David Trueba (Madrid, 1969)

Por Ramón Monedero

El "otro" Trueba

Tengo que admitir que siento una particular simpatía por David Trueba. Sospecho que se debe, entre otras cosas, porque me recuerda un poco a mi mismo, sobre todo en lo que se refiere a la cinéfila. Una pasión por el cinematógrafo que además bebe mucho de los clásicos de Hollywood, sin obviar mitos generacionales contemporáneos como Steven Spielberg o Martin Scorsese. Tal vez esté aventurando demasiado, pero tengo la ligera impresión de que a David Trueba le gusta, matiz arriba, matiz abajo, el mismo cine que a mí.

Por razones intrínsecamente personales, su guión para Los peores años de nuestra vida (Emilio Martínez Lázaro; 1994) caló muy hondo en mi infeliz adolescencia. Mis amigos me decían que mi forma de ser era muy similar a la de Gabino Diego, y si bien es una exageración, es cierto que por aquellos años, yo no era precisamente un Don Juan, y mi éxito con las chicas era más o menos, similar al del personaje de Diego, sólo que yo no tenía tanto ingenio, tocaba el piano en vez de la guitarra y además tuve que esperar varios años más para terminar con una chica como Adriadna Gil.

Pero fue en 1996, cuando David Trueba me llamó poderosamente la atención, más allá de lo estrictamente personal. La buena vida no sólo me pareció una más que notable y prometedora ópera prima, sino que además me sorprendió profundamente su sencillez y sobre todo, su optimismo, un territorio muy poco frecuentado (a mi parecer, desgraciadamente) por el cine español. La buena vida habla de una etapa tan difícil, e incluso cruel a veces, como la adolescencia (y yo sabia de eso) no sólo con humor, sino también con humanismo y con esperanza.

Obra maestra supuso en mi opinión la constatación de que David Trueba era un tipo tan freaky como yo; un enamorado patológico del cine, que sabe lo que es montar algo parecido a una película con cuatro literales duros y como afinar el ingenio hasta extremos casi surrealistas. El film no fue particularmente bien recibido por la crítica, pero a mi parecer, confirmaba el valor de Trueba como director y como guionista hasta el punto, de que llegó a coincidir temáticamente (por uno de esos caprichos del destino) con la película que por aquellas mismas fechas estrenaba todo un gurú del cine independiente y un Freaky así con mayúsculas, Cecil B. Demente de John Waters.

Soldados de Salamina fue la confirmación a mi parecer, de que David Trueba apuntaba definitivamente buenas maneras. Aunque sólo fuera en lo argumental, el director de La buena vida demostró unas aspiraciones insólitas para alguien que, todo el mundo dio por sentado, era un experto en la comedia. Trueba no sólo se atrevió con el delicado tema de la Guerra Civil española sino que además, osó plantearlo desde un punto de vista sensiblemente diferente; aquel en el que no todos los fascistas son unos sanguinarios psicóticos.

A mi modo de ver, Bienvenido a casa es un relajado regreso a aquello que en muchos sentidos, todo buen cineasta sabe hacer, retratar la realidad que le rodea, aunque siempre bajo una óptica, esperpéntica a veces, divertida otras, también enternecedora aunque no exenta de algunas ácidas gotas de mala uva.

El cine (¿europeo?) de David Trueba

Tengo que admitir que nunca me ha gustado ponerle bandera el cine. Me gustar pensar que las historias son patrimonio de la humanidad y que los buenos relatos, pueden llegar más allá de cualquier frontera derribando muros y abriendo nuevos horizontes. Sin embargo es cierto que cada cultura, cada forma de ver el mundo, tiene sus peculiaridades intrínsecas que lo definen. No sé como puede ser el denominado cine europeo. Me parece demasiado arriesgado aglutinar en una misma definición la cinematografía de Rumania a Francia, pasando por Inglaterra, Bélgica, Alemania, Italia, Grecia, la República Checa y por su puesto, España. Tal vez, lo que nos une, no sean tanto los parecidos como las discrepancias con el que es el gran gigante cinematográfico: Hollywood.

Nosotros somos más humildes, pero también algo más reflexivos y en ocasiones, hasta prejuiciosos. La historia de Europa ha derramado demasiada sangre como para no tomarse en serio determinadas cosas, la historia de Europa ha provocado demasiadas grietas como para no preguntarse sobre conceptos como el de la diferencia o la ideología. No creo que esto sea necesariamente una virtud, pero si pienso en esto como una particularidad. Pero también en Europa somos más gente de la calle, menos hijos de las multinacionales, más ligados a las tradiciones, pero no tanto por cuestiones políticas o ideológicas, sino por el simple placer hace algo que se lleva haciendo siglos, por cultura. Son sólo apuntes asilados, algunos puede que incluso desviados, pero creo que en conjunto, presentes en eso que podríamos llamar cultura europea.

 Y dicho esto, ¿hay algo de todo esto en el cine de Davi Trueba? Dado que los elementos puros escasean salvo en la tabla periódica, mucho me temo que en la obra de Trueba, como en la de Polanski, Haneken, Frears, Jordan o Rohmer, habrá de todo esto un poco y otro tanto que no y que lo define personalmente a cada uno. Desde luego si hay una peculiaridad dentro del cine de Trueba es su naturaleza de enamorado del propio cine y el peso, nada disimulado y asumido por el propio Trueba, que sobre su cine tiene la obra, primero de Woody Allen y después de Billy Wilder: sólo hay que echar un vistazo su brillante guión para Los peores años de nuestra vida, e incluso los de Amo tu cama rica (Emilio Martínez Lázaro; 1990) o Two Much (Fernando Trueba; 1994). Se huele la sombra de Wilder.

Pero si queremos ir a la raíz de la cuestión pienso que lo ideal sería zambullirse en aquel aspecto que más define al cine de Trueba, y ese es, a mi modo de ver, el de las relaciones entre hombres y mujeres aderezado, insisto, con un inconmensurable amor por el cine. Un tema, como todo el mundo sabe, que forma parte de la médula espinal, fundamentalmente de Woody Allen, y en menor medida de Billy Wilder [1]. Pese a todo, lo cierto es que no aclararía demasiado las cosas comparar el cine de Woody Allen con el de David Trueba a la hora de aislar el europeismo de Trueba, sobre todo porque Allen, es, como es sabido, un cineasta neoyorquino pero profundamente enamorado de Europa, por más que el cine de Allen no deje de ser una visión europeista de, al fin y al cabo, un neoyorquino.

Tal vez, puede que en última instancia, lo que más defina a Trueba como director, eminentemente europeo sea el hecho de que sus historias, están más preocupadas por una serie de problemas intrínsecamente nuestros, incluso cuando aborda cuestiones más o menos universales. Por ejemplo, una crónica de la adolescencia en Estados Unidos probablemente estaría embadurnada de sexo, drogas y violencia, un poco al estilo de Los chicos del barrio (Boys N the Hodd; John Singleton, 1991), mientras que al menos de momento, en España, el verdadero problema para un adolescente no deja de ser el hecho de que un niño deja de serlo, para empezar a hacerse adulto. De todos modos, también es cierto que es esa peculiaridad la que, al menos en estos casos, dota el cine de europeo, y por extensión de Trueba, de una raíz mucho más esencial, más universal. Es decir, un chaval norteamericano tendrá que enfrentarse con los problemas autóctonos de su cultura, pero en definitiva, se trata de dejar de ser niño para empezar a ser adulto.

Obra maestra y Cecil B. Demente pusieron en evidencia que la misma cuestión no es vista de la misma forma por un europeo y un norteamericano. Waters, con todo lo freaky e independiente que es, era más espectacular, más disparatado, más desconcertante y estridente, mientras que la película de Trueba resultaba más intimista, sin necesidad de pegar tiros ni gritar demasiado. Pese a lo surrealista de la situación, Obra maestra era más contenida y por su puesto, mucho más ligada emocionalmente al simple (y mágico) hecho de hacer cine.

En Estados Unidos a nadie se le hubiera ocurrido hacer una película como Bienvenido a casa, lo más parecido que al otro lado del lago se puede hacer es una cosa como Separados (hablando siempre dentro del cine más comercial de Hollywood). Como hemos apuntado líneas arriba, Trueba parece más preocupado por problemas más esenciales como puede ser el hecho de la convivencia entre una pareja de jóvenes novios.

Apuntando maneras

En cualquier caso estoy completamente seguro de que aún está por llegar la gran película de David Trueba, algo por otro lado lógico, dada su juventud. Además Trueba es un cineasta que ha manifestado sobradamente su actitud como notable guionista pero como director, como director de actores, como constructor de imágenes, de secuencias, de planos, en mi humilde opinión, aún tiene que pulir asperezas. David Trueba es probablemente uno de esos cineastas que se consideran antes un guionista que un director, un hombre que tiene la pluma (y el ingenio) fácil, pero que la concepción visual de sus historias aún requieren de cierta reflexión, para no quedarse en un mero constructor de imágenes correctas para un guión brillante. Trueba ya ha dado signos, algún plano, alguna secuencia, algún apunte visual, pero todavía creo que está lejos de apuntar a una verdadera personalidad visual.

No tiene porque entenderse esto como un reproche, más bien creo que es algo lógico y propio de una persona que, como podemos comprobar a lo largo de su carrera, ha ejercitado mucho más la pluma que el objetivo de la cámara. Como digo, apuntando maneras. A mi parecer David Trueba, es un director con múltiples posibilidades, que sólo ha puesto de manifiesto una parcela muy reducida de su ingenio, insisto, no por nada, sino por una cuestión evidente de edad. Aún tiene que explotar el verdadero Trueba, un cineasta que no le costará mucho, ponerse por encima de su propio hermano y de otros grandes nombres del cine español, más abrillantados que brillantes.

[1] Aunque esta temática también era muy recurrida por el cineasta austriaco pienso que Wilder tendía más hacia ese caótico e inesperado mundo que supone el castillo de naipes que suele provocar su habitual juego de apariencias y disfraces en sus personajes.