Lo cotidiano siempre ha resultado problemático en el mundo del cine. Autores y teóricos suelen tender a menospreciar este segmento básico de la vida, porque si es de lo cotidiano de lo que hablamos parecería que toda complejidad, que todo artificio, que todo discurso queda fuera de juego, resulta innecesario ante lo que la realidad, de la manera más directa que podamos conseguir, pueda ofrecernos. Nada más falso que este planteamiento, por supuesto. Hoy sabemos que todo es artificio, tanto si es documental como si es ficción. Que la noción de realidad implica subjetivismo, manipulación, juego. Que todas las corrientes realistas que en el cine han sido dependen de la imaginación tanto como de la memoria que hasta no hace mucho se ha supuesto era la primera verdad estética. Todo es ilusión, y, sin embargo...¿acaso no es posible seguir utilizando términos como realidad, memoria, verdad, documental, costumbrismo, naturalismo, neo-realismo, o cotidianeidad?
Cineastas como Chris Marker son responsables y no poco en este cambio de punto de vista sobre la realidad. Con las técnicas del cine directo, del documental, del reportaje, del film-entrevista, etc., ha sido uno de los puntales que en Francia, en Europa, han socavado todas las fronteras habidas entre ficción y documental, entre realismo y fantasía, creando un complejo subjetivismo que no ha dejado de interesarse por esos dispositivos creativos llamados memoria, realidad, verdad. Su etapa fílmica primero, y después su etapa multimedia, han ahondado sin tregua en esa línea en donde todo se confunde, todo se mezcla, dejando entrever aquello que de ficción hay en el documento, y viceversa.
La historia del cine podría entenderse precisamente así, como el progresivo acercamiento a una realidad que se sabe mediatizada por el yo del autor, para encontrar una formulación a todas luces personal, pero universal en tanto que se consiga una representación de la realidad (por metafórica, conceptual o artificiosa que ésta sea), que es reconocida por otras personas como la expresión más válida posible de aquello que se muestra. Pero además, y a pesar de las varias sepulturas a las que ya se ha sometido a la realidad como elemento dotado de significación estética, ésta siempre acaba por reaparecer irónicamente como un fantasma que nos recuerda aquello que aunque lo olvidemos momentáneamente siempre vuelve, a saber, que la cámara cinematográfica consigue un registro físico de lo real tan austero y ascético que todo adorno, todo embellecimiento artístico, acaba por resultar excesivo y, por lo tanto, prescindible. Incluso cuando lo que se retrata es un mundo onírico, o fantástico, como en el caso de un Andrei Tarkovski, o de un Federico Fellini, el uso de la cámara por parte de estos cineastas es de un respeto, de una sencillez expositiva ante lo retratado, que al margen de lo manierista de la fotografía, o de lo barroco de la escenografía, el estilo visual sigue siendo profundamente realista.
Con Marker pasa algo parecido. Su formación filosófica y fotográfica, que tiene un peso específico en toda su obra, no resta importancia a la labor de atrapar la realidad de una manera veraz, que siempre ha estado presente en su filmografía. Más allá de etiquetas, de si cine-verdad o de si cine-directo, o sin importarnos la taxonomía de la que queramos partir, lo cierto es que los ducumentales, los films-ensayo, las obras colectivas más o menos militantes, los reportajes de lugares y personas (incluyo animales) que Marker ha ido realizando a través de su vasta producción, han intentado siempre un acercamiento lo más cotidiano posible a la realidad filmada. Ya en el empleo de figuras retóricas como la tarjeta postal y la carta, Marker remite a una inmediatez, a una intimidad, que permita un lenguaje confidencial, de tú a tú, que acerca al espectador a las imágenes y sonidos que se le presentan. La grabación de elefantes en su paseo cotidiano, de su gato doméstico mientras escucha una música en el estudio de trabajo del propio Marker, el testimonio del trabajo de un artista en plena calle, o la complicidad de un día de rodaje de algún amigo cineasta, son temas que nacen del entorno natural del propio autor, forman parte de su cotidianeidad, lo que nos permite acceder a un retrato por elipsis de su propia persona.
Ante determinados films, en donde podemos contemplar a una mujer en sus quehaceres habituales, mientras reflexiona, o se embelesa ante aquello que le rodea, como ha hecho en sus proyectos con Catherine Belkhodja, o esos relatos de aventuras de anticipación, en donde tienen más importancia un paseo por un parque que el imposible derroche tecnológico y de efectos que tienden a alejarnos de nuestra vida cotidiana, marcan ya una primera diferencia. Mucho más allá, el encuentro con una determinada mirada que nos sorprende, con una planta que crece en un lugar insólito, con unos mamuts siberianos animados que se van alegremente a conocer París, nos hablan de que la materia primigenia del universo Marker es la búsqueda de una utópica esperanza, algo que nos pruebe la visión giraudouxiana del paraíso, como entendimiento entre los seres humanos, la flora y la fauna, la naturaleza y la política.
Pero, ¿puede la esperanza, que pertenece al ámbito de lo metafísico, ser cotidiana? El cine de Marker es la respuesta afirmativa a esa pregunta. Pues, si ya hemos dicho que la realidad es otra forma de ficción, y ésta se basa en la ilusión, en la magia de la vida, en su misterio irresoluble, ¿cómo no vamos a incluir a la esperanza en esa realidad?, ¿por qué no hacerla, o al menos intentarlo, parte de nuestra cotidianeidad? Tanto el ensueño de fraternidad universal, de igualdad, de erradicación de la miseria material y humana, como la creencia en el amor, la verdad, la libertad, se hacen irrenunciables para un cine que manipula la realidad como la materia voluble que ésta es.
Otros cineastas, otros movimientos, han intentado acercarnos a esa realidad que nos rodea, sin magnificarla, sin darle un sentido sagrado, dándole la misma fuerza tenue que tiene la magdalena proustiana. Algo mínimo, objetual, pero que pone en movimiento todo un lenguaje, el de la memoria recreadora. Si la Rive gauche y la Nouvelle vague, con cineastas como Marguerite Duras, Jacques Rivette o Eric Rohmer, nos ayudaron a ser más nosotros mismos, a integrar mejor nuestro medio en nuestra expresión más personal, también podemos decir que esta evolución dista mucho de estar terminada, si eso es de alguna manera conseguible. Todavía es posible un cine más transparente, más personal, más ligado a nosotros mismos, más capaz de contarnos en lo que somos, en nuestras existencias cotidianas. En el aquí y ahora europeo, la traza dejada por las filmografías de Manoel de Oliveira, Alain Cavalier, Jean-Marie Straub y Daniéle Huillet, y los bressonianos João César Monteiro, Aki Kaurismäki y Marcel Hanoum, me parece la más evidente de todas. Sin embargo, por encima de todos ellos siempre estará Chris Marker, con sus gatos y lechuzas, sus paseos que cruzan manifestaciones, sus viajes por paisajes de la memoria y de la geografía, en busca de un rostro femenino que nos seduzca enamorándonos perdidamente, sus idas y venidas por revoluciones, y sus visitas a todos aquellos amigos y compañeros de viaje que desde el cine, la expresión artística, la política o simplemente una común esperanza, nos han hablado de nuestro tiempo con una mirada siempre circunspecta a una cotidianeidad más gestual que programática, más vital que sistemática.
Como cantaba Yves Montand en una de sus canciones, Du soleil plein la tête, escrita por André Hornez y musicada por su amigo Henri Crolla:
Trouver belle la vie quotidienne
Ca peut vous parait´ innocent
Mais la joie des autres c´est la mienne...Encontrar bella la vida cotidiana
os puede parecer inocente
pero la alegría de los demás es la mía...