Paul Verhoeven (Amsterdam, 1938)

Por Ramón Monedero

Europa salpica de sangre a Hollywood

Paul Verhoeven fue un cineasta incómodo en Hollywood desde el primer momento. Sus excesos con la violencia y el sexo le han propinado más de un problema en la Tierra de las Oportunidades, unos escollos, que sólo ha conseguido solventar gracias a los numerosos éxitos que han abultado la filmografía del director holandés. Robocop (1987), Desafío Total (Total Recall; 1990) e Instinto básico (Basic Instinct; 1992) le dieron al director de Los señores del acero (Flesh and Blood; 1984) un margen bastante importante como para poder permitirse alguna que otra incómoda licencia artística. Pero en Hollywood nada es eterno y menos, cuando la palabra fracaso se cruza de por medio. Los descalabros consecutivos de Showgirl (1995) y Starship Troopers (1996) y la imposición de filmar una película como El hombre sin sombra (Hollow Man; 2000) que el propio Verhoeven admitió, no le interesaba demasiado, terminó pese a su notable éxito, por desilusionar por completo al cineasta. Verheoven es un ejemplo claro de fuga de cerebro europeo a Estados Unidos, pero también una muestra de honestidad creativa. Y su regreso a Holanda, entre otras cosas, así lo demuestra.

Visceral por necesidad moral, Paul Verhoeven ha expuesto a lo largo de su extensa filmografía, una visión bastante desoladora del hombre, aunque con una serie de matices bastante significativos como para diferenciarse de otros nihilistas de dentro y fuera de Europa. Probablemente, la peculiaridad que marca la distancia en el cine de Verhoeven sea precisamente la visceralidad. Para el director de El libro negro (Zwartboek; 2006), el hombre es un ser arrastrado por pulsiones sexuales y violentas. En el cine de Paul Verhoeven, el hombre no hace el amor, folla, no mata, se ensaña. Pero sobre todo, es la violencia, lo que domina el cine del director holandés, porque incluso en el sexo, la violencia es el elemento constitutivo.

La obra de Paul Verhoeven, tanto fuera como dentro de Europa, está además presidida por la mujer, una herramienta sobre la que el cineasta ha cimentado buena parte de sus obsesiones, sobre la que descansa, sospecho, admiración, por su fortaleza e integridad, pero también de la que irradia cierto temor, en una particular y personal versión de la misoginia de Verhoeven. Al fin y al cabo, las mujeres verhovenianas suelen ser unas expertas embaucadoras.

A todo esto hay que sumarle una evidente valentía a la hora de afrontar sus proyectos, y sobre todo en un lugar tan delicado como Hollywood. Verhoeven fue capaz de hablarnos del fascismo en Starship Troopers, aunque casi nadie entendiera que el film no era una apología, sino todo lo contrario; nos habló del difícil mundo de las striper en una ciudad tan destructiva como Las Vegas; y en Instinto Básico, Verhoeven expuso como ante una mujer sin ropa interior, un hombre no tiene absolutamente nada que hacer.

Verhoeven llegó a los Estados Unidos buscando más facilidad a la hora de rodar determinas películas, más presupuesto y, al menos desde su óptica, más riesgos. El problema es que el concepto riesgo no suele casar demasiado bien en un entorno como el de Hollywood y mucho menos cuando hay sumas millonarias de por medio. Pese a todo, el director de Los señores del acero llegó a la Tierra de las Oportunidades con una extensa filmografía que más de uno en Estados Unidos le tuvo que hacer sentir sumamente incómodo. Tal vez por esta razón, Paul Verhoeven fue destinado casi de inmediato a producciones de un amplio cariz comercial donde las salidas de tono no podían poner, al menos a priori, en riesgo, el conjunto del film.

Pero el caso es que Paul Verhoeven es uno de los cineastas que mejor han combinado el lógico postmodernismo temático que todo director de su generación (y más aún en las generaciones posteriores) debe promulgar, frente a una particular concepción de la puesta en escena de ribetes clásicos. Es cierto que el cine de Paul Verhoeven es muy fácil, condenarlo a la funcionalidad, casi a la simplicidad, pero esto se debe, creo yo, a un uso de las herramientas cinematográficas muy comedido, combinado con ocasionales elementos visuales muy propios de nuestro tiempo. Por ejemplo, Paul Verhoeven es un director que utiliza mucho el steady-camp, una herramienta peligrosa si no se usa bien y que de hecho ha inundado el 98 por ciento del cine contemporáneo. El propio Jan de Bont (director de fotografía de Verhoeven en Holanda que emigró junto al director de Desafío Total) ha basado buena parte de su -insustancial- filmografía casi exclusivamente en el uso indiscriminado de la steady-camp.

Pero lo de Paul Verhoeven es otra cosa. Su cine nunca ha estado empañado por malabarismos visuales ni por postales de postín (para entendernos, de la escuela Michael Bay). El cineasta holandés parece más preocupado en contar una historia y contarla bien y eso es algo que por increíble que pueda parecer, no abunda en exceso. Una cuestión que no está necesariamente reñida con cierta funcionalidad en su puesta en escena que es cierto, en ocasiones, linda con lo irregular. Pero en conjunto, es probable que en el cine de Verhoeven no pase como con Hitchcock, que con sólo ver una plano ya sabe uno que está viendo una película del director inglés, pero si que cuando se contempla una escena, incluso un diálogo, una secuencia, es relativamente fácil identificar la mano de Verhoeven, el tono de quien está detrás de la cámara.

El prestigio de Europa

Si somos un poco honestos, lo cierto es que tal y como están las cosas, una película europea tiene, por el simple hecho de serlo, un prestigio que rara vez alcanza una película norteamericana. Y esto, es algo que ha afectado de forma capital a la consideración internacional del cine de Paul Verhoeven. Si el cineasta holandés se hubiera mantenido en los límites de Delicias turcas (Turkish Delices; 1976) o Eric oficial de la reina (Soldier of Orange; 1978), probablemente sería un cineasta mucho mejor considerado que como el responsable de Desafió total o Robocop. En ocasiones se trata de cierta estrechez de miras, dado que Verhoeven hubiera sido tan bueno o tan malo, si hubiera segurido rodando en Europa. Es una manta peligrosa que puede cubrir a un director y que puede condicionar su futuro como cineasta. Probablemente, si Paul Verhoeven hubiera sido un poco más respetado, no se le habrían encargado un proyecto tan insípido como El hombre sin sombra y de haberlo hecho, se le hubiera dado muchas más libertad. Algunos dirán que una película como El libro negro demuestra si Verhoeven es bueno o malo, al tratarse de un proyecto ajeno a la industria de Hollywood, sin embargo sospecho, que son pocos los que han olvidado que detrás de esta película estaba el director de Instinto básico. Sólo hacía falta contemplar su campaña publicitaria.

En cualquier caso, pienso que Paul Verhoeven es un cineasta interesante. De hecho, a su modo, Verhoeven ha defendido sus intereses y su modo de entender el mundo en un lugar como Hollywood, donde es tan difícil ser independiente. Es posible que como apuntaba Antonio Castro, Verhoeven insertara un fundido a negro al final de Instinto básico en mitad de un movimiento de cámara, simple y llanamente porque lo ponía en el guión [1], pero creo que manifestaciones como esta en combinación con su obvia personalidad cinematográfica, ponen de relieve precisamente lo que apuntaba líneas arriba, esa fina línea por la que deambula Paul Verhoeven, entre el funcionalismo en constante tira y afloja con cierta personalidad escénica, todo aderezado con un evidente interés dramático.

Paul Verhoeven cuenta ya con cerca de 70 años (el 18 de julio de 2008 cumplirá las setenta primaveras) y tiene a sus espaldas casi una treintena de largometrajes, además de algunas incursiones en el mundo de la televisión al principio de su carrera como director. No creo que Paul Verhoeven termine por convertirse en uno de los grandes del cine europeo del siglo XX y mucho menos, del XXI. No creo que su nombre pase a la historia. Más bien pienso en Paul Verhoeven un poco como en John Frankenheimer, sólo que con polémica a su alrededor. Un director sobre el que son pocos los que parecen decir una palabra más alta que otra en torno al buen hacer de Verhoeven tras las cámaras y aunque sinceramente creo, que la gran película de Verhoeven aún está por llegar, llegará el momento en el que el director de Los señores del acero abandone este mundo y sólo unos pocos, echemos en falta sus ocasiones destellos de brillantez, su apasionada forma de contar historias y su descarnada forma de ver y entender el mundo.

Probablemente el cine de Verhoeven no forme parte de la programación de las filmotecas, por lo menos su etapa hollywoodiense y todo pese a que, como hemos apuntado, su presencia haya salpicado la extremada corrección norteamericana. Con Verhoeven, nunca mejor dicho, llegó a Hollywood sangre fresca fuera de control, empapando las manos de más de un ejecutivo, que no tardó en preguntarse, cómo demonios vino a parar un tipo como Verhoeven a un lugar como Hollywood para salpicar el corazón de los buenos americanos.

[1] Castro, Antonio. Miradas sobre el mundo. Colección Versión Original, RE BROSS, Cáceres, 1998, pp. 281-282