnival Row) parece que apuntan a guiones originales. En cualquier caso, y esta es otra de las características del cine de Jordan que lo hace especialmente fascinante en este inicio de siglo tan marcadamente impersonal, el cineasta irlandés se implica tanto en sus proyectos que está asegurado encontrarle en todos ellos, por más que su mano no haya escrito una sola palabra.
El cartel de Desayuno en Plutón (donde destaca la sombra de un personaje irreconocible sobre un fondo azul cielo y portando un paraguas rosa), su tema (la compleja vida de un hombre abandonado desde la niñez que descubre enseguida su lado femenino y se viste como una mujer) y el innegable riesgo de su puesta en escena (el protagonismo de una música divertida y atrevida, los pájaros que comentan la acción de los humanos, el empleo del color, etc.) quizá sean un paradigma de lo mejor que hemos visto hasta el momento de Jordan y de lo que cabe esperar de él en el futuro, aunque el resultado final del filme nos sepa a poco. Las canciones de amor que anuncian un secuestro terrorista y la bella mujer que acaba siendo un hombre en Juego de lágrimas, el barroquismo incontenible de luz, color y sangre en la siniestra y muy homosexual Entrevista con el vampiro, la visceralidad política y la precisión de las palabras con que se defienden las ideas en Michael Collins, el arrebatador romanticismo con el que los personajes de El fin del romance imaginan, bajo la lluvia y sobre la bellísima música de Nyman, la vida de amor que pudo sustituir a la actual existencia de resentimiento o, en fin, el colorismo que enmarca al drama de Desayuno con Plutón, son marcas de la casa de un cineasta que está por rodar su gran obra. En ella, con total seguridad, encontraremos ese sentido del espectáculo en la puesta en escena mientras los intérpretes, magníficamente dirigidos, describirán, con palabras exactas y diálogos precisos, la intimidad de unos sentimientos nada convencionales.