En Out one (Jacques Rivette, 1971), una de los grandes films desconocidos de la Europa de principios de los 70, el delirante Colin, interpretado por Jean-Pierre Léaud, decidía resolver el misterio de la conspiración de los trece, que surgía de la pluma de Balzac. En el transcurso de sus investigaciones, se entrevistaba con un sesudo experto balzaquiano, que realmente en poco lo ayudaba. Este personaje un poco fuera del mundo, daba la impresión de vivir encerrado en su particular torre rodeado de páginas y páginas de literatura que poco o nada, aparentemente, tenían que ver con la Europa de entonces o ahora. Un personaje indudablemente vampirizado, pero también un tanto vampírico, de discurso pausado pero apasionado, un tanto anacrónico, pasado de moda, casi como si un viejo libro de Victor Hugo, Stendhal, o Flaubert utilizaran corbata y pudieran hablarnos. Este personaje estaba interpretado por el cineasta Eric Rohmer, para quien también podríamos utilizar esa definición de viejo libro parlanchín pasado de moda. Un tanto arbitrariamente, parecemos olvidar, sin embargo, la rotunda modernidad de las frases de Rojo y negro o La educación sentimental, la brillantez del discurso, la exquisita sensibilidad, o la maravillosa descripción de personajes, que las convierten, pese al más de siglo y medio que ya llevan a sus espaldas en libros mucho más modernos-contemporáneos, que demasiada de la supuesta literatura que hoy en día cubren las librerías. Así, un cineasta de moral, palabra fundamental para entender la filmografía rohmeriana, tan aparentemente clásica, y de discurso tan alejado de los autores más punteros actuales, nos sigue pareciendo poseedor de una de las miradas más modernas y lúcidas europeas. Les amours d´Astrée et de Céladon, su nueva película a partir de la monumental obra de Honoré d´Urfé, supone,como ya fueron las espléndidas La inglesa y el duque (L´anglaise et le duc, 2001) o La marquesa de O (Die malquise von O, 1976), otro retorno al pasado, tan caro al último tramo de su filmografía, otra reinterpretación, otro diálogo con la historia, la ficción, la cultura, como ya fueron sus anteriores encuentros con Heinrich Von Kleist, o Grace Elliot. Sigue pues resultando sorprendente leer en alguna revista cinematográfica sobre un nuevo proyecto del cineasta, teniendo en cuenta su avanzada edad, 87 años recién cumplidos, que nos recuerda inevitablemente el caso de Manoel de Oliveira, otro incombustible del cinematógrafo, y lo ajeno de la propuesta a la narrativa fílmica actual, y por supuesto a las teóricas inquietudes del espectador. Rohmer, como Oliveira, es uno de esos cineastas en extinción, el cine ya no sólo es para ellos una forma de vida, es la vida; si en algún momento ya no pueden seguir rodando, posiblemente desaparecerán. Como el vampiro que antes mencionaba a la búsqueda de la sangre de una víctima, parecen necesitar el traqueteo de una cámara, ver de nuevo la imagen en movimiento, las palabras cobrar vida gracias a un grupo de actores. Indudablemente, el cine, en el momento en que desaparezcan un grupo de irreductibles, casi convertidos en marginales, cambiará; una manera de vivir el cine se perderá para siempre. La existencia de un proyecto como el de Astrée y Céladon, así como Triple agente (Triple agent, 2004), uno de las más lúcidas miradas a la historia de la Europa de finales de los años 30, es casi una suerte de milagro, que parece lograrse únicamente gracias al prestigio de su autor, teniendo en cuenta que las actuales visitas a la historia están cargadas de banalidades y una injustificable amabilidad de cara a conseguir la mayor audiencia posible. Rohmer, trata de ser fiel a su material de partida, integrando el discurso ajeno en el suyo propio, rechazando artificios, y partiendo de que la obra sea de su tiempo, ya sea el siglo XV, el XVIII, o el XX, a partir de la luz, los encuadres, situando a los intérpretes en el tiempo de los personajes, a partir de recreaciones o literalmente en imágenes que podríamos creer que fueron pintadas en la propia época. Comprender, asimilar, amar, hasta hacer propio, sin traicionar, el material de trabajo. Intelectual fugado de otra época, Eric Rohmer ha sido siempre un cineasta aparte, y pese a los numerosos seguidores-imitadores de su cine, ya sea en Francia o inclusive Estados Unidos, su figura continua siendo toda una incógnita.
Cineasta de formación eminentemente clásica, inclusive tachado en ocasiones de reaccionario, su filmografía se compone básicamente de tres grandes ciclos complementarios, los cuentos morales, las comedias y proverbios, y las cuatro estaciones, deliciosas comedias morales, aparentemente intrascendentes, centradas en las desventuras, en muchas ocasiones amorosas, de un grupo de pequeños burgueses. Parece ajeno, pues, en principio, a las inquietudes lingüísticas de compañeros de generación como Jean-Luc Godard, Marcel Hanoun, o Jacques Rivette. La mirada de Rohmer, es sutil, rigurosa, equilibrada, a contracorriente, insisto en la figura del escritor solitario decimonónico que construye en su estudio una obra única, intransferible, al margen de todos, definitiva respecto a la narrativa moderna, precisa en la puesta en escena en perfecta simbiosis con la literatura de los guiones. Los films del director son posiblemente lo más cerca que el cine ha estado de la novela, al menos una determinada novela con un moral muy concreta, esa idea de sempiterna educación sentimental que recorre todas sus películas, y esto nos lleva a pensar que la filmografía rohmeriana, sin quizá tantos fuegos artificiales, resulta tan revolucionaria, si no más, que la de sus coetáneos. Sus pequeños trabajos didácticos, realizados para la televisión durante los años 60, después de su, todavía a día de hoy, poco conocido debut en el largometraje Le signe du lion (1959), dedicados a Louis Lumiere, Mallarmé, o Pascal, suponen todo un prodigio de representación fílmica, de austeridad narrativa, de la que indudablemente mucho aprendió el desaparecido Jean Eustache, se prescinde de elementos superfluos, nada debe interferir, estemos en una ficción o no, entre la cuestión estudiada y su mirada. Más allá irá sin embargo en posteriores trabajos. En estos cortometrajes aún nos encontramos cerca de las fronteras del documental más convencional. El naturalismo desaparecerá completamente en títulos como Perceval Le Gallois (1978), continuación de los hallazgos e investigaciones, iniciados, al menos oficialmente, en ya citada La marquesa de O, en los que se esfuma la idea de realismo cinematográfico, aparentemente tan afín al director, buscando la ya mencionada fidelidad tanto moral como representativa. En unos años en que las nuevas tecnologías poco a poco van imponiéndose, y que en muchas ocasiones son utilizadas para abaratar costes, sacarse de la manga más que discutibles movimientos fílmicos, conseguir crear efectos especiales tan sorprendentes como vacíos, los viejos directores siguen siendo, si exceptuamos las aportaciones marginales o directamente amateurs, quienes mejor han sabido utilizar, integrar en su discurso, el cine digital; en el caso de Marker o Godard era una cuestión lógica, desde siempre receptivos a los nuevos soportes, buena parte de su obra se ha registrado en video, pero Rohmer nos sorprende con un film como La inglesa y el duque, después de unas películas en principio más ligeras, rodadas en muchas ocasiones en 16mm, con muy poco equipo, y con un espléndido grupo de actores, encabezado por Marie Rivière, uno de los trabajos que de forma más rotunda ha demostrado las posibilidades del nuevo formato, junto con los trabajos de Alain Cavalier cercanos al film diario, especialmente Vies (2000) y Le filmeur (2006). La adaptación de las memorias de Grace Elliot, parece, en una primera mirada, alejarse de las constantes formales del cineasta, inclusive encontramos pequeños elementos sorprendentes de montaje, pero no resulta difícil hallar las huellas de films anteriores en este fresco histórico, punto de partida moral, búsqueda de formas y luz, depuración estilística, sencillamente Rohmer va un poco más allá, por eso resulta fascinante que un cineasta octogenario se muestre mucho más audaz, atrevido y desprejuiciado que cualquier director actual a la hora de trabajar con el digital. Triple agente, último trabajo completado si exceptuamos el cortometraje Le canapé rouge (2005), otro brillante fresco histórico, que junto a La inglesa y el duque, parece estar conformando una suerte de involuntario nuevo ciclo, cargado de pesimismo, me sigue pareciendo modélico, y otra prueba más de la absoluta modernidad, juventud, coherencia que siguen teniendo un puñado de supervivientes frente a una cinematografía europea, que a excepción de indiscutibles autores, está cerca de la autocomplacencia y el vacío.