Antes de su primer largometraje, Ratchatcher (1999), Lynne Ramsay dirige entre 1996 y 1997 tres cortometrajes: Kill the Day, Small Deaths y Gasman. Aunque independientes entre sí conforman una sucesión, ya no narrativa, aunque también, si no más en concreto una búsqueda de asentar unos intereses que poco después plasmará con más amplitud en su ópera primera. Las cuatro obras muestran a una cineasta que sigue de alguna manera una tradición en el cine británico muy concreta a la que se acerca desde una mirada muy personal. Sin embargo, su cine parece más cercano a cineastas como Bill Douglas o Terence Davies que a Mike Leigh o Ken Loach, es decir, directores que se han acercado a la infancia y la pobreza desde una perspectiva muy diferente a la del realismo británico.
Small Deaths y Gasman son las dos obras que más puntos en común tienen, narrativamente hablando, con Ratcatcher. Situadas en la década de 1970 en Glasgow, Ramsay mira hacia su infancia aportando, antes que datos autobiográficos concretos, una idea de la memoria y el pasado muy concreto, porque adopta la mirada de un niño. Es decir, no se trata de recordar lo sucedido si no la atmósfera del momento, los sentimientos de entonces. Por eso Ramsay atiende a la confusión de los niños en un entorno pobre y casi irrespirable donde los jóvenes van descubriendo poco a poco el mundo adulto de miseria que les rodea, viendo como miren donde miren todo es oscuro y sucio y apenas queda lugar para respirar. El joven de Ratcatcher debe de salir de su barrio para encontrar el campo y sus colores verdes, la extensión de la libertad que, además, tiene cerca unas casas de nueva construcción donde no hay rastro de la mugre y las ratas que asolan su vivienda. Comienza a comprender que su mundo no es el único posible, pero sí aquel donde le ha tocado vivir. La mirada del joven muestra unos ojos que buscan a su alrededor algo que le haga comprender, aunque no se sabe exactamente el qué, porque aquello que le devuelve su mirada es aún más sucio de lo que en realidad es, ya que no se trata tan sólo de su fisonomía, si no también de lo que representa.
Para Ramsay, el ambiente en que crecen esos niños, tanto en su largometraje como en sus dos cortometrajes, es condicionante para su desarrollo como personas, del mismo modo que lo son unas familias disfuncionales que han perdido ya la esperanza de una vida mejor y parece no quedarles más remedio que adecuarse a lo que tienen. Pero esa desesperanza, para un niño, es una limitación. Ramsay sabe jugar con esa pulsión sin caer nunca en comentarios demasiado explícitos, porque le interesa que aquello que surja lo haga sin forzarlo, dejando que la acción se desarrolle y los actores llenen los encuadres para darle sentido con su presencia al momento. No hay nunca subrayados, confiada en que la imagen será lo suficientemente explícita como para entender aquello que sucede. De ahí que sus imágenes siempre tiendan a extenderse en el espacio que las componen, buscando incluso en los interiores más espacio, una manera de mostrar que aquello que les rodea es siempre limitado.
Decía que su cine es una cine de recuerdos pero más sensorial que puramente narrativo. En sus cortometrajes ya mostraba un gran trabajo en los sonidos y la música para crear una atmósfera. En Ratcatcher, como después en su segundo trabajo, Morvern Callar (2002), el sonido ambiental y la música son elementos indisociables de la narración, tanto que hacen que suela recurrir a los diálogos sólo cuando es totalmente necesario. En este aspecto, Ramsay demuestra saber muy bien lo que quiere transmitir y no duda en reducir elementos que den entrada a otros que, en teoría, suelen ser más insustanciales dentro de la puesta en escena o meros acompañamientos. Esto hace que sus películas posean un sentimiento de ensoñación que lleva al mundo de los recuerdos de infancia que son, en verdad, el mundo de los sueños, en este caso con toques de pesadilla, donde todo se recuerda tanto como si hubiera sucedido como si no, porque aparece en una lejanía que puede hacer dudar si aquello fue verdad. Por eso es importante que elementos sensoriales acompañen a la acción, porque a veces se recuerda más el sonido del agua de un río que haberse bañado en él. Ramsay quiere transmitir al espectador unos sentimientos, unas sensaciones, antes que unas ideas, y eso lo consigue plenamente a través de la reconstrucción atmosférica que rodea a los personajes.
Morvern Callar sigue otros caminos que parecen dejar de lado todo lo anterior emprendido por Ramsay, al menos del contexto temporal en el que comenzó moviéndose, acercando la acción a la actualidad y centrándose en un personaje adulto. El cambio no deja de ser llamativo, y casi contradictorio a sus intereses iniciales, sin embargo, su segunda película continua con muchos elementos anteriores, enfatizando, por ejemplo, la presencia musical y de los sonidos, o adaptando la mirada inicial del niño a una mujer que encuentra a su novio muerto y comienza a tomar unas decisiones de cambio radicales. Pero, además, queda la sensación de que Ramsay se introduce en esa historia para dar cuenta de que las cosas han cambiado tan sólo sustancialmente, porque la desidia sigue apareciendo en las vidas de los barrios escoceses, aunque ahora encuentran más caminos de huida que entonces. De ahí ese viaje a España o que robe a su novio muerto la novela que éste había escrito para publicarla ella. Hay desconcierto en su vida, pero quizá más salidas. Ramsay está interesada en crear una visión de sus personajes completamente abierta que le sirva para ir trazando en ellos diversos cambios que, en verdad, nunca llegan a una conclusión final concreta, porque sus vidas quedan abiertas a diferentes caminos de los que no se sabe nada.
Aunque Morvern Callar no es una mirada al pasado si no al presente, Ramsay se acerca a la historia y a los personajes de una manera similar, si bien no es ajena al momento en que se desarrolla la historia y adecua su mirada al momento, siguiendo un ideario donde priman más los efectos sensoriales que narrativos. De ahí que en diversas ocasiones parezca que la acción no avanza o que lo hace sin mucho sentido; pero a Ramsay antes que la narración en sí le interesan las sensaciones, los sentimientos de cada momento. No sólo se desarrolla una historia, si no, y sobre todo, la postura de los personajes ante ella, que es verdad la que hace que aquella tome relevancia. La sensación fragmentaria de sus películas, por otro lado, obedece a lo anterior, una sucesión de secuencias que no sólo se ordenan a modo narrativo, también lo hacen a modo sensorial.
Es pronto para saber hasta donde puede llegar Lynne Ramsay, porque dos películas y una serie de cortos puede que no sea suficiente como para concretar su alcance real. Pero al menos sí lo son para dejar claro que su idea del cine es muy concreta y que su estilo visual obedece a unas reglas personales que le separan de muchos cineastas actuales que, a pesar de todo, poseen más renombre que ella. Sin embargo, algo hay en su cine que hace prever una carrera llena de sorpresas.