1Finlandia, fronterizo a Rusia, Suecia, o Noruega, es otro de tantos países de la Unión Europea. Los inviernos son fríos. Tiene 5.250.000 habitantes, aproximadamente, por supuesto, y Helsinki es su capital. Los principales sectores económicos son la industria de la madera, o el metal, entre otros. Para mí, sigue siendo otro de muchos países desconocidos, de los que apenas puedes ver imágenes en algún informativo, suponiendo que haya sucedido algún acontecimiento especialmente relevante, estáticas instantáneas en alguna revista más o menos prestigiosa, o imágenes que poco o nada tienen que ver con las calles por las que caminan los finlandeses adornando agencias de viaje. Finlandia sigue siendo como Japón todo un misterio para mí. Y sin embargo he viajado en muchas ocasiones a Helsinki y a Tokio. Ya bien sea por desidia, comodidad, ignorancia, sería incapaz de responder a quien me preguntara por la ideología del partido político que gobierna en Finlandia, cuáles son las preocupaciones de un finlandés medio, cual es el idioma más hablado en las calles de Helsinki. Posiblemente si visionase un documental sobre este país, sus gentes, sus costumbres, su cultura, no reconocería las calles por las que camino desde hace varios años. Después de ver Lost in translation (S.Coppola, 2003), me sentí por un momento perdido, desconcertado, como Bill Murray, ¿esa ciudad de chillones neones es la misma que he visitado? ¿Puedo reconocer Japón, el Japón al que me he asomado en tantas ocasiones, en las calles que filma Kawase, Yang, o Miike? La construcción de un lugar imaginario. El Japón de Yasujiro Ozu, que desde luego era un país de mentira, construido-(re)formulado a partir de sus vivencias, su sensibilidad, sus decepciones. Un espectador contemporáneo japonés, estoy convencido, en poco o nada podrá reconocerse en las hermosas imágenes del cineasta, pero para mí ese Japón será siempre el verdadero. Aún queda algo de ese romanticismo de los tiempos de Julio Verne de descubrir-construir-imaginar, a través del arte, fantásticos lugares lejanos; sin embargo han transcurrido muchos años, y hemos perdido esa deliciosa ingenuidad; ahora la ficción nos habla de miradas, de desencantos, de anhelos, de tristezas y no de valientes marineros enfrentados a gigantescos pulpos. La mirada de Chishu Ryu, la mirada de un país que se ha esfumado. Puedo amar las calles de Mizoguchi, las de Naruse, o tal vez las de Imamura, pero en realidad sólo existe un Japón verdadero y es el de las películas de Yasujiro Ozu. Más complejo me resultaría decidir cual es el París ficticio, posiblemente sería una amalgama de muchos, el de Clair, el de Truffaut, el de Godard, el de Eustache. No tendría duda sin embargo para responder por que calles de Finlandia he deambulado, y a que personajes me he encontrado. La Finlandia ficticia de Aki Kaurismäki, en realidad la única que he conocido. Las calles de este Helsinki están a contraluz, cubiertas de sombras. Predominan en ellas hermosas tonalidades azules, o amarillentas; en otras ocasiones me descubro envuelto en un bellísimo blanco y negro cubierto del humo de cigarrillos. Una profunda melancolía, soledad recorre cada una de las esquinas de esta particular ciudad de celulosa. Los personajes que la habitan deambulan sin rumbo fijo, acompañados por una botella de vodka, y un sempiterno cigarrillo en la comisura de los labios. Podemos encontrar a un hombre sin pasado, a un basurero enamorado, o a una joven que trabaja en una fábrica de cerillas. Tal vez podamos descubrir en todos ellos planeando la sombra de un entristecido Buster Keaton, y es que estas calles por paradójico que pueda parecernos están cargadas de un incisivo sentido del humor (no será extraño observar como a un patoso atracador se le cae la pistola al suelo mientras apresurado entra a un banco a cometer una fechoría). Silencio, el silencio cobra cada vez mayor protagonismo, y apenas se rompe al aparecer de pronto un inolvidable tango de hace muchos años, o un estruendoso rock interpretado por un inefable grupo de cowboys que ya no sabe donde emigrar. La mirada de Kaurismäki es la de los perdedores, la de las sombras que caminan todos los días rumbo al trabajo o a ninguna parte en una gran ciudad, la de las miradas robadas, la de las caricias torpes a las muchachas, la de silencios frente a una copa en un bar, la de pensar que el mañana quizá no traiga algo mejor, la de las desilusiones.
2Aki Kaurismäki, junto con el más irregular Takeshi Kitano, con el que comparte no pocas constantes, desde una cada vez mayor austeridad narrativa hasta un sentido del humor que en mucho es deudor de la obra de los cómicos del cine mudo, es posiblemente el único cineasta contemporáneo que ha conseguido, construir a través de sus películas todo un universo propio, que conforme se va completando film a film va adquiriendo una mayor solidez y complejidad, de manera que ya resulta prácticamente imposible no reconocer visionando sus imágenes una calle, o un personaje kaurismäkiano. Su mirada, cada vez más minimalista, más austera, más despojada de artificios, utiliza brillantemente los géneros, especialmente el melodrama, aderezado con unas inconfundibles notas de humor para componer con sus películas, que casi podríamos denominar cuentos o fábulas, una de las más acertadas radiografías de la Europa contemporánea en general y del proletariado en particular. Este heredero de los Yasujiro Ozu, Robert Bresson, o Carl T. Dreyer, se nos antoja casi un suerte de estilita moderno, de revolucionario de la imagen en movimiento, de poeta perdido en una época ajena. Es la suya una mirada voluntariamente aislada, de vocación minoritaria. Filma tan sólo lo que le importa, lo que le emociona, ajeno completamente a modas, discursos, o movimientos. Es la obra de un irreductible. Dentro de una Europa cinematográfica que funciona por individualidades aisladas, podríamos hablar de Sharunas Bartas, Aleksandr Sokurov, o Bela Tarr, Aki Kaurismäki resulta el cineasta más notable, el más próximo, por paradójico que pueda resultar, quien mejor ha encontrado y desarrollado un lenguaje propio, uno de los autores más a contracorriente de los últimos tiempos, la imagen ha ido ganando cada vez más importancia en su filmografía, la palabra poco a poco ha ido dando paso a los silencios, por tanto no resulta extraño que haya acabado filmando una obra a la manera del cine mudo, Juha (1999), particular revisitación de una novela que ya había dado varios clásicos de la cinematografía finlandesa. Su cine resulta especialmente sugestivo y necesario en una época de absurdas superproducciones, y aburridos títulos con vocación de autor, en años en que una forma de expresarse a través del cinematógrafo parece cada vez más lejana y ajena. Las miradas de gente como Godard, Rivette, Resnais, Antonioni, o Bergman, si bien siguen teniendo una relativa importancia en el plano teórico, parecen chocar, no tener en realidad nada que ver con la sensibilidad de un espectador de hoy en día, y estar más destinada, desde un hipotético gueto intelectual, a una determinada élite, no debemos olvidar tampoco que estos cineastas, convertidos en clásicos, son supervivientes de los años 50-60, de ahí lo fundamental de la aportación de Kaurismäki, un director, que si bien tiene mucho que ver con una determinada moral fílmica, y es indudablemente rechazado por lo que podríamos entender por gran público, surge a mediados de los años 80, y a día de hoy está realizando sus grandes trabajos, no resulta exagerado afirmar que su último film, Luces al atardecer (Laitakaup ungin valot, 2006) es junto con su anterior Un hombre sin pasado (Mies vailla menneisyyttä, 2002) , uno de los títulos más importantes realizados en Europa en los últimos años. Junto con su hermano, el nómada Mika, cineasta con una filmografía, a excepción de determinados aciertos parciales como Tigrero: a film that was never made (1994) o Zombie y el tren fantasma (Zombie ja kummitusjuna, 1991), en exceso irregular, Kaurismäki, indudablemente de forma involuntaria se convierte en la figura más representativa, en la mirada más reconocible, del cine finlandés, lo cual en principio podría parecer contradictorio. Estamos ante un caso similar al de Theo Angelopoulos en Grecia. Dos cineastas de miradas muy personales, muy “herméticas, parecen marcar las señas de identidad de las cinematografías de sus países de origen. Así, para un espectador europeo, inclusive mundial, parece chocante, obviando lo pintoresco de la propuesta, encontrarse con una comedia policíaca griega, o un musical romántico de final feliz finlandés. Por supuesto, el cine de estos dos autores, supera barreras nacionalistas, sus miradas van mucho más alla, pese a tratarse de dos autores de marcadas raíces culturales autóctonas; la filmografía de Kaurismäki es en esencia profundamente finlandés pero posiblemente nada tiene que ver con el grueso de films que se realizan en este país en un año. El prestigio del cineasta, hace que con mayor o menor dificultad, y con cierta regularidad, sus films accedan a las pantallas españolas con relativa facilidad, y que incluso buena parte de su obra se edite en DVD. Sin embargo, prácticamente ningún otro autor finlandés ha conseguido cierta notoriedad entre nosotros, tal vez Mauritz Stiller, si bien toda su obra se desarrolló entre Suecia y Estados Unidos. Poco o nada sabemos de la obra de directores como Tapiovaara, autor de la segunda adaptación de Juha en 1937, y todo un punto de partida para Kaurismäki y su adaptación, Kurkvaara, o Kassila. Al igual que por ejemplo Hungría, Finlandia en muy pocas ocasiones ha tenido ocasión de asomarse a nuestras pantallas, se plantea pues una cuestión interesante, ¿hasta que punto funciona la distribución en Europa si no tenemos ningún problema para visionar en una sala de cine cualquier film mediocre norteamericano mientras que el cine finlandés, griego, o rumano continua siendo todo un desconocido para nosotros? Personajes ajenos, mientras tanto, a estas cuestiones que en realidad tan poco tienen que ver con el trabajo de un director de cine, como Iris, Nikander, Ilona, o Koistinen, a los que han dado vida en infinidad de ocasiones, el desaparecido Matti Pellompää, Kati Outinen, o Kari Väänänen, recorren las calles de un Helsinki silencioso, entran en un bar y toman otra copa antes de macharse a casa.